Reverencias y genuflexiones


«Además de verdad», una sección por David Araújo Bermejo.

Se acaban de cumplir 20 años del tragicómico episodio de la crisis de los avales que a punto estuvo de hacer pedazos dos clubes de fútbol: el Celta y el Sevilla. Aquel inolvidable 1 de agosto la capital andaluza y Vigo comenzaron a vivir una pesadilla compartida que duraría varias semanas. Ambas ciudades, tras superar el impacto inicial, se levantaron contra los dirigentes e instituciones que, los unos con su negligente gestión y las otras con su despótica decisión, causaron aquel seísmo sin precedentes. En mi ciudad, hasta el emblemático monumento de O Sireno mutó su visaje indescifrable por un gesto de asombro cuando, bajo su mirada siempre vigilante, decenas de miles de celtistas se congregaron en la céntrica Puerta del Sol para clamar justicia. Fue una rebelión prácticamente espontánea que desembocó en un desplazamiento a Madrid de 4000 almas celestes. Los medios de comunicación y las autoridades locales no pudieron obviar el tsunami popular y fusionaron sus conciencias y voluntades particulares en aquella conciencia y voluntad común.

Era 1995. Miles de trabajadores del Grupo de Empresas Álvarez —junto a Citroën y el sector de los astilleros, el referente industrial de la ciudad olívica — vivían la etapa final de la agónica crónica de un cierre anunciado. En las factorías de GEA trabajaban en ese momento más de 1000 personas, ya lejos de los 5000 empleados de antes de que se iniciara su largo naufragio. Mi madre, mi tío, mi abuelo y mucha gente que conozco, o conocí, trabajaron en la fábrica de Santa Clara.

Después de 3 semanas esperpénticas de negociaciones entre la Liga, los clubes, tribunales y todas esas instituciones de siglas demoníacas vinculadas al fútbol, la astracanada inicial se acabó resolviendo con la astracanada madre: Celta y Sevilla seguirían en primera división, que pasaría a tener 22 equipos. Pocas veces unas aficiones habían sido tan jugador número 12. En los hinchas, que fueron en gran parte los salvadores de ambos clubes, nació un sano sentimiento de trascendencia, una certeza de que si gritaban muy fuerte se les podía llegar a escuchar. 

Así, tres años después del éxito del levantamiento por la crisis de los avales, Míchel Salgado, durante un partido contra el Atlético de Madrid, para evitar que un rival encarase la portería celtiña, se tiró de forma dura para interceptarlo. Quizá el objetivo no era partir la pierna de un jugador talentoso, sino evitar el gol del equipo rival; en todo caso, la acción, intencionada o no, tenía todas las papeletas para desgraciar al otro. Era como tirar una maceta desde un quinto piso, aun sin intención de matar a nadie, pero sin comprobar si alguien pasaba por la calle en ese momento. Mientras el jugador brasileño se retorcía de dolor, Míchel Salgado se levantaba haciendo el clásico gesto despreciativo de «es un cuentista, se ha tirado». La tibia de Juninho estaba colgando por 3 lados. Creo que solo dos celtistas nos indignamos más por la lesión que por la sanción al defensa gallego: uno era yo y al otro no lo conozco. A Míchel se le sancionó de forma desproporcionada, si atendíamos a antecedentes más o menos recientes, dando pie a que aflorara la verdad universal de que hay diferentes varas de medir: una para las acciones de los jugadores de los equipos humildes y otra para la de los grandes. Sin llegar a alcanzar, siquiera de lejos, ni la cantidad de participantes ni las cotas de indignación gestadas durante la crisis de los avales, la afición celtiña se volvió a movilizar para apoyar al defensa de As Neves.

Tiempo después, una parte del celtismo desempolvó el traje del verano del 95 y volvió a salir a la calle para mostrar su apoyo a Everton Giovanella, carismático jugador, muy querido en Vigo, que fue sancionado por dopaje. Normal, hasta cierto punto, que la gente le mostrase su apoyo y confiase en su inocencia, o, al menos, dudase de su culpabilidad, pues Giova había demostrado sobradamente su bonhomía con su comportamiento y con alguna acción concreta. Su reacción inmediata, y totalmente espontánea, tras la lesión de Manuel Pablo es de los momentos más deportivos que se recuerdan en un terreno de juego, y eso que en el lance con el jugador deportivista sí que Giovanella queda excluido de la más mínima culpa, pues no hubo ni negligencia ni intención, solo mala suerte.


Mientras, en mi familia las repercusiones económicas derivadas de la alternancia de aplazamientos de pagos, de semisoluciones alternativas a base de retruécanos de la situación laboral —ahora te vas al paro, ahora trabajas menos horas, ahora trabajas aunque no te pago— y, finalmente, del cierre definitivo de la empresa, hacían mella. Aun así la huella que una mala situación pecuniaria puede dejar en un bolsillo será muchas veces pasajera y nunca comparable a la marca que nunca desaparecerá en una persona cuando su ánimo y dignidad han sido pisoteados constantemente. Al verdadero hastío vital se llega por el camino al que nos abocan la sociedad con su falta de empatía y las instituciones con su desamparo, pero sobre todo con la sensación de que este mundo tiene un grave trastorno de sensibilidad y que el caos reina en el orden de prioridades que debería, si no regirlo, al menos orientarlo.

