Desfase horario


«Además de verdad», una sección por David Araújo Bermejo

Aquí no hay cambio de hora. Vuelvo a estar 60 minutos más lejos de España. Y yo mido la lejanía en horas, más que en kilómetros, porque es este desfase temporal el que realmente le hace a uno ser consciente de dónde está.

Una amiga gallega con la que compartí una parte de mi filipinato y cuyo novio vivía entonces en España me contaba que lo más duro en una relación a distancia era el desfase horario. Le parecía muy difícil coordinar el ritmo de conversación o el humor cuando para uno de la pareja es de noche y para el otro mediodía o aquel está acabando el martes y ésta empezando el miércoles. Hay momentos en los que te sientes más mimoso, o más impulsivo, o más despistado, y costaba sincronizar esos estados de ánimo.

Entendí perfectamente su frustración. Vivir en momentos diferentes es hoy en día lo que verdaderamente marca las distancias. Obviamente, un abrazo, un beso, un cara a cara no pueden ser sustituidos por ningún otro tipo de comunicación. Pero una vez que no estás donde quieres estar, es decir, a distancia de abrazo, si viviésemos «a la vez» daría igual hacerlo a 2 000 km que a 13 000. Y cualquiera de ellas, en los tiempos que corren, son distancias relativamente cercanas.

Cuando me fui a vivir a Manila la gente se echaba las manos a la cabeza. Y hoy, aunque hayan superado el impacto inicial de saberme en el lejano oriente, vecinos, amigos y familiares aún me siguen preguntando cómo llevo lo de estar en un lugar tan remoto, «Dios mío, China, yo no podría irme tan lejos».

Siempre contesto lo mismo: ahora me siento más cerca de Vigo que cuando viví en Barcelona, hace 20 años. Curiosamente nadie, allá por el año 93, parecía darle la importancia que merecía al hecho de que con 15 años estuvieras a 1 200 km de distancia de tus padres, tus amigos y tu ambiente. Es más, cuando yo aterricé en la ciudad condal y a las dos semanas regresé abrumado, deprimido y totalmente morriñento a Galicia, los demás me veían como un bicho raro y me recriminaban que dejase «pasar una oportunidad así». Yo había fichado por el Barcelona en edad cadete, e iba a vivir en La Masía, que era el sueño de cualquier adolescente que jugaba al fútbol por entonces, y despreciar esta ocasión era casi una falta de respeto hacia los que no la tenían, como si tirase la comida sabiendo que había gente muriéndose de hambre en África.

Al final, por una serie de circunstancias, volví a Barcelona, y allí sentí cada uno de los días de los casi tres años que estuve la verdadera lejanía y a veces soledad, que, obviamente, no son incompatibles con otras muchísimas cosas preciosas que tuve la suerte de vivir. Pero me resulta curioso que muchos de los que me miraban como si estuviera loco por mi amago de renuncia a marcharme, repito, con 15 AÑOS, lejos de mis padres, hoy en día, cuando soy un adulto hecho y derecho me digan cosas como «vaya, y ¿cómo puedes estar tan lejos¿ ¿No te da pena tu madre aquí? ¿Tu casa…?»

Porque, como he dicho, hoy estoy mucho más cerca. Si estoy preocupado porque hay inundaciones en Vigo, llamo a mi madre, porque ambos tenemos siempre un móvil encima y ella me dice que no se está ahogando. Sé qué tiempo está haciendo en Galicia antes de que muchos os levantéis; es más, puedo mandaros un whatsapp con un «abrígate, que estáis a 3 grados y graniza» para que no tengáis que subir la persiana y comprobar qué tiempo hace; y si descarrila un tren en Santiago compartiré en tiempo real el dolor y la angustia con el resto de los ciudadanos con los que tantas cosas tengo en común.

En el año 1993 no había internet ni teléfonos móviles, y telefonear desde una provincia a otra antes de las 10 de la noche los días de semana era un lujo. A partir de esa hora tenías que salir a llamar desde una cabina (dentro de «La masía» había dos, que estaban siempre ocupadas, dado que allí vivíamos más de 30 personas; era muy difícil llamar y casi imposible que alguien te llamase y no estuviese comunicando) en la que generalmente había que hacer cola, y a veces lloviendo y haciendo frío, y al día siguiente tenías que levantarte para ir al colegio.

