Decir adiós


«Además de verdad», una sección por David Araújo Bermejo

Nada emociona tanto como un adiós. La inminencia de la separación define y concreta los sentimientos que pudieran haber sido ambiguos hasta ese momento. «El amor es siempre el amor en cualquier parte y en cualquier tiempo, pero tanto más denso cuando se acerca la muerte», dijo G.G. Márquez en «El amor en tiempos del cólera». La previsión de la ausencia confiere un ímpetu extraordinario a nuestra capacidad de sentir; y la muerte, la ausencia madre, suscita las más hermosas conmociones que llegaremos a padecer. No es esto un sinsentido, porque lo triste, lo doloroso, puede ser bello.

Hay una poesía en cada despedida, un alegato de la mejor versión de uno mismo. Pero ¡ah! la muerte, la muerte es la gran despedida, ese momento solemne y, aunque me mata ver cómo muere la gente (esta frase es de «La ladrona de libros», cuyo narrador es precisamente la muerte), me reconcilia con la humanidad comprobar que siempre hay hueco en nuestras almas, tan alienadas por el interés y otros vicios que la supervivencia nos ha impuesto, para la ternura incondicional, el perdón generoso y el juicio caritativo cuando la Parca asoma.

Me reconcilia con la humanidad, digo, saber que esos sentimientos están ahí y vamos en su búsqueda (o ellos inevitablemente nos encuentran) y, por lo tanto, hay esperanza de que no se lleguen a extinguir. Estoy convencido de que la mayoría de nosotros somos mejores personas después de vivir el proceso de la pérdida de un ser querido. O de que apoyar a quien atraviesa una situación de duelo contribuye a que nos corrijamos como seres humanos.

He leído mejores libros que «La ridícula idea de no volver a verte», pero pocos han significado tanto para mí. «Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos». Así empieza Rosa Montero a escribir esta historia, en el que uno de los hilos conductores (el otro es la vida de Marie Curie) es la reflexión sobre la pérdida de la pareja de la escritora. No hay mejor forma de entender la vida que a través de la muerte.

¿Por qué nos estremece una carta de despedida de alguien que se va a morir aunque no lo conozcamos? No solo porque nos podamos poner en su lugar o de que se nos muestre el epicentro de la antesala del hecho fatídico, sino porque tenemos la certeza de que en este mundo en el que hay tanto de exageración, disimulo y cálculo, el que escribe desde tal perspectiva lo hace con el corazón en la mano y esa pureza, esa verdad sin filtros, se cuela por cualquier resquicio hasta llegar a lo más profundo de nosotros.

No es que necesitemos despedirnos de nadie en concreto, pero precisamos de experiencias vinculadas a la despedida para llegar de vez en cuando a esa dimensión que no alcanzamos de otra manera que diciendo adiós, bien siendo el que se va, el que se queda o incluso el que se limita a ocupar el papel de espectador.

Recuerdo una conversación en la que se planteaba la disyuntiva sobre la que todos habremos discurrido alguna vez: ¿Qué es peor, perder a alguien de forma repentina o tras un período de enfermedad? Respondí sin dudar que es preferible la repentina, que todo lo que sea ahorrarle a alguien momentos de angustia bienvenido sea, y morirte hoy sin saber que eso iba a ocurrir es preferible a hacerlo después de un tiempo previo soportando esa angustia. Lo sigo pensando, pero me di cuenta de que, por muy egoísta que parezca, otros no lo tenían tan claro porque les costaba renunciar a la idea de despedirse y eso, quizá, demuestra el papel tan importante del adiós. Y creo que no se trata del deseo de dejarlo todo dicho, de expresar lo que no habías expresado hasta entonces, aunque en aquella conversación se recurriera a ese razonamiento.

No hace falta una despedida para decirse lo que hemos silenciado, porque lo que no se han dicho dos personas forma parte igualmente de una comunicación sincera. Lo que callamos es una forma de decir algo también, así que debiéramos preocuparnos menos de este aspecto. Incluso me parece injusto condicionar con el arrebato de un último momento relaciones que han tenido una vida entera para definirse.


