El espejo del alma



Hace no mucho leí casualmente por alguna parte que la nevera es el espejo del alma. Empecé a hacer memoria de las neveras que he conocido y me pareció que aquel adagio no podía ser más acertado, pues dice el frigorífico quiénes somos no solo por su contenido —vegetarianos, carnívoros, veganos, glotones, golosos—, cantidades —repleta, mediada, casi vacía; poder adquisitivo, tiempo que pasamos en casa (mayor o menor cantidad de productos precocinados y congelados)— sino, sobre todo, por su orden, método, disposición y limpieza: sucias, limpias, pulcras, caóticas, malolientes, oxidadas, mugrientas...

Desde que apareció en mi vida el aforismo de la nevera, cada vez que visito una casa intento colarme en la cocina y, con cualquier pretexto, abrir morbosamente el frigorífico, porque no solo somos lo que comemos, sino que somos lo que tenemos en el refrigerador y cómo lo colocamos. Es el frigorífico, si me apuran, algo tan íntimo como el dormitorio, como el cuarto de baño privado y casi como la ropa interior. Desde las asas para abrir las puertas hasta ese medio limón mohoso —verdadero señor y guardián protector de la nevera, compañero fiel que nunca nos abandona—, el pedazo de membrillo de hace más de un lustro, ese ramito de perejil chuchurrío, la lata de cola a medio consumir, el color y olor de tus cubitos de hielo y el inevitable montón recalcitrante de nieve que hay hasta en la no-frost más moderna dicen más de ti que tu curriculum. Cómo y dónde guardas las verduras y hortalizas. Cuántas cervezas tienes, de qué marca y en qué formatos. De esos churretones de leche, vino o grasas variadas ya es preferible no decir nada. Lo que darían las compañías de marketing por conocer tus secretos más fríos... porque ya todos sabemos cómo está el suelo debajo de la nevera y no hace falta ni hablar de la pared tras ella.

Dediqué la última etapa de un viaje veraniego que hice en 2011 a visitar una exposición de Antonio López en el museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Uno de los cuadros ante el que, fascinado, me demoré más tiempo fue Nevera nueva, que pintó entre 1991 y 1994. Si cualquier cuadro de López nos habla de su perfeccionismo, de su meticulosidad y atención al detalle, y de su inconformismo nato, esa nevera de su casa nos da el retrato completo de su personalidad.


Hace no mucho leí casualmente por alguna parte que la nevera es el espejo del alma. Vengo soñando con frecuencia desde entonces que es la mía una nevera impecablemente pulcra y atildada, concienzudamente ordenada, llena de alimentos sanos y equilibrados, pero sin excesos ni exuberancias; sin un churretón, con cada concavidad de las hueveras escrupulosamente limpia, sin la más mínima mota de residuos, sin restos sedimentarios de hojas de lechuga ennegrecidas, con las ranuras de las gomas amortiguadoras de las puertas inmaculadas como el primer día. Una nevera resplandeciente y lustrosa en la que mirases a donde mirases todo resultaba apetitosísimo.

Así es... o no...

Comentarios

  1. Te falta la crema de orujo boca abajo (me dieron una explicación pero no me acuerdo) y tropecientas clases de quesos.

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    1. Es que mi nevera es pequerrechiña y no me entraban tantas cosas, Itos. ;)

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  4. Te faltó decir que la nevera también indica qué tipo de uso le das a la casa. ¿Por qué las pequeñitas con congelador prácticamente inexistente siempre acaban en las casas de verano propias? ¿Acaso no necesitamos el mismo espacio, o incluso más (debido a que con el calor no deberíamos dejar ningún alimento fuera)?

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