El que conozca los aledaños del Camp Nou, en donde se encontraba la antigua «masía», residencia de jugadores del Barça, sabrá que a partir de las 8 de la tarde esa era zona copada por prostitutas y proxenetas. Buena gente, eso sí. La alambrada del recinto que por aquel entonces era mi hogar estaba «custodiada» por una pila de mujeres ejerciendo y hombres supervisando. Aunque al principio esta situación asustaba, te acababas haciendo amigo de unas y otros. Les pedías cambio para llamar, comentabas el partido del domingo, etc. Y eso te daba seguridad. A ver quién se atrevía a meterse contigo por la noche en aquella zona, cuando, mientras estabas esperando a que la cabina quedase libre, tenías una conversación de lo más natural con una o dos mujeres que estaban haciendo la calle y con algún proxeneta de la zona al que tenías en el bote.

Recuerdo con especial afecto a una señora que era de Cangas, Maruja, «la Gallega», que me llamaba «paisano» y me hacía preguntas de todo tipo: si iba a llamar a la novia, cuánto llevábamos juntos (llegué a enseñarle fotos), cómo estaban mis padres, cuándo me iba de vacaciones a Galicia, etc. Era una mujer muy mayor, y desde el cariño lo digo, había que tener estómago para siquiera imaginársela desnuda. En mis tres años allí nunca la vi subir o bajar de un coche con un cliente.
—Bueno, no me fales más, que los clientes me ven falando contigo y por eso no paran. Me los espantas —, me decía a veces en un simpático ghastrapo. Llevaba mucho tiempo fuera de Cangas, pero intentaba hablarme en gallego. Yo me reía mucho con ella.
—Si estoy aquí, Maruja, esperando para llamar y eres tú la que se acerca a hablarme. 
—Ay, es que dame lástima que un rapaciño tan pequeno esté tan lejos de la terriña. —Me dejaba alucinado por la naturalidad con la que me contaba cosas de sus hijos y lo orgullosa que estaba porque uno de ellos había acabado la universidad. Me daba mucha pena, era verdaderamente entrañable.

La soledad del tuitero del lejano oriente, acentuada por las tardías costumbres hispano-españolas

Además de tener que telefonear a horas intempestivas, hacerlo suponía un desembolso económico importante. Llamar antes de las 10 era prohibitivo, pero hacerlo a partir de esa hora no era una ganga: unas 300 pesetas por cuarto de hora. Para tus padres, más o menos, era tiempo suficiente, aunque no siempre. Pero con tu novia ya me contarás… hombrecillos de quince años, esto sí que era una limitación y no los 140 caracteres en Twitter.

Dejabas muchas cosas sin contar. Hoy tu jefe te echa una bronca y a los 2 segundos estás enviando un whatsapp para contarle a tu amigo que estás «hasta los huevos del jefe». ¿Cuál es la única limitación que tengo en China para hacer esto si mi amigo está en Fornelos de Montes? ¿Los 13 000 km de distancia? No. El desfase horario: mi paño de lágrimas estará durmiendo cuando mi jefe me esté puteando y no podré tener comprensión de aquel debido las 7 horas de diferencia. Hace 20 años no, tu amigo, o tu padre o tu novia vivían al mismo tiempo que tú. Pero, con 300 pesetas para 15 minutos, seleccionabas las cosas buenas que ibas a contar, y si te daba tiempo decías las malas. El mundo parecía por esto un lugar mejor.

Con tu pareja no podías permitirte el lujo de discutir. Si acababas una conversación cabreado, tenías que llamar de nuevo y, aunque sólo necesitaras 2 minutos para reconciliarte, el coste de establecimiento de llamada era alto. Y esperar 24 horas para pedirle perdón salía también carísimo a nivel psicológico. Hoy no hay problema porque por muy alejados que estéis podéis poneros a parir, reconciliaros, casaros, divorciaros y volveros a casar, todo ello en el espacio de una hora, a través de las nuevas tecnologías. Puedes ir de farol colgando el móvil como si no quisieras saber nada de ella porque a los 5 minutos tienes la posibilidad de llamar pidiendo perdón. ¿Qué puede perjudicarte? El desfase horario. Que a ti te pille el órdago a media tarde y que tu pareja se haya ido a dormir o a hacer por despecho otras cosas a las que invita la noche.