No, la sublimidad del adiós ha de radicar en algo que va más allá del anhelo de ampliar información, perdonar o hacer una última declaración de amor, y tiene que ver con una noble pretensión de ser mejores.

Y si es cierto (claro que lo es) que vivir es empezar a morir, ¿por qué no nos tratamos más a menudo los unos a los otros como si nos estuviéramos despidiendo? ¿Es la excepcionalidad del adiós, su carácter selectivo, la clave de todo lo bueno que provoca y por eso desdeñamos la oportunidad de despedirnos hasta que es inevitable? ¿Por eso nos comportamos como si fuéramos a estar todos aquí eternamente?

Quisiera, para terminar, compartir la que es, para mí, la mejor escena de despedida de la escasa literatura que conozco, también de «Amor en tiempos del cólera». Nada emociona tanto como un adiós, y ningún adiós me ha emocionado tanto como este:

«…y el corazón le saltó en astillas cuando vio a su hombre tendido boca arriba en el lodo, ya muerto en vida, pero resistiéndose todavía un último minuto al coletazo final de la muerte para que ella tuviera tiempo de llegar. Alcanzó a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirse sin ella, y la miró por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común, y alcanzó a decirle con el último aliento:

—Solo Dios sabe cuánto te quise.

Fue una muerte memorable, y no sin razón.»

Así es... o no...

Comentarios

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  3. Estoy de acuerdo contigo en que una pérdida repentina se soporta mejor, aunque no por ello es menos dolorosa. Yo tuve la desgracia de sufrir con una persona muy querida el dolor de un mes de coma antes de la muerte anunciada y no se lo deseo a nadie. Gracias David, como siempre.

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  4. ¡Ay! David, que tema tan peliagudo has tocado. Cuándo has perdido a tus padres y a tu hermana, de diferentes maneras y en un espacio de 9 años. Lo de menos es si fue de repente o no. El dolor es tan sumamente grande que es espantoso el dolor de ambas formas. Yo no tengo hijos, pero eso no quita que no sepa lo que es amar y de manera profunda a alguien de mi sangre. A mi madre la ingresaron un 3 de enero con un simple subida de tensión, después de haber pasado unas espectaculares navidades, nadie ni los médicos podían pensar lo que ocurriría días después. A mi hermana la vi sufrir terribles dolores por un cáncer que la tuvo tirada en una cama durante 8 meses, con un cuerpo destrozado por la quimioterapia y quemado por la radioterapia. Y mi padre se fue apagando poco a poco, debido al Parkinson y al desgaste de su edad.
    ¿De verdad crees que puedo decidir cuál fue más o menos doloroso?. No es doloroso si mueren o no de repente, sinceramente pienso que eso es lo de menos. Lo realmente desgarrador es pensar que a esa personita que amas, no la vas a escuchar más, no la vas a poder oler más, no vas a poder compartir cosas tan tontas, como llamarla para decirle que hoy te duele la cabeza, tomar un simple café, o poder reírte con ella. Es tan simple, como se ha ido de tu vida para siempre y no la vas a volver a ver jamás. No se soporta ninguna pérdida, y da exactamente igual como se produzca. Pero nuestra mente es tan sabia que dentro de cada uno de nosotros tenemos una fuerte lucha de supervivencia, que al final sales arriba, no queda otra, porque el tiempo te enseña como vivir con ello. En ocasiones desde que ellos me faltan, me he sentido muy sola, pero la vida me dice que tengo que seguir aquí porque no me queda otra, ahora hay otra persona que me necesita y también con un cáncer con el que llevamos luchando cinco años. Pero que nadie me diga que se soporta mejor una muerte repentina, mi madre se fue casi repentinamente y fue tan doloroso como cuando se fueron mi hermana o mi padre, te lo garantizo. Repito el dolor no es cómo se van, sino simplemente que se van.
    Me he extendido demasiado y os pido disculpas por ello, pero has tocado un tema que me ha llegado a las entrañas.
    Gracias David por compartir con nosotros tus artículos. Y gracias profe por tu gran labor, al hacérnoslo llegar.
    Gracias a ambos por vuestro tiempo.

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