¡Madruga, loca!


Desconocida —y abominada— señora:

A diario la veo, conductora del vehículo matrícula 0**5 FKK —un Citroën C4 Grand de color oscuro, o ese modelo me parece a mí, que de coches no entiendo mucho y a las horas a las que nos vemos todavía no ha salido el sol— de camino a mi trabajo.

Hoy mismo me ha mirado usted con gesto adusto y recriminatorio, clavando sus pupilas en mis iris azules —las pupilas, Gustavo Adolfo no lo sabía o se vio condicionado por la métrica y el ritmo, no pueden ser de color— porque tuve la osadía inoportuna de disminuir la velocidad de mi vehículo ante un paso de cebra de esos cuyo badén catalogaría el Tour de France como hors categorie. Débil que es uno, qué le vamos a hacer.

A pesar de la diferencia de altura entre nuestros coches, pude adivinar, como ya me había parecido otros muchos días, que llevaba usted al menos un chiquillo a bordo, en el asiento delantero, y que en uno de los traseros llevaba una sillita de las obligatorias por ley para transportar a niños de poca edad. No lo puedo asegurar, pero si tuviese que apostar mi dinero, diría que esa alma cándida que se sienta junto a usted no supera los 12 años de edad. Y si de repente me encontrase en un casino una noche loca, hasta me atrevería a jugármelo todo a que lo lleva a un colegio religioso de esos que educan en valores. Buena falta le hace al pobriño, porque, como se verá a continuación, de su santa madre no los va a aprehender.

Pero antes permítame que la importune con algunos detalles relativos a mi rutina matutina. Entro a trabajar a las 9. A esas horas, para no agobiarme innecesariamente, me tomo mi tiempo y hago todo con calma y mucha parsimonia, pues me gusta llegar a la labor con tiempo y no romper a sudar antes: programo para las 6.45 el radio-reloj-despertador que me regaló mi padre cuando estaba en Santiago acabando la carrera, a finales de la década de los 80, remoloneo un cuarto de hora y acabo levantándome a las 7.00; me afeito, me ducho y pongo en marcha a la clase de tropa, unas almas tan cándidas e inocentes como la que, cual res hacia el matadero, a diario se carretea usted —nótese, por favor, el verbo pronominal que, muy a propósito, he elegido—, y desayuno inspirado por la venustez de Esther Vaquero y María José Sáez. Vivo exactamente, asegura Google Maps, a 18,2 km de mi lugar de trabajo, pero pocas veces elijo la ruta más corta. Para cubrir ese trayecto, precisa el Gran Hermano de nuestros días, necesito 35 minutos —27 minutos sin tráfico, puntualiza el sabelotodo—, pero salgo con una hora de antelación, a eso de las 8.00. A veces, a las 7.55; a veces, las menos, a las 8.05. Me gusta ir con tiempo, así me puedo permitir el lujo de, mire usted qué inconsciencia la mía, respetar los límites de velocidad, no pisar líneas continuas y otras menudencias nada arbitrarias que recoge el código de circulación vigente.

Como le iba diciendo, pocas veces elijo la ruta más corta. Suelo optar por la que discurre más próxima a la costa, así, creo, empezamos la jornada de mejor talante; pero, sobre todo —y este es un detalle muy importante— me inclino por el trayecto con la menor cantidad de puntos conflictivos, intersecciones delicadas y embotellamientos, aunque ello me suponga hacer algún kilómetro más. Ah, que no lo había dicho aún: huyo sistemáticamente de cualquier confrontación y refriega, no por nobleza ni altos ideales, que conste, sino por pura cobardía, y porque me desagrada profundamente toparme con conductores fuguillas, fittipaldis de los de 5 minutitos más en cama que acaban siendo 10, porque-yo-lo-valgos irrespetuosos contumaces y sobrados sin civismo ni urbanidad que llegan tarde a todas partes.


En más de una ocasión me han dado ganas de decirle a usted cuatro cosas por las barrabasadas que a diario comete al volante, pero, como ya he dicho, mi naturaleza pusilánime me hace evitar cualquier pendencia. Sin embargo, hoy, impulsado por otra maniobra suya espectacular que haría exclamar a Antonio Lobato ¡madre mía, madre mía, madre mía, Magic lo ha vuelto a hacer!, por fin me he decidido. Conste que en principio, cuando resolví escribirle estas letras, lo hacía con el propósito de suplicarle prudencia por amor a la integridad física de mis hijos y a la mía propia, pero al momento de ponerme a hilar las ideas caí en la cuenta de que sería descabellado que se dignase a considerar mi petición cuando ni siquiera tiene usted, abominable madre, la delicadeza y el sentidiño de preocuparse por la seguridad de su propio hijo.

