Harbin, ciudad del hielo


«Además de verdad», una sección por David Araújo Bermejo

Muchos años después, espero que no frente a un pelotón de fusilamiento, recordaré esta remota tarde en la que conocí la ciudad del hielo: Harbin.

Situada en el noreste del planeta China, no lejos de la frontera con Rusia, país del que debido a vicisitudes históricas y cercanía geográfica recibe influencia urbanística, arquitectónica y cultural, en Harbin hay 10 millones de almas que, por vivir embuchadas en una considerable cantidad de capas de ropa, ocupan más espacio que 10 millones de almas en cualquier otro lugar.

Desde el 5 de enero, fecha en la que se inicia el festival anual de hielo y nieve, la ciudad se convierte en un hervidero, si la expresión tiene cabida para referirse a sitio tan gélido, de turistas, principalmente del resto de China.

Recorrer los 1 200 km que separan Pekín de Harbin en tren supone 7 horas atravesando yermos e insulsos páramos de nada. Si ancha es Castilla, China es infinita. Este país, hay que decirlo ya después de 3 años aquí, es feo y tortuoso. Tiene lugares preciosos, como este que hoy nos ocupa, pero hay que hacer kilómetros y kilómetros para encontrar algo que merezca la pena. Los largos trayectos inspiran nihilismo a raudales.


Descartado el deleite visual, intentas sumirte en la reflexión y el soliloquio del espíritu a los que uno se siente tan predispuesto cuando se desplaza entre raíles oteando un horizonte gris, más uniforme que la uniformidad misma. Pero hete que el chino de a pie cuando viaja en tren abandona su habitual taciturnidad e inclinación natural a la abulia que ostenta en otros ambientes y se dedica a hacer ruido. Pero ruido a conciencia. Socializa, habla a gritos, canta (dos niñas estuvieron 6 horas y media, de forma ininterrumpida, cantando canciones a coro, hasta que mi mirada torva no solo las hizo callar, sino que las traumatizó, y no me siento mal por ello), ronca, se mueve de forma que todos los de su alrededor noten que se mueve, oye música sin auriculares... He visto Camp Nous tirando cochinillos y silbando a Figo menos escandalosos que un vagón de tren en China. Todas estas incomodidades, cuando viajas por estas tierras milenarias, se ven atenuadas por otras circunstancias que nunca valoraré lo suficiente hasta que deje de tenerlas: la seguridad con la que uno se mueve de un sitio a otro (en 7 años viajando por Asia no he sufrido el más mínimo percance) y la voluntad de la gente de ayudar cuando lo necesitas, aunque sea gritando y haciendo mucho follón, y a pesar de las dificultades en la comunicación y el tiempo que les robas intentando hacerte entender y entendiéndolos.

Una vez en Harbin, el primer incentivo era resolver el misterio, y con ello apaciguar la inquietud o la angustia, sobre la capacidad propia de resistencia al frío. La temperatura en estas fechas oscila entre los -8 y los -20 °C. Me curtí en las categorías inferiores del Celta, en esa A Madroa en la que la niebla y la humedad se metían en los huesos y en los pensamientos, cuando llegabas empapado de barro al vestuario con ventanas y puertas que no cerraban (esto era, quizá, lo único que la diferenciaba de Guantánamo) y de las cinco duchas solo funcionaban dos, por las que salían apenas unos hilillos, no de plastilina, sino de agua helada. Si El Chato (sí, un personaje con este mote era el pez gordo en el Celta hace unos años) y sus vasallos no nos dejaban quejarnos por aquel entonces, tildándonos de «amariconaos» (ese era el nivel) si lo hacíamos, ¿cómo me voy a quejar ahora cuando llego a una ciudad que me recibe a -16°, pero en la que hay agua caliente y en la que me puedo proteger poniendo capas y capas de tela encima?


