Oro en cretinismo periodístico


«Además de verdad», una sección por David Araújo Bermejo.

Quería esperar a que terminasen los JJ. OO. para escribir este artículo, pero la impaciencia hace que la sangre me hierva y tengo que ponerme, sin más demora, a aporrear el teclado como medida terapéutica.

Parece que todo esté dicho sobre la ineptitud y la poca diligencia, en general, del periodismo, y más concretamente del periodismo deportivo. Sin embargo, que esté ya dicho no quiere decir que esté lo suficientemente repetido; no basta con tocar el tema, hay que sobarlo bien, hasta que salga moretón. A ver si de una vez conseguimos que aflore un atisbo de vergüenza entre los malos periodistas y, a la vez, les hacemos un favor a los buenos, que son muchos, y merecen que su encomiable labor, de la que todos nos beneficiamos, se asocie a su buen hacer y no a la estulticia de gacetilleros chismosos, alborotapueblos que perciben su trabajo y el de los demás como un escaparate para exhibir su ingenio chocarrero y facilón. Con esto no hacen otra cosa que ocultar sus carencias profesionales y su pereza para estudiar y preparar los temas que van a publicar y profundizar en ellos.

Aparte de no saber escribir...
Pasaré por alto dos aberraciones, que, por su trascendencia, merecen un tratamiento individual, aunque no pueda desaprovechar esta ocasión para subrayar la repulsión que me producen: la asombrosa y creciente ignorancia sobre la ortografía (a esto ya hemos dedicado más de un artículo en este blog y tampoco será nunca suficiente) y, sobre todo, el asqueroso machismo que se promueve, y que espero tener la lucidez y templanza necesarias para tratar en un artículo específico.

Además de machistas, ignorantes ortográficos

En defensa de los informadores se alega que están sometidos a las exigencias de esta época de premura y a la constante necesidad de hablar de algo, sobre todo con el auge de las publicaciones digitales. A veces no les queda más remedio que estirar, maquillar, exprimir la realidad para apaciguar la curiosidad del usuario, ávido de actualidad. No es esta cuestión baladí, y es por ello comprensible que no se estén sacando de la manga varios artículos diarios que los hagan aspirantes a un Pulitzer. Pero esa circunstancia deja de ser un atenuante cuando hablamos de cubrir la información de unos JJ. OO, que engloban más de 40 deportes, algunos con varias disciplinas, lo que constituye un caramelo para el que se proponga, y pueda, demostrar su pericia periodística. ¿Por qué en los principales medios del país apenas se explican las reglas de los deportes, por ejemplo? Hay un gran desconocimiento sobre los reglamentos de la mayoría, y muchas veces vamos infiriendo la normativa conforme vemos competir al que tira con arco o a los pimponistas. Pero no, es mejor que tres cuartas partes de la información sobre un deporte se centren en la condición sexual de un atleta, en su curioso papel en las labores domésticas o en su historial penal, médico, etc. Y ojo, que estas son circunstancias que bien enfocadas pueden dar lugar a historias interesantes y constructivas: si que una mujer homosexual compita en unos Juegos es una forma de ilustrar la situación de un colectivo en relación con el deporte y, por extensión, con otras esferas de la realidad, bienvenida sea esa aportación. Pero es que por el tratamiento de muchas crónicas, desde el titular hasta el punto final, es imposible encontrar un atisbo de buena intención; ya ni se pretende disimular que es el morbo la motivación para parir esa criatura insensible a lo que generosamente llamamos noticia, cuando apenas llega a la categoría de anécdota insustancial.



