En apnea


Falta poco más de un mes para que se celebren las elecciones municipales y la Diputación, que históricamente ha ignorado con tozudez, inquina e insidia a este municipio —cuando no lo ha torpedeado directamente—, organiza este fin de semana de primavera en una parroquia del extrarradio un festival zonal de bandas de música. 

Para presentar y animar la función han optado por un falabarato de buena presencia y voz potente, con tablas y desenvoltura micro en mano, un joven profesional de la venta de humo con ascendiente entre la pedanía, un meritorio de la partitocracia local que aspira a hacer carrera política y con seguridad poder acabar arrimando el ascua a su sardina. El local está profusamente decorado con pancartas y cartelería con el emblema y colores de la Diputación. Que no les vaya a caber duda ninguna a los votantes sobre quién apoya por estos pagos a la cultura, por favor.

Es domingo y, tras la actuación ayer de cuatro agrupaciones musicales, es turno hoy para otras cuatro. Son todas ellas bandas-escuela, integradas en su mayoría por chicos y el ambiente es bulliciosamente jovial. Afortunadamente, no van vestidos como en otros tiempos, al estilo de almirantes generales de la mar océana y, como mucho, lucen pantalones, faldas y chaquetas oscuras. Parece ser que entre los que actúan hoy figura una agrupación debutante que, para mayor mérito, cuenta entre sus integrantes con personas con algún grado de discapacidad y también con miembros de edades a las que uno ya suele estar jubilado. A mí, tan abúlico y conformista, me resulta envidiable y digno de admiración que a esa edad alguien tenga fuerzas y entusiasmo para lanzarse a estudiar, a ensayar y, sobre todo, para tener el arrojo de actuar ante el público.

Está un tiempo primaveral espléndido, aunque ventoso, el sol ya aprieta bastante en las horas centrales del día y la primera banda termina su actuación sin más novedad que el sofoco entre el público debido a la abundante afluencia —cada músico joven arrastra a puñado de familiares— y a lo angosto del auditorio parroquial semisoterrado. Se produce un receso obligado no solo para el relevo de músicos sobre el escenario, sino también para el recambio de asistentes entre el público. Los vomitorios bullen con el trasiego continuo de las familias que abandonan el salón de actos tras haber presenciado la actuación de los suyos y de los grupos de recién llegados en busca de una butaca bien situada. Los programas del concierto —que no falte aquí tampoco el símbolo y la propaganda de la Excelentísima Diputación— se agitan de manera desorganizada a modo de abanicos improvisados.

Vuelve a salir a escena el speaker falabarato para informarnos del programa previsto y nos advierte de que a continuación presenciaremos el debut de una banda ante el público. Nos anima también a tener un poco de paciencia mientras se disponen sobre la tarima y a que llegado el momento los recibamos con un aplauso entusiasta que les ayude a sacudirse los nervios del estreno. En efecto, por la falta de uniformidad en el vestuario, por el modo de conducirse, pero, sobre todo, por un aire de intranquilidad y desorientación compartido que no pueden disimular, se intuye en ellos la inexperiencia.

Atacan ya —disculpen el verbo— la primera de las dos piezas que según el programa van a interpretar y, aunque no lo hacen mal del todo, la bisoñez que se barruntaba momentos antes pasa a manifestarse ahora a las claras por cierta falta de soltura y fluidez. Recorro el grupo con la vista y hay que carecer por completo de empatía para no identificarse y encariñarse con ellos. Son un grupo heterogéneo en edad, entre los que destaca el encargado de los platillos, un hombre de alrededor de 70 años, completamente calvo, con gafas, que viste camisa blanca y sufre algún tipo de tic, sin duda agudizado por la tensión del momento. Al estar de pie entre el resto del grupo aparece, cual personaje central de Los fusilamientos del 3 de mayo, más alto y esbelto de lo que seguramente debe de ser. Reconcentrado y atento, mantiene fija la vista en el director, esperando a la señal de la batuta para despertar a los demás. Adelanta un pie ligeramente para afianzar el peso del cuerpo y se mece atrás y adelante al ritmo de la música. Es imposible no centrarse en él y ese tic que le fuerza a cerrar ambos ojos de golpe y a arrugar la cara convulsa y arrítmicamente está empezando a incomodarme. Además ahora le ha dado por hacer unos movimientos de masticación no con los molares, sino con los incisivos, con la parte frontal de la boca, como saboreando y royendo algún alimento inexistente.

A pesar de que no se adivina ningún aumento de intensidad en la composición ni se otea ningún in crescendo en el horizonte, el percusionista alza los brazos, separa los platillos y redobla la intensidad de la atención que fija en el director. Al tic se ha unido ahora un movimiento enérgico de cabeza hacia adelante, similar al de un asenso, con el que, igual que un matador cita a un toro, le manda al conductor la señal inequívoca de que está presto a entrar en acción. «¡Eh, maestro, aquí estoy!», parece indicarle. «¡Maestro, oiga, míreme!». «¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!».

Algo en esta situación me atenaza y hace unos segundos que, inquieto y tenso, aguanto la respiración. Crispo las manos, sujeto con fuerza los resposabrazos de las butacas y clavo las uñas en ellos. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que todo el auditorio se encuentra en idéntica situación de animación suspendida: la vista fija en el abuelo, el corazón en un puño, bocas abiertas, inspiraciones y espiraciones interrumpidas, en apnea, como si en nuestra partitura imaginaria como público figurasen múltiples silencios de redonda. Pasan diez segundos, veinte segundos, treinta segundos. El instrumentista sigue citando al director con su inclinación de cabeza, sincronizada ahora con su tic: «¡Venga, maestro, deme paso ya!» transmiten inequívocamente sus gestos. Pero el director no le da entrada todavía. Pasan más segundos, que a todos nos resultan eternos, sufriendo solidariamente por el instrumentista.

Y por fin, una mirada, una leve inclinación de cabeza, un golpe de batuta y... ¡chaaaaaaaaaaaaan! Lo que debería ser la reverberación del sonido metálico de los enormes címbalos cortando el aire en efecto lo fue, pero solo durante el brevísimo instante, efímero y fugaz, de una semifusa en tempo prestissimo, porque al momento el retumbo quedó ahogado por el suspiro de alivio lanzado al unísono por todo el patio de butacas... ¡Aaaahaaaaaaaaa!


Y cuando aún no habíamos acabado todos de boquear como peces fuera del agua en busca de aire, ya volvía el percusionista a la carga, aprestándose para dar la nota de nuevo, separando ostensiblemente los brazos y citando con sus cabeceos al director. Sus ademanes, hipnóticos y subyugadores, nos forzaron a contener otra vez el aliento. Diez segundos, veinte segundos, treinta segundos. «Dale entrada al platillos de una vez, por favor, dire; dale entrada ya, que necesito respirar». Y la pieza continuaba. Y el percusionista citaba. Y el director lo ignoraba. Y el auditorio en vilo. Y él citaba. Y el otro ignoraba. Y la pieza continuaba. Y la pieza acabó... con otro suspiro generalizado de la concurrencia, feliz por poder volver a henchir los pulmones sin miedo.

Así es... o no...

Comentarios

  1. ¿Cómo se me había pasado a mí semejante joya literaria? ¡Imperdonable!

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