¡Pero se podrá ser cándido! ¿Quién va a estar en pie y en plena posesión
de sus facultades a esas horas intempestivas en un día festivo?

Una amiga recibió hace poco la buena noticia de que le daban una plaza en Vietnam. Hizo una foto de la resolución con su nombramiento y al momento yo ya lo sabía. Ni tuvo que molestarse en escribirme. Yo tenía que esperar hasta las 10 de la noche para contarle a mis padres si había marcado 7 de los 9 goles de tu equipo (no era mi intención presumir, pero esto ocurrió en un partido de juveniles, y es bastante ilustrativo de cómo eran aquellos tiempos) o el disgusto que tenía por no haber jugado ni un minuto. Aprendías a contener las emociones.

La única ocasión en la que llamé a mi casa antes de las 10 de la noche un día de semana fue cuando me dijeron por primera vez que había sido convocado por la selección española juvenil y aún me duele mi derroche más que a los Rato y compañía el suyo con las tarjetas opacas. Fue a las 2 de la tarde; un directivo me entregó un fax con la convocatoria y, después de pensármelo 4 o 5 veces, decidí llamar porque concluí que si no lo hacía acabaría consumido por la impaciencia; y me gasté 200 pesetas para decirle a mi padre (que se asustó por recibir una llamada mía a esa hora) en menos de un minuto «Pa, voy convocado con la española sub-16, el partido es la semana que viene, en Francia. Por la noche te llamo y te cuento todo…» y recrearme unos segundos más escuchando su reacción de alegría, que seguramente supusieron unas 50 pesetas… de las 50 pesetas mejor gastadas en mi vida.
La soledad del «tuiteador» de fondo.

Me pasa una cosa así hoy, me convoca la selección española sub-40, y a la media hora ya he puesto veintiún tuits al respecto, actualizado el estado de Facebook dos veces, creado el grupo de whatsapp «voy a la selección» y llamado a tres personas por Skype (mirad el coñazo que os estoy dando con la mierda de la media maratón que corrí hace 2 semanas), siempre y cuando no las pille durmiendo, claro, o recién levantadas, porque puedes estar esperando la reacción más eufórica del mundo, acorde a la tuya, y que a las 8 de la mañana las expresiones de júbilo no sean tan naturales como la ocasión demanda y te sientas decepcionado. Otra vez el desfase horario, y no la distancia, es el aspirante a chafar el momento.

Y luego están las fotos. Pasaba meses sin ver a mi novia más que por la fotografía que me mandaba en una carta. La que llevabas en la cartera era de hacía 3 años porque no había otra. Eras casi mayor de edad y podías tener la imagen de tu novia haciendo la comunión. Y tenías que dar muchas explicaciones cuando la enseñabas a tus amigos. En la actualidad si uno de los cónyuges está fuera dos días, siempre y cuando no seamos infantas o esposas en general de corruptos, nos enteramos de casi todo lo que hacemos el uno y el otro. Aparte de las instantáneas que pones tú, motu proprio, están las que subirán tus amigos a cuanta red social existe. Puede que llegues a ver más a tu mujer ahora que no está (anda, mírala qué bien se lo pasa en la cena de antiguos compañeros, y qué abracito más tierno le da el payasete ese para la foto), porque tienes más tiempo para internet, que cuando se encuentra por casa. En mi época barcelonesa pude estar medio año sin ver a mis abuelos y, sin embargo, ahora asisto día a día al crecimiento de vuestros hijos, desde la primera ecografía, y le tengo cariño a todas vuestras mascotas porque las conozco desde que nacieron, cuando parecían unos tiernos peluches, y he seguido diariamente su evolución hasta verlas convertidas en las fieras que son.
Como decíamos ayer...

La distancia ya no es lejanía. Pero vivir a horas tan diferentes sí. Por eso estoy deseando que llegue marzo y teneros a los que estáis a 13 000 Km de aquí una hora más cerca. Desde el sábado pasado os echo de menos 60 minutos más. Y también echo de menos a Maruja. ¿Qué habrá sido de ella?

Así es... o no...