No quiero perderme en ejemplos que puedan contribuir a difundir el marujeo malintencionado, pero me parece especialmente flagrante el tuit que el diario Marca publicó sobre la portera de Angola, Teresa Almeida, una deportista cuya gordura, efectivamente, llama la atención por no ser habitual en una balonmanista de élite (aunque tampoco sea un deporte en el que, por sus características, haya gran cantidad de jugadores esmirriados). Es más, no hay por qué obviar esta circunstancia, e incluso puede ser digna de atención mediática, siempre y cuando se trate con respeto, no solo hacia ella sino hacia toda la gente gorda, que no es poca. Pero primero habrá que informarse sobre si esa poco frecuente complexión responde a alguna circunstancia médica, por ejemplo, o cerciorarse de si la mujer, por un desajuste metabólico, tiene tendencia a ganar kilos de forma desproporcionada; a lo mejor para poder competir con esa supuesta desventaja se está machacando bastante más que cualquiera de los que tienen un cuerpo perfectamente modelado y definido. O incluso puede que ella haya escogido estar así porque esa gordura optimiza sus aptitudes deportivas. Haced un artículo bueno sobre esto, espabilaos, que tampoco hay por qué ocultar que es una singularidad (es más, obviarlo es entrar en la esfera del eufemismo condescendiente), como podría serlo mi estatura si yo jugase al baloncesto como pívot con mi 1,72; pero no me saquéis un tuit cachondeándoos de mí, con emoticonos de gnomos, que fue algo parecido a lo que hicieron con esta chica, completando el infame mensaje con un dibujo de una hamburguesa y unas patatas fritas. Si efectivamente Almeida está tan gorda por comer mucho, lo único que hay que reprocharle es que no se guardara un poco para el que escribió el infame tuit, que nunca se sabe si llegó a tal nivel de indigencia moral por falta de alimento. En fin, qué vamos a esperar si unos tipos que se lo pasaron en grande acosando, humillando y vejando a un mendigo hace unos años siguieron ejerciendo de referentes de la información deportiva, con total impunidad.


Y es que no a todo se le puede llamar error. Un error puede dar lugar a una mala contestación repentina, un mal gesto, un desaire, en un mal día. Pero hay actitudes, como burlarse de un mendigo o de una persona por su condición física, que son expresiones de una determinada catadura moral. Y el papel que desempeña, o debería desempeñar. el periodismo a nivel social es demasiado serio como para que estas cosas se dejen pasar. Ese tipo de comportamientos no se redimen con un «cometí un error». En cualquier persona, al menos adulta, son deleznables; en un periodista, que sabe la difusión que están teniendo sus actos, deberían rozar lo penal.


Hablábamos de la variedad de deportes que concurren en unos juegos, y a esto debemos añadir el filón de la heterogeneidad de culturas. 205 países, cada uno con su historia respecto a cada deporte, generan un buen ramillete de posibilidades. No se vive ni se entrena de la misma forma el rugby en España que en Nueva Zelanda ni todos los piragüistas pueden prepararse en igualdad de condiciones dependiendo de dónde vivan. No habrá materia suficiente en ese tipo de comparaciones que hay que recurrir a titulares explicando de qué equipo de fútbol español es este o aquel deportista. ¿Por qué esperamos a que Mireia «Del Monte» gane una medalla para hablar sobre su vida (con información tan relevante como «lo cachas que está su novio»)? ¿No resulta más relevante, por ejemplo, su dieta, su forma de prepararse para la competición, la frecuencia de entrenamientos, etc.? Por cada información de índole técnica o intrínseca del deporte en sí hay 20 chismes sobre cuestiones periféricas. ¿No es más interesante saber cuáles son los criterios para clasificarse para unas Olimpiadas en cada deporte que «si tienen derecho los gordos a ser olímpicos»? ¿Es normal que un entrenador de natación, con toda la sabiduría que atesora sobre su profesión, tenga más protagonismo por ser «un grandullón que llora por Mireia» que por la metodología de trabajo que emplea, de la que tantas conclusiones se podrían sacar si alguien se esforzase en mostrárnosla? Pero incluso antes de que gane, que no solo los triunfadores nos pueden dar información valiosa. No solo las vicisitudes de Mireia, sino las de cualquier nadador, futbolista, saltador de pértiga, hayan ganado algo o no, son una mina. Todos aprenderíamos algo si nos dieran detalles al respecto. Pero el poco espacio que queda para lo serio son entrevistas o crónicas sobre personajes que han ganado algo. Estas heroidas, necesarias e interesantes, a mí por lo menos tampoco me parecen causa de regocijo, a no ser que el periodista influya y la haga más valiosa, con su calidad profesional, de lo que ya es en sí misma (y esto pocas veces ocurre). Más allá del mérito que implica el hecho de convertir en accesibles a estas estrellas que normalmente se sienten tan aristocráticamente protagonistas, es el personaje el que vende la historia. Preguntes lo que preguntes a Michael Phelps cualquiera querrá leer lo que responde, y más con la vida que ha llevado el chico. Aun así, es obvio que no se puede abstraer el periodista a lo que demanda el público, y del ganador queremos saberlo todo; aquí sí que tenemos más culpa el resto que ellos.


