The sweetest drug


Si te enamoras de un cuerpo tiene solución;
si te enamoras de una mente estás perdido.

A principios de la década de los 80 del siglo pasado, al mismo tiempo que yo empezaba a tener mis primeros contactos con el latín, se emitía de lunes a miércoles por TVE 1 un programa de divulgación científica dirigido al público juvenil que se llamaba 3, 2, 1... Contacto. Lo presentaban dos chicos y dos chicas entre los que destacó Sonia Martínez por su atractivo innegable y por su simpatía. Sonia lo tenía todo para haber disfrutado de una vida feliz, pero por la razón que fuese la moneda le salió cruz y, por desgracia, acabó cayendo víctima de la droga.

Unos años después de dejar de emitirse 3, 2, 1... Contacto, a la pobre la habían entrevistado en otro programa, ya que supuestamente estaba rehabilitada y debía de estar buscando una oportunidad para volver a introducirse en el mundo de la televisión. Recuerdo que el entrevistador le había preguntado qué tenía la heroína para ser tan adictiva. Sonia levantó el mentón, dejó los ojos en blanco, guardó silencio durante unos segundos y meneó la cabeza de lado a lado muy lentamente mientras su boca iba estallando en una sonrisa inequívocamente sincera. Cuando por fin habló vino a decir que no se podía imaginar nada más agradable, más placentero e irresistible. En ese mismo momento cualquiera que estuviese viendo el programa supo que Sonia no estaba rehabilitada, que no era dueña de sí misma y que volvería a caer en sus pasiones desordenadas. Lamentablemente, así fue.


Pero no la culpo, no la acuso de nada. ¿Quién puede criticarla? ¿Quién no ha sucumbido alguna vez, sin poder evitarlo, a alguna tentación poderosa? ¿Quiénes de los que estáis leyendo esto ahora carecéis por completo de dependencias, de adicciones a sensaciones, sabores, personas, palabras, o momentos a los que estáis irremediablemente enganchados?


Y sé que me repito, sí, pero me parece que la droga más potente es el amor; el amor entendido como necesidad de atención, de estima y de aprecio. Necesitamos sentirnos queridos. Somos perruchos buscando cariño, meneando la colita y mirando a nuestro amo en busca de una palabra, a la espera de una mirada. Nada engancha más que esos momentos en los que alguien nos hace sentir especiales, nada crea más adicción que la palabra precisa salida de los labios ansiados. Nada. Nada más agradable, más placentero e irresistible. Somos capaces de transitar por los callejones más oscuros de los barrios más peligrosos a las horas más intempestivas y descabelladas, y de maquinar y tramar argucias mil por volver junto a nuestro camello en busca de otra dosis, en pos de un chute más: hazme caso, mírame, háblame. Y así un día tras otro, dejándonos llevar, abandonándonos al placer que nos proporciona la aguja al entrar en la vena: háblame, mírame, hazme caso, por favor... ¡Quiéreme!



Nacemos buscando amor y morimos buscando amor. Ya lo dijo el papa Francisco en una de sus primeras manifestaciones en público tras su proclamación: desde los 7 a los 70 el corazón no envejece. Sabe latín, Francisco, sabe latín.

Así es... o no...

Comentarios

  1. Qué bonito Álvaro. Qué gran verdad. Entender, estar a ahí pero juzgar...nunca. Gracias por este momento de lectura.

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  2. Yo soy adicta a sus relatos, maestro. ¡Qué dulzura!

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