Comentarios

  1. Dicen que la distancia es el olvido, pero no, ya no. Hoy en día, aunque estén a 13 000 kilómetros, dos no se olvidan si uno no quiere... o no tiene internet.
    Iniciamos relaciones a distancia con gente con la que no lo haríamos si viviesen en nuestra misma ciudad. Congeniamos en redes sociales con personas a las que no conocemos físicamente, con las que no hemos hablado nunca cara a cara aun viviendo a escasos cinco minutos, a pesar de pasear por las mismas calles y acudir los domingos a la misma grada del estadio de fútbol.
    La realidad virtual se convierte en virtualidad real.
    El mundo es un espacio global. Ya no hay que coordinar dónde quedamos, sino cuándo lo hacemos.

    Para mí es cita obligada, esté donde esté, acudir a este blog cada mañana de domingo para disfrutar leyéndote.

    Por cierto, recuerdo que hace muchos años un amigo me contó que su primera experiencia sexual la tuvo con una chica de Cangas llamada Maruja, bastante mayor que él. Ella se enamoró hasta las trancas debido, según él, a las enormes aptitudes y capacidades amatorias de mi amigo. La diferencia de edad hacía aquel amor imposible y ella, para no sufrir más, se marchó a trabajar a Barcelona.
    Calculo que debió ser por el 93, cuando tú estabas también allá.
    Quizá por eso Josiño no tuvo ocasión de contártelo.

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  2. Realmente el concepto de distancia se mide más en el tiempo que en el espacio. Hoy tenemos a muestra disposición herramientas que nos hacen sentir más cerca de todo aquello que la distancia geográfica nos hace sentir lejos. Leo tu relato y me acuerdo de mi tiempo de servicio militar a "sólo" 600 km de casa, seis cabinas telefónicas para 5.000 quintos. Las cartas tardaban diez días en llegar. Afortunadamente hoy en día la tecnología nos acerca un poquito más en el tiempo aunque nos separe una gran distancia.
    Extraordinario relato, y con una frase que me gustó por encima de todo: "...de las 50 pesetas mejor gastadas en mi vida", un peaje barato para tan emotivo momento.

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  3. Por impulso de la juventud en el año 83, un viaje que a priori era para estar 1 mes de vacaciones, se convirtió en mi residencia durante año y medio, a más de 6.500 km de distancia. Jamás me arrepentiré de aquella espectacular experiencia, con 23 años y como premio a algo que ahora no viene a cuento, mis padres me regalaron 1 mes de vacaciones en Caracas, allí vivían mis padrinos y os puedo garantizar que por aquellos años, Venezuela era un auténtico paraíso. Tal era el paraíso que me quedé a vivir durante año y medio, y porque me fué a buscar mi padre, sino, no vuelvo, pero eso es una larga y bonita historia... Tal vez en otra ocasión.
    Esa experiencia mía, me hace estar totalmente de acuerdo contigo, mira que lo gallegos somos morriñosos, pero también tenemos una capacidad de adaptación increíble. Por supuesto que no disponíamos de internet ni móviles, tan sólo el teléfono de toda la vida, y como no, las cartas, escribíamos y mucho, al menos con mis amistades, así lo hicimos durante esos 18 meses que duró mi maravillosa aventura. Y las amistades no se enfriaron a pesar de la distancia. Por supuesto con la familia tocaba usar el teléfono, pero padres y hermanos se apiedaron de mí, y siempre llamaban ellos, para que yo no gastara ni un bolívar.
    Estar lejos en ocasiones es duro (la morriña, puede mucho), pero siempre he pensado, que la mejor universidad es la vida. Efectivamente y sobre todo al principio, el cambio de hora, nos traía por la calle de la amargura, había que acoplar mi horario de trabajo, con el de mi familia, pero una vez que conseguimos adaptarnos todos, fué sobre ruedas. Magnífico artículo, que ha despertado un montón de recuerdos maravillosos, dentro de mí. Graciñas.

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  4. Gracias a todos los que comentáis y especialmente a los que estáis siempre ahí, no sólo leyendo sino aportando vuestras percepciones personales en relación con el texto. Son unas aportaciones muy enriquecedoras y es gratificante ver cómo podemos tener tantas cosas en común.

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  5. No te preocupes que los que trabajamos toda la noche vivimos esas cosas contigo y son los que están en España los que tienen que esperar por nosotros las 8 horas que dormimos de día :D

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    1. En eso de los turnos de trabajo, sí que no habíamos reparado, Víctor... tal vez merezca su propia entrada. Muchas gracias a todos por los comentarios, por la fidelidad y por vuestro tiempo.

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