Hace unas semanas —todavía a oscuras, insisto— la vi a usted adelantando a tres coches de una tacada, circulando con las cuatro ruedas de su vehículo a la izquierda de una hermosa línea continua en la larguísima recta —nótese la ironía— que, junto a la playa del Vao, transcurre entre la capilla del Carmen y la rotonda ubicada ante el portalón del campo de fútbol del Coruxo. Pero lo de hoy ya ha sido el no va más: tal vez creyéndose usted en la cuesta de Eau Rouge y enfilando hacia la recta Kemmel en el circuito belga de Spa, ha activado su KERS, ha  abierto su DRS y ha vuelto a adelantar a varios vehículos de un solo tirón en un tramo de la avenida Samil con velocidad limitada a 40 km/h. Y como otros conductores, tortugas molestas, ocupaban ambos carriles de circulación, se ha vuelto a permitir usted el libertinaje de poner las cuatro ruedas a la izquierda de una doble línea continua y ocupar a sus anchas uno de los dos carriles dispuestos para la circulación en sentido contrario. No le deseo a usted ningún mal, no me malinterprete, por favor, pero ojalá pinche pronto las cuatro ruedas a la vez en medio de un tremendo aguacero sin que nadie pueda asistirla o, aun mejor, la sorprenda a usted cometiendo una de esas aberrantes infracciones una patrulla de la autoridad y le retiren el permiso de conducir por una temporada bien larga.

Me he informado y he hallado que el motor de su Citroën tiene una potencia de al menos 115 caballos. Lamentablemente, lo conduce una acémila.

Me despido, no sin antes atreverme a tutearla para darle a usted un consejo:

¡Madruga, loca!

Así es... o no...

Actualización del viernes 6 de noviembre

Sé dónde vive la loca. La casa exacta. Casualmente hace unos días salió de su finca —más bien habría que decir «irrumpió»— a primerísima hora de la mañana y uno de mis pequeños pasajeros la identificó y me la señaló, pero no le di mucho crédito porque fue antes del cambio de hora y aún estaba todo muy oscuro. Pero hoy ya había mucha luz y, advertido por el mismo copiloto, pude ver su cara y su matrícula sin ninguna duda: 0**5 FKK. La muy bruja volvió a irrumpir en la calzada —desde su finca particular, hay que precisar y repetir una y otra vez— obligándonos a un conductor que circulaba en sentido contrario al mío y a mí a detener nuestra marcha ante la aparición de la reina de Saba si no queríamos empezar el día con una colisión. Desde luego hay gentuza que tenía que vivir sola  y aislada en un lugar desértico, porque es evidente que en sociedad no saben vivir.

Actualización del lunes 30 de noviembre

Me gustaría que esta fuese la última actualización de esta entrada del blog porque no quiero hacerme pesado, pero no creo que lo sea. No puedo dejar de consignar una nueva proeza de la Lewis Hamilton esta de pacotilla. Esta mañana, a las 8.16, se ha incorporado desde la Rúa do Torreiro a la PO-552 justo por delante de nosotros. Ha circulado por esa vía hacia Vigo hasta llegar a la intersección con la avenida de Cesáreo A. Vázquez. El semáforo de ese cruce estaba en rojo. Pero no era uno de esos «rojos recientes» de los de meto la patita y me cuelo, no: era un rojo maduro, de los de hace bastantes segundos y, de hecho, había detenidos una decena de coches a la espera de la luz verde. Pues bien, sin disminuir la velocidad lo más mínimo, la loca se ha desplazado hacia la izquierda, invadiendo parte del carril destinado al tránsito en sentido contrario, ha pisado una isleta  —aparentemente sin reducir la velocidad, insisto— y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, ha girado a la izquierda para bajar por la avda. de Cesáreo A. Vázquez... ¡con el semáforo en rigurosísimo color rojo, repito! Ha sido una suerte que ningún vehículo maniobraba en aquel momento tanto desde la citada avda. de Césareo A. Vázquez, como desde su prolongación, el Camiño de Esteriz, porque de haberlo hecho la colisión habría sido inevitable. Tras ser testigo de esta maniobra, de ninguna manera involuntaria ni fruto de un despiste, sino plenamente consciente y deliberada, solo me viene una palabra a la cabeza: delincuente.

Actualización del miércoles 13 de enero de 2016

No era mi intención hacer más actualizaciones sobre este asunto. Al contrario: me había propuesto olvidarme de esta loca incívica y salvaje, pero es que hoy ha vuelto a la carga con una maniobra que no se puede dejar pasar. De modo que, ahora sí, me he propuesto denunciarla ante las autoridades y pretendo que esto sea un registro fehaciente para que sus tropelías no caigan en el olvido.