Además, el descubrimiento del viaje, que por sí solo lo hubiera justificado, fue el parche de calor, el mejor invento desde que se creó la cama. Objeto sencillo, de pequeñas dimensiones, que se ajusta entre la ropa y la piel, abriéndote las puertas de un paraíso térmico y que te da la confianza necesaria para mirar a los ojos al frío y decirle «te respeto pero no te temo, porque todo lo que ves en mí es térmico, y está por duplicado o triplicado, y tengo, sobre todo, parches en los calcetines». Cierto que semejante acumulación de prendas genera otros problemas coyunturales. El principal: los mocos. Dos pares de guantes en cada mano y una braga cubriéndote la cara. Ese es el panorama, y mocos, creas en ellos o no, haberlos haylos cuando se dan estas condiciones meteorológicas. Empiezas aspirando, claro que sí, que para eso llevas el rostro tapado y nadie te conoce, pero llega un momento en el que los pulmones se resienten y tienes que recurrir a otra cosa. Comértelos, nunca. Dicen que la integridad es actuar correctamente aunque nadie lo sepa, cuando nadie te ve. Bien, yo soy un tío íntegro: nunca me comeré los mocos, puedo decirlo con la cabeza muy alta. Al final, con todo se acaba lidiando en esta vida, sea vivir en una época en la que PP tiene mayoría absoluta o ir con los mocos colgando, aunque esto último, os puedo asegurar, fue casi tan angustioso como lo primero.

Recorriendo las calles de Harbin uno se ve transportado, si es capaz de abstraerse de los cientos de miles de millones de chinos que le rodean, a Europa. Calles de adoquines, edificios coloniales y hasta cierto orden y pulcritud, que, generalmente, brillan por su ausencia en otros lugares del país. La música sonaba a lo largo de las vías principales, muchas de ellas peatonales, estrictamente peatonales, y es importante insistir en ello porque en China raro es que haya un espacio en el que no circule un vehículo saltándose las normas. Yo, sin ir más lejos, antes de entrar en una habitación en mi casa miro a izquierda y derecha por si una bici, moto eléctrica o rickshaw la ha utilizado de atajo. La música suena en las calles a un volumen agradable, lo cual también constituye una novedad, puesto que en este país hay un claro problema con la regulación del aire acondicionado, la calefacción (esto es, me parece, un problema universal, y pocas revueltas hemos organizado para exigir que no se nos intente matar sutilmente con los excesos de temperatura) y la música, o más bien con el sonido en general. Se peca, casi siempre, por exceso. Y es que pecar por defecto no es pecar. Volviendo al tema musical, Harbin fue declarada Ciudad de la Música por la UNESCO en 2010, aunque quizá, por poner una pega, repetían demasiado para mi gusto la melodía de Titanic, ironía ¿inconsciente?, en una calle adornada con numerosas esculturas de hielo.

Otra ironía es que lo que más come la gente en las calles de Harbin son los polos, de vainilla para más datos. Colas y colas en heladerías en pos del gélido elemento, que puede ser expuesto en los kioscos y tiendas, como ya el perspicaz lector habrá deducido, fuera del congelador. Podría decirse que la imagen más representativa de las calles céntricas, aparte de las espectaculares figuras de hielo y nieve que las flanquean, es la de la multitud portando polos de vainilla, comiéndolos o transportándolos a granel en bolsas de plástico.

La mayoría de las avenidas en Harbin acaban confluyendo en otro de los puntos clave de la ciudad. El Songhua, atravesado por varios puentes de curiosa estética, es el primer río que veo en China cuyas aguas no son una pocilga. Quizá tenga algo que ver que es una inmensa superficie de hielo, parque de atracciones natural, digno de contemplar desde diferentes perspectivas, para maravillarse con su extensión y curiosear sobre las actividades de la muchísima gente que siempre lo ocupa, como entretenimiento o lugar de paso.

