El tercer hombre y la espuma

 


Who is the third who walks always beside you?
When I count, there are only you and I together
But when I look ahead up the white road
There is always another one walking beside you
Gliding wrapt in a brown mantle, hooded
I do not know whether a man or a woman
But who is that on the other side of you?

Bob Hoskins. O así lo recuerda. Es decir, no lo recuerda: el tetris de la memoria rellena los espacios y reconstruye el olvido, reformulándolo, porque nos aterrorizan los vacíos del pasado. Horror vacui.

Bob Hoskins, con dos perros de pequeño tamaño sujetos por sus correas a unos 50 metros de ella; el tramo de acera que los separa completamente desierto —horror vacui—; desierto como la inmensidad blanca de las islas Georgia del Sur a la que Shackelton y sus dos compañeros se enfrentaron en 1916. Arrastrándose penosamente por aquel vacío horroroso, gélido, abrumador, los tres creían ser cuatro, pero  ninguno se atrevió a confesarlo.

Los restos de espuma en el bidé que deja al salir de casa gritan que se acaba de lavar para otro. Se acerca a su destino con el hormigueo de emoción, ilusión y una pizca de miedo en el estómago, y un sedimento de estribo de cobre sobre el paladar reseco, reducción del regusto remoto del ruin remordimiento acerbo. Sabe que no debe, pero camina impelida por el mismo no puedo evitarlo con el que el Vizconde Valmont había destruido a Madame de Tourvel, humillación tramada sobre su incómodo escritorio, las nalgas prietas, apetitosas, de Cécile de Volanges o de cualquier otra pieza utilitaria de su juego egoista.

Bob sube la cuesta, ella la baja. Por la derecha de Hoskins hay una zona ajardinada no al mismo nivel de la acera, sino unos 40 centímetros más elevada. Cada vez están más cerca, gracias más al paso apresurado de ella, con destino definido —no puedo evitarlo, it's beyond my control, ce n’est pas ma faute, repetía el vizconde Valmont—, que al deambular pausado del trío con el que se va a cruzar. Cuando solo los separan unos 10 metros, uno de los canes, que ha olisqueado algo, se sube de un saltito ágil a la hierba mientras el otro permanece en la acera junto a Bob, que no se inmuta, no da ningún tirón a las correas. Bob solo mira fijamente a la transeúnte de ojos brillosos, ilusionados, que desciende la acera apresuradamente en sentido contrario; establecen contacto visual, que ya no perderán hasta que se rebasen y, mirándola fijamente a los ojos, dice:

—¿Adónde vas por ahí...? Vaime dereitiña, eh...

Y al llegar a casa de madrugada, última cosa antes de acostarse, se vuelve a lavar en el bidé.

Así es... o no...

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