A eso de las 08.20 de esta mañana, tres vehículos nos encontrábamos detenidos (el último de la fila era el mío), en sentido descendente, hacia el mar, ante el semáforo —en aquel momento con el disco en rojo— que hay al fondo de la avda. de Cesáreo Vázquez, en  la intersección entre esta vía (PO-324) y las perpendiculares (rúa arquitecto Gómez Román hacia la izquierda, en dirección a Cabo Estay; y rúa Canido hacia la derecha, en dirección hacia O Vao y Samil; véase la fotografía que adjunto más abajo) cuando por el espejo retrovisor percibí unos focos y tuve una intuición...

—Coge el teléfono y prepárate para grabar un vídeo, que ahí viene la loca —le dije a uno de mis pasajeros...

... Sin éxito, porque antes de que ni siquiera pudiese desbloquear la pantalla del móvil, la conductora del vehículo Citroën C4 Grand de color oscuro, matrícula 0**5 FKK, tal como yo me había olido, nos adelantó sin reducir visiblemente la marcha invadiendo la mitad izquierda de la calzada, destinada a la circulación en sentido contrario —ascendente—, una isleta pintada en el pavimento y el carril habilitado para desviarse hacia la izquierda, y giró —sin reducir, insisto, de manera perceptible su velocidad— hacia la derecha sin mostrar el más mínimo asomo de duda...

No asomó la naricita, no; no metió la patita, no: giró con total soltura, desenvoltura, desvergüenza e inconsciencia sin pararse ni un momento a considerar la posibilidad de que apareciese algún vehículo procedente de la rúa arquitecto Gómez Román con la prioridad otorgada en aquel preciso momento por estar su semáforo en verde, señal vertical que, como todo conductor debería saber, prevalece sobre las horizontales pintadas en el pavimento.

Se cree esta individua —adjetívela en este punto el lector como considere oportuno— con la potestad ya no de pasarse las normas de tráfico por el arco de triunfo de su arrogancia e idiocia, sino con la libertad de manejarse con riesgo excesivo y desprecio por la vida ajena, y la de poner en juego la integridad de sus personas y vehículos.

Si todas estas tropelías —cometidas de manera deliberada y a conciencia, con temeridad manifiesta, y no por mero descuido o imprudencia— no son denunciables, si no es exigible la intervención de las autoridades competentes ante estos delitos contra la seguridad vial, que baje Dios y lo diga.


Actualización del viernes 15 de abril de 2016

Con tal de no cruzarnos con esta loca, alteré durante un tiempo nuestra rutina horaria, así que hace tiempo que no nos topábamos con ella; pero hoy, otra vez, se ha saltado con toda la alevosía el semáforo que hay al fondo de la calle Cesáreo Vázquez (intersección que ilustra la imagen anterior). No hay manera con esta descerebrada, no hay manera.

Comentarios

  1. "Los ha pasado como una auténtica exhalación" añadiría Lobato.

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  2. Ojalá llegué esta rabieta mía a los ojos de esta acémila, se pueda leer retratada, se reconozca, le caiga la cara de vergüenza y o bien no vuelva a conducir, o bien cambie sus formas por el bien de todos.

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    1. Si se dedica a a eso cada mañana es que vergüenza no tiene... No le va a afectar ni lo más mínimo. Los que usamos el coche a diario tenemos que ver ese tipo de salvajadas todos los días. También es cierto que creo que antes era mucho peor, o igual es que como yo también madrugo para no sentirme agobiada me rodeo de los "agobiados del mundo" y vamos todos pacíficamente.

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    2. No te falta razón, desconocido, es más: estoy convencido de que si esta loca, esta acémila, llegase a leer estas líneas, no solo no recapacitaría, sino que incluso se indignaría y se sentiría agraviada. :'(

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  3. Esto se evita fácilmente si de una vez por todas nos pusieran el metro, metro ligero, cercanías o cualquiera de las múltiples opciones que existen para vertebrar en condiciones una ciudad de 300.000 habitantes y un área de unos cuantos más. La cultura del coche es lo que tiene, como la de las armas en EEUU, que locos los hay en todas partes y cualquier cosa en manos de un loco es peligrosa, sobre todo cuando la confianza se convierte en compañera de viaje y nos pensamos invencibles.

    Eso sí, a esta no la pillarán nunca. A mí un viernes a las 5 de la mañana en el túnel de Beiramar sin nadie a mi alrededor va y me salta el radar... Por su seguridad dicen...

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    1. Entiéndase viernes a las 5 de la mañana como la noche del viernes al sábado, que correctamente sería sábado a las 5 de la mañana :) Cosas de pensar que el día no se acaba hasta que vamos para cama.

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