También en el centro se encuentra el parque Zhaolin, que es uno de los espacios habilitados para que el festival de hielo y nieve se muestre en su máximo esplendor. Los otros dos parques, más importantes, están en las afueras de la ciudad, uno de ellos dedicado por completo a las esculturas de nieve y el otro básicamente a las de hielo. En los tres recintos hay auténticas obras de arte, o al menos para mí lo eran. Más allá del espectáculo visual propio del material utilizado, llama la atención la precisión, el perfeccionismo y el detalle. Los motivos, interesantes y cercanos, y la distribución de las figuras acertada y armoniosa. No quiero entrar en detalles técnicos porque metería la pata, sin duda. A las fotografías me remito. Se recomienda ver las esculturas de hielo por la noche, y las de nieve de día. Las primeras, porque así contemplan con juegos de luz y color. Discrepo de esta elección. Yo, que acudí al segundo parque cuando acababa el día, pude ver las figuras de hielo sin iluminar y quedé realmente fascinado. Reconoces el hielo, lo ves en esencia, en su forma más simple sin adornos, al que se ha dado forma de una manera magistral. La luz, sin embargo, lo desvirtúa, lo eclipsa, le daba al recinto un aspecto de parque de atracciones deslumbrante y elimina toda sutilidad. Me pasa algo parecido con una mujer con el traje de novia. Lo siento, chicas, pero yo no sé decir si estáis guapas el día que os casáis. Os diré que ibais preciosas, pero a mí tanta tela me deslumbra, me cuesta mucho trabajo valorar una carita escondida en medio de tal cantidad de tejido. La mujer, que predomine sobre el vestido, y el hielo, a estos efectos, que destaque sobre la luz.


Porque, como dijo José Arcadio Buendía aquel buen día en Macondo, con la mano puesta en un enorme bloque transparente de hielo, como expresando un testimonio sobre el texto sagrado: este es el gran invento de nuestro tiempo. Con permiso, José Arcadio Buendía, de los parches de calor.

Así es... o no...

Comentarios

  1. Dos cosas tengo que decir. La primera es que quiero una foto de tu mirada "calla niños" para ponerla en práctica con Xabi, loro real adoptado en mi casa. La segunda es una pregunta obvia, ¿la canción del viaje era "qué buenos son los hermanos salesianos, qué buenos son que nos llevan de excursión"? Como siempre te digo, gracias David por todo lo que nos enseñas y por todo lo que nos haces reír.

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  3. Gracias a tí, nos podemos permitir viajar sin hacerlo físicamente. A pesar de los km que nos separan, tengo la sensación de estar un poquito más cerca de ese país y de sus habitantes. Me ha encantado, Harbin debe ser realmente bonito, a pesar de las temperaturaz. Hace años, antes de la caída del muro conocí Berlín, Hannover y Hamburgo. A pesar de estar a -20 ó -25 grados, me encantó. Y por lo que nos muestras, la ciudad del hielo me gustaría. Gracias David, no dejes de acercarnos a ese país, gran desconocido para muchos de nosotros. Y gracias profe, porque gracias al trabajo que tú pasas, nosotros podemos disfrutarlo.

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  4. *temperaturas. (Lo siento).

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  5. Dos cosillas:

    - En España la gente hace mucho ruido viajando. Directamente puedo decir que la gente no sabe viajar. Yo viajo de noche, noches enteras, de Vigo a Teruel y viceversa y te garantizo que la gente es maleducada y egoísta. Móviles que suenan a las 2 o 3 de la mañana, conversaciones a las cuatro... En algún viaje que hice en tren de día de 12 horas puedo decir lo mismo: gente que no para quieta (a una que no paraba le cayó la cartera en el baño y le desapareció. Me alegré un montón), gente que pone los auriculares para que quede sordo el de al lado (deduzco que el personaje que los lleva ya lo está...). En fin, en España es muy fácil identificar a los viajeros de larga distancia asiduos y a los que no lo son.

    - Me encanta el comentario que haces sobre la luz y las figuras. Yo dedico parte de mi vida a la lucha contra la contaminación lumínica y el uso de la luz actual es un descontrol irracional. Por suerte empieza a haber algo que se llama "cultura de la luz" que habla de iluminar siguiendo unos criterios y no simplemente por darle luz a algo durante la noche para que "se vea" (que no siempre se consigue que se vea, sino más bien lo contrario)

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  6. Tiene que ser maravilloso. Pero a mí lo que me importa verdaderamente son los parches de calor. Yo quiero

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