 

Entiendo que los medios, para subsistir, han de buscar lo que el público pide, y no siempre los temas profundos, cuidadosamente elaborados y que requieren muchas horas de investigación son rentables. Pero tan adocenada no está la sociedad, por muchos libros que venda Belén Esteban. Si nos dan algo bueno, muchos lo consumimos, lo disfrutamos y pedimos más. ¿No son capaces de ver los dirigentes de los medios de comunicación el huracán de indignación que está causando tanto abaratamiento mental? Se supone que este oficio implica un cierto grado de vocación y de responsabilidad, virtudes que de alguna manera tendrán que hacerse un hueco, si no imponerse, entre las exigencias propias de lo que es el frívolo negocio. Un periodista podrá obtener más lectores por una noticia que trata sobre los atributos físicos de una tenista que por informar sobre las claves del rendimiento en taekwondo, pero ¿se siente más realizado por ello? Se supone que aun con las exigencias puramente económicas y la vanidad que nos inclina a buscar que los demás nos hagan cuanto más caso mejor, el cariño hacia lo que haces también tendrá algo que decir cuando te pones a escribir, y preferirás contar algo que para ti tiene significado que vivir de la admiración gratuita que suscitan la vanilocuencia y la fruslería. Cuánto más si tienes una profesión que repercute en el prójimo, que influye en las relaciones de la sociedad con la realidad y que moldea puntos de vista y hasta comportamientos.


Uno puede ser más o menos brillante en su trabajo, tener días de mayor o menor inspiración. Pero ya es hora de que se penalice tanta desidia y semejante falta de consideración con una profesión que no es solo eso, sino un eslabón importantísimo en nuestra estructura social; y que se arrincone a la gente ruin, en cualquier ámbito, si no es capaz de encauzar su tendencia natural hacia la perversidad cuando ejerce su trabajo. Hay muy buenos profesionales de la información que merecen ser tomados como ejemplo y que, injustamente, pueden ver ensombrecida su reputación por ese sambenito negativo que empieza a posarse sobre todo lo referido al periodismo. Profesionales como Sámano, Carlos Arribas, Santiago Segurola, Ramón Besa, Martí Perarnau, Juan Carlos Álvarez o Armando Álvarez —vigueses estos dos últimos— no merecen estar rodeados de tanto simplón.

Así es... o no

Comentarios

  1. Deberías escribir en Marca, As, Mundo Deportivo o Sport para darles un par de clases.

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  3. He leído el artículo sin saber, lo juro, que se me incluía al final en semejante lista. Me has cargado de ilusión, esperanza y ego para unos cuantos días. Muchas gracias.

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    1. Gracias a ti, Armando. Sería muy injusto no señalar que hay buena gente y buenos profesionales en un artículo en el que, en el fondo, se está expresando respeto hacia esta profesión tan digna y necesaria. Por eso se escribe desde la indignación: si no nos importase el "estado de salud" del periodismo nos mostraríamos indiferentes, y hablo en plural porque me consta que es una opinión muy compartida. Admiro a los que en esas circunstancias siguen peleando, con más o menos acierto, por hacer bien su trabajo y sin perder de vista que hay, lo quieran o no, una repercusión social detrás de lo que hacen.

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  4. Yo dejé de ver noticias deportivas cuando Cuatro televisó la primera Eurocopa... Los Manolos son el cáncer del periodismo deportivo español y es alucinante lo rápido que avanzó... Dónde quedan programas como El día después sobre toda la jornada de fútbol o aquellos partidos de hockey que se podían ver en nuestra televisión pública... Qué hacen durante todo el año los periodistas especializados en diferentes deportes? Porque ahora solo saben de Messi y Ronaldo, todo lo demás para ellos no es deporte. Gente como Maldini con conocimientos de fútbol bestiales, el deporte rey, apenas tienen protagonismo desde ese acontecimiento que por algún motivo para desconocido encumbró a los Manolos... Ni el tenis de Nadal merece mención si este no gana... Es tremendamente triste.

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