El espíritu de Juan Barco


«Además de verdad», una sección por David Araújo Bermejo.

«A D. M. V y M., historiador de la ciudad, suicida tras haberle sido refutado un dato» es el título de un poema de Aníbal Núñez que relata un suceso real que ocurrió a finales del s. XIX: la muerte, arrojándose desde un puente al río Tormes, de Manuel Villar y Macías, historiador de Salamanca. Al parecer, tras una ferviente disputa sobre la veracidad de una de sus crónicas con un periodista llamado Juan Barco, este acabó demostrando que Villar y Macías había cometido un error al informar sobre una fecha. D. Manuel se desangró por ese órgano invisible que es el orgullo; su ego, animal traicionero que nunca se domestica del todo, se revolvió contra él y de un zarpazo le amputó la dignidad. Cuando llegó al puente bajo cuyos ojos, según recita Aníbal Núñez, «se vertían todas las inmundicias de la ciudad», ya era, pues, un cadáver, aún con la inercia post mortem necesaria para saltar al río. Vivió 63 años, hasta 1891, cuando ni el más visionario ingenio ni el más preclaro profeta podrían imaginar que su verdugo, Juan Barco, regresaría aproximadamente un siglo después en forma de ese leviatán virtual que todo lo confirma o todo lo refuta. Porque Juan Barco volvió, reencarnado en Google, para que ninguna información, por intrascendente que pueda parecer, quede sin contrastar y, en su caso, corregir.


A veces he pensado en dejar de comunicar lo que pienso, me gusta o deseo, por temor a que la persona a la que se lo cuento acuda a Google para comprobar que no estoy equivocado. Aunque la mayoría de nuestras conversaciones no giran en torno a asuntos que requieran una precisión informativa como la de la reyerta dialéctica entre Villar y Macías y Barco, donde habría seguramente un trasfondo profesional, algunas también a mí me han provocado ganas de arrojarme desde el puente más cercano a unas aguas que me liberen de ese afán por el dato fiel. No son mi orgullo ni mi dignidad los que resultan heridos, pero sí mi paciencia. Me pregunto si acabarán dándose situaciones en las que, por ejemplo, comente lo mucho que me ha gustado la Regenta y al momento tenga al googleniano de turno poniéndolo en duda, tras una vertiginosa búsqueda en su demoníaco aparato, porque nací en febrero y a los acuario no les suelen gustar las obras de Clarín o algún argumento por el estilo.

Bienvenida sea la comprobación, cuando proceda, y buenos ojos vean a la exactitud cuando la necesitemos. Pero mantengámoslas a raya cuando la finalidad de la comunicación no sea didáctica sino social y afectiva. Más comprender y menos apuntillar es lo que hace falta. Yo solo digo que Pogba parece alto para sazonar la actividad, en este caso ver un partido de fútbol, que estoy disfrutando con otra persona, no porque quiera que mi compañero, googlelizado, poseído por el oráculo que todo lo sabe, abandone por unos segundos la dimensión espacial y temporal que compartimos para, eso sí, tener el detalle de entregarme en bandeja los 191 cm del jugador francés.


Cuando en un diálogo trivial aflora un tema intrascendente como el de lo bien que se conserva un famoso para la edad que tiene, no pretendo saber su año de nacimiento, al menos en ese momento, al menos durante ese rato en el que intento convivir con alguien que apenas me ha mirado a los ojos porque el espíritu de Juan Barco le lleva a teclear compulsivamente e indagar sobre los temas que surgen y que nacieron como simple excusas, y no como obstáculos, para reforzar lazos sociales. El escritor español Benjamín Prado, que debe de ser muy sabio, da en el clavo: ser sabio no es saberlo siempre todo, sino cada cosa a su tiempo.

Llámeseme exagerado, intolerante, inquisidor, pero, y esto no sé si es algo que solo me ocurre a mí, últimamente no paro de encontrarme con gente incapaz de resistirse a extraer la cifra exacta, como aquel que es incapaz de eludir la tentación de reventar una espinilla o de explotar las burbujas del plástico de embalar. Gente que aniquila de manera compulsiva toda incertidumbre. Y, como dice un verso de Luis Javier Moreno, contemporáneo y amigo de Aníbal Núñez, comienza a molestar esa seguridad de andar siempre sobre la pista. No es el dato, o mejor dicho, no es la búsqueda del dato (el dato, si se sabe de antemano, no interrumpe el fluir natural de la tertulia y es lógico que, de esta manera, sí se ponga sobre la mesa), sino la idea la que actúa de argamasa para dotar de compacidad a la relación establecida mediante la comunicación, sobre todo si la caza del dato interrumpe cada dos por tres el curso del coloquio.

Los que apreciamos la conversación como un ejercicio de entrega al resto de los que en ella intervienen, asumiendo las lógicas interrupciones pero intentando que sean las mínimas, tenemos ya suficientes frentes abiertos gracias a la tecnología. Es una batalla que nos hemos resignado a perder. Las continuas llamadas, los WhatsApps, los correos electrónicos pero, especialmente, la necesidad de saberlo todo de inmediato (desde qué nos están contando por WhatsApp hasta cuánto mide exactamente Pogba), hacen cada vez más difícil que estemos realmente donde estamos, con quien estamos y a lo que estamos.


No se trata tampoco de incurrir en la cursi y generalizada demonización de la tecnología, la informática o internet, en un capcioso exhibicionismo de esa especial sensibilidad que solemos asociar a toda resistencia al progreso. Perdóalles o mal que nos fai polo ben que nos senta, que decimos en Galicia; aquí el menda es uno más de los que se rinden ante las redes sociales y les dedica una parte considerable de su tiempo, pero intentando no perder de vista el decoro social, la compostura, y, si se me apura, la educación. Habrá que procurar que ciertos protocolos establecidos para tratarnos cara a cara, y que simplemente denotan consideración hacia el que se tiene delante, no desaparezcan.

Así que al próximo que me obvie en medio de una conversación y se escape a Google para refutar, corregir o precisar un dato, le pediré que amortice el viaje y busque información sobre dónde queda exactamente el puente más cercano.

Así es... o no...

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