Vi cómo mi madre llegaba reventada de muchas manifestaciones para defender su puesto de trabajo. Reventada física y moralmente. A veces, no muchas, sintió el apoyo popular, y aún se muestra agradecida por las muestras de cariño y de solidaridad que sus conciudadanos mostraron con cuentagotas. Recuerdo alguna manifestación multitudinaria también con motivo de la situación de los trabajadores de Álvarez. Los periódicos se hicieron eco asimismo de la ruinosa situación de muchas familias —no eran pocas con tres miembros de un mismo hogar que se quedaban sin ingresos— y las autoridades locales nunca fueron completamente ajenas al problema de GEA. Pero estoy seguro de que mi madre, mi tío y mi abuelo jamás sintieron el respaldo, la comprensión o un anhelo de otros por ayudarles, al menos un anhelo proporcional a la necesidad real de ayuda, o en su defecto, de comprensión. A mi madre, muchos años después ya, aún le resuenan en los oídos los insultos de gente de a pie, seguramente de algún currela como ella, un «vagos, dejar de cortad las calles e ir a buscar otro trabajo» y todavía le duelen los ojos cuando recuerda cómo en los periódicos locales las injusticias a Giovanella o a Míchel Salgado no dejaban espacio para denunciar situaciones como la de ella.


Es imposible fijar una escala de reivindicaciones justas sin caer, curiosamente, en la injusticia. Quejarse porque un equipo de fútbol genera más preocupación que el de una empresa como Álvarez nos llevaría a plantearnos por qué habría que movilizarse por una gran compañía —en la que los afectados, al ser tantos, ya constituyen per se una masa reivindicativa notoria— y no en defensa de tantos otros trabajadores que se encuentran en un escenario laboral similar, pero en pequeñas empresas. Es un terreno muy peligroso, porque nos paralizaría, empezar a juzgar qué causas son más merecedoras de nuestra atención: por qué los árboles antes que los animales, por qué los animales antes que los niños huérfanos, por qué los huérfanos de un país antes que los de otro, por qué los huérfanos y no los ancianos... Tampoco podemos obviar que la desaparición de un club de fútbol acarrearía nefastas consecuencias económicas y laborales para una ciudad, así que ciñéndonos a este punto de vista también se le puede encontrar una justificación a este desequilibrio y, además, seamos todo lo crudos que merecemos ser con nosotros mismos: no se puede ser sensible ante todo problema susceptible de sensibilidad. No es funcional para nuestra salud mental ser sentimentalmente consecuentes. Pero asusta lo tremendamente inconsecuentes que podemos llegar a ser. ¿Qué escogeríamos, entre estos dos supuestos, si dependiesen de nosotros: que descienda a 2.ª división tu equipo o que se hunda una embarcación con 250 inmigrantes? Escogeríamos la primera opción, por supuesto —la escogeríamos, ¿verdad?—, por lo que tenemos de seres racionales y decentes. Pero vaya faena que nos habrían hecho. Al final y al cabo somos insignificantes criaturas a las que nos han traído, sin pedirlo, a un escenario demasiado complejo, y bastante hacemos ya con ser coherentes de vez en cuando y unificar conciencia, interés, empatía e instinto de supervivencia.


Por eso, sin la más mínima pretensión de juzgar, o al menos, de sentenciar, me limito a escribir. Y escribo sobre el Celta, que parece ser la razón de vivir de muchos y que merece ser defendido y custodiado solo por la alegría, distracción y la ilusión que genera en tantos. Me incluyo en este segundo grupo, no en el primero, aunque ojalá el Celta hubiera sido también la razón de existir para más de un trabajador de Álvarez que no pudo o no supo gestionar su situación y acabó perdiendo el control de su vida, alguno incluso suicidándose.

Y escribo sobre Giovanella, al que tuve la oportunidad de conocer y con quien pude intercambiar impresiones; además, tengo buenos amigos que han compartido vestuario con él y todos estamos de acuerdo en que es probable que sea una de las mejores personas que han pasado por el fútbol de élite. Nunca me manifestaría yo por un asunto deportivo, pero si me obligaran a hacerlo, pediría que, al menos, fuera por tipos como él.

Y escribo sobre Míchel Salgado, porque este verano, como todos los veranos, lo he vuelto a ver por la playa de Samil; tranquilo, relajado y con ese no sé qué que enseguida detectamos en aquellos a quienes la vida —a partir de un momento dado y sin restarles la parte de mèrito personal— les ha sonreído, o mejor dicho, les ha hecho múltiples reverencias y genuflexiones. Y, también este verano, lo he pasado con mi madre, mujer optimista ella y tendente a la alegría, pero con ese no sé qué que enseguida detectamos en aquellos a los que la vida le ha dicho «siéntate y a ver si te puedo atender luego, que ahora estoy ocupada haciendo reverencias a otros».

Así es... o no...

Comentarios

  1. Aunque estoy de acuerdo contigo en casi todo tendría que escribir yo también para rebatirte algunas cosas. Pero como por escrito me expresó mal prefiero una conversación. Yo que acostumbro a estar en cabeza de muchas manifestaciones a veces echo de menos a los perjudicados y me pregunto ¿que pinto yo aquí?. Un saludo.

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    1. Muchas gracias por tu contribución, Itos. A ver si hay alguien que sepa o se atreve a contestar a esa pregunta tuya... ;)

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  2. Creo que tienes razón en todo lo que dices, David. Por desgracia la sociedad se queja más en redes sociales que en la calle. El caso omiso de las autoridades hace que se quiten las ganas de protestar. Eso sí, que estemos criticando al gobierno y vuelvan a ganar ya es de traca. Por otra parte, el fútbol tiene más importancia de la que debería, los futbolistas más poder del que merecen y eso es difícil cambiarlo.

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