A la deriva



«A la deriva», un relato de Santiago de Prado.

Hay un incendio y Leo Noel alerta a todas las unidades desde su camión de bomberos, «¡preparados para el despegue! ¡Es una emergencia! Niiiinoooo niiiinoooo niiiinoooo. ¡Inmersión!». Leo convierte todo en juego y se acerca con una botella mojada y las manos llenas de arena.

—Encontré una botella con mensaje —dice. Ojo de turista haría falta para verla, pero a Leo le basta con creer que las botellas llegan a la playa para traer mensajes y la que tiene en sus manos no podía ser menos. Y lo trae de verdad.


De canijo lancé desde la orilla un mensaje en una botella que terminó su viaje a 20 metros, en las manos de otros niños que también supieron verlo. Ahora tengo yo una botella en las manos y me falta fe para creer que viene de lejos, pero en su interior se adivinan hojas mojadas, escritas en inglés. En el corcho quedan restos de haber sido sellado con cera y las muescas en el vidrio cuentan que entre la botella y el Atlántico hubo más que palabras.

En este momento mi ansiedad ya no entiende de sacacorchos. La rompo contra el cemento tratando de encontrar respuestas, pero la botella está llena de preguntas nuevas. Cuatro hojas mojadas y una foto descolorida de una señora mayor que sonríe a cámara. Dos de las hojas están manuscritas y conservan un poema casi entero lanzado al mar por una chica que viaja a bordo de un yate.


¿Quién es Hannah? Los versos de Hannah se despiden de su abuela, la señora de la foto, que acaba de fallecer en tierra. Hannah se siente heredera de su espíritu aventurero y se propone lanzar el poema y la foto a bordo de esta botella para navegar siempre juntas, a la deriva. ¿Qué casualidad las ha llevado a hacer escala en las manos de Leo?

Las otras hojas traen más información, pero también más incógnitas, porque la tinta de impresora no ha soportado bien el viaje y, aunque algunas partes están legibles, otras son ya sólo borrones azulados. Parece una especie de diploma firmado por la tripulación certificando que Hannah ha cruzado el punto intermedio de su travesía. Ese mismo día, 22 de junio de 2014, lanzó la botella al agua en la posición 36° 19' N y 43° 31' W. El mensaje ha tardado año y medio en llegar a esta playa desde el mismísimo centro del Océano Atlántico Norte. Leo sigue jugando ya ajeno a su hallazgo, que se vuelve a cada línea más extraordinario, «todos a sus puestos», «a toda máquina», «no podrán escapar».


Ya en casa, las páginas secas, jugando con la lámpara a sacar más información al trasluz. Parece que hay algo que empieza a estar cada vez más claro: hay que encontrar a Hannah. No se ve ninguna dirección de contacto. Pero sí el nombre del yate: «Odyssey». ¿Cuántos barcos puede haber en el mundo con este nombre? Internet dice que demasiados.

Buceo en buscadores, tengo un nombre, un apellido, quizá un lugar y fecha de nacimiento y deduzco por la ruta recorrida que puede vivir en Estados Unidos. Son pocos datos para un nombre tan común. Repaso las fotos que colgaron sus tocayas en junio de 2014. Si alguna hizo un viaje trasatlántico en yate, es probable haya subido alguna foto. Nada, ni rastro.



Tras varios días de búsqueda sin éxito toca plantearse que quizá el auténtico final de esta historia sea quedar inacabada. «No por quedar a medias es peor final», me digo... ¡Mentira! Si esta botella llegó hasta Leo no es para que me dé por vencido.  ¿Cuánta gente se levanta cada mañana gritando en bajito un «ojalá que hoy pase algo»? Pues este algo está pasando y me niego a dejar semejante aventura a medias. Rastreo el nombre del barco, los puertos de escala, busco fotos, tripulantes y al fin, ¡una pista! En una foto de un Odyssey encuentro el mismo logotipo que vi en la marca de agua de las páginas del poema de Hannah. En pocas horas identifico al capitán y a la naviera. En ese momento se me ocurre una idea: ¿Y si Hannah no fuese pasajera? ¿Y si era tripulante?

Fort Lauderdale to Gibraltar
Atlantic Crossing Halfway Point
Decido explorar esa opción y de repente encuentro la carta de presentación de una tripulante de yates de lujo. Todo encaja: el nombre, la edad, el currículum. ¡Es ella! No hay datos de contacto, pero empiezo a tener respuestas e información concreta. Navego viento en popa por webs de tripulantes y la vuelvo a encontrar. Esta vez hay datos de contacto, pero accesibles sólo para otros tripulantes. Llegados a este punto me hago marinero. Me enrolo en la web como marinero de cubierta y enseguida tengo su dirección de correo electrónico y su número de teléfono. En cuestión de minutos tengo un correo preparado, una foto adjunta y una historia a punto de acabar. ¡Enviar!

10 minutos después recibo el siguiente correo:

Yes this is my bottle!! I am very excited your son found it. It must have floated a long way to reach your shore!!! I have added some photos of what was inside. We threw it overboard in the middle of the Atlantic Ocean on a trip from Florida in the USA to Gibraltar.
Kind Regards.

¡¡Sí, es mi botella!! Me alegro mucho de que la haya encontrado tu hijo. ¡¡La corriente la debe de haber llevado hasta vuestra costa!! Te adjunto fotos del contenido de la botella. La lanzamos en medio del océano Atlántico en ruta desde Florida, EE. UU., a Gibraltar.
Saludos.

Hannah me habló de su abuela, de su viaje y me mandó las fotos de las hojas que metió en la botella. Su dirección de correo siempre había estado allí donde ahora había sólo un borrón azul. ¡Habría sido tan fácil! Es como si la botella la hubiera borrado adrede para tenerme un tiempo a la deriva y que me costase también llegar. ¿Cuántas quedan en el mar? Yo, por si acaso, estaré atento a la marea y creeré, como Leo, que las botellas llegan a la playa para traer mensajes.

¡Alerta! ¡Alerta! ¿Todos preparados? ¡Al abordaje!


Así es... o no...

Comentarios

  1. ¡Qué maravilla! Yo siempre he soñado con encontrar una botella con un mensaje.

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  2. ¡Una historia increíble! Me encanta el afán investigador del autor que no duda ni un momento en aprovechar esta pequeña aventura. Deberíamos seguir su ejemplo más a menudo y dejarnos llevar por las pequeñas sorpresas. Un placer leer este bonito relato.

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  3. ¡Bendito/a internet cuando sirve para lo bueno!
    Lástima que el responsable del hallazgo sea todavía demasiado pequeñajo para interesarse por las pesquisas y disfrutar de ellas... :)

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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