Terrores infantiles



«Además de verdad», una sección por David Araújo Bermejo

Con el título de este artículo no me estoy refiriendo a aquellos terrores irracionales propios de las mentes pueriles, al miedo a cosas que sabíamos que no podían ocurrir y a las que aun así temíamos durante nuestra tierna infancia.

No, de lo que yo quiero hablar es de hechos que se trataban como normales, como sucesos a los que tarde o temprano tendríamos que acabar enfrentándonos. El cine, como en casi todo, tenía la culpa, pero nuestro entorno no ayudaba mucho a la hora de enfocar el tema. Voy al grano con algunos ejemplos para que me entendáis mejor.

Las arenas movedizas: Miente quien diga que no vivía acojonado ante la posibilidad de encontrarse súbitamente atrapado en arenas movedizas. Una vez al día veíais una película, al menos, con una escena de alguien tragado por ellas. Nadie se salvaba nunca. Cuánta inquietud pasábamos cuando había que atravesar esos campos embarrados de la Galicia invernal y nuestra imaginación volaba cada vez que las botas se te quedaban pegadas al lodo. Pero en vez de esto, los mayores tenían ocurrencias tales como que entre la playa de Cesantes y la Isla de San Simón había arenas movedizas, y a continuación te explicaban el protocolo de actuación en el caso de que te quedaras atrapado alguna vez en ellas. Lo mejor es no pelear por salir de allí, que eso hacía que las arenas se removiesen más, decían.


Vamos a ver, adultos que teníais niños cerca: ¿por qué nos asustabais con cosas que nunca iban a ocurrir? Porque a África o al Amazonas no os ibais a ir de la noche a la mañana, ¿no? Pues llegado el caso, si os diera por ir a explorar la selva o un desierto y decidierais hacerlo además en compañía de un niño de 6 o 7 años, a lo mejor sí, a lo mejor procedería instruirlo. Pero hasta que vislumbraseis esa posibilidad nos hubierais ahorrado muchas noches de insomnio con una respuesta categórica tipo «las arenas movedizas no existen».

Los sonámbulos: Nadie conoce a un sonámbulo, al menos como nos los representaban en películas y en los tebeos: personas que salían de cama con los brazos extendidos y capaces en una noche de arreglar la cisterna, matar a una anciana y robar un banco. Sí, todos tenemos ese amigo que habla de noche y que como mucho se pone de pie en la cama y grita gol. Pero nadie ha visto jamás nada parecido a aquellos autómatas que por su proliferación en historias varias asumíamos con total naturalidad que estaban entre nosotros. Es más, ¿cuántas veces os habréis preguntado si erais un sonámbulo y ese crimen sin resolver del que tanto se hablaba en los telediarios lo habíais cometido vosotros sin daros cuenta? De nuevo, los adultos, haciendo el flaco favor de entrar al trapo con el tema: «no se les puede despertar, se pueden morir de la impresión». Esto te planteaba un dilema existencial: qué hacer en caso de levantarte a beber, encontrar a tu padre saliendo por la puerta con los brazos extendidos, en pijama, un 7 de febrero en Vigo, a las 2 de la mañana, con 4 grados fuera y cayendo chuzos de punta, en un edificio cuya entrada da a una carretera con tráfico a todas horas y con el Calvario, bastión de reconocidos yonquis, a 400 metros. ¿No lo despierto por si le da un ataque al corazón?


Hay que hacer un paréntesis para decir que los niños tampoco nos ayudábamos entre nosotros. Siempre había alguno, compañero de clase o vecino del barrio (le llamaremos el Josiño, por ejemplo) que conocía de primera mano a alguien sonámbulo, tenía un tío que había conseguido salir de las arenas movedizas de San Simón o te vendía que su herida en un dedo era producto de una mordedura de una planta carnívora.

Y helo ahí, otro terror infantil: las plantas carnívoras. Se devoraban a gente, de un bocado. Por favor, que yo llegué a pensar en estudiar botánica solo para diferenciar las plantas que eran carnívoras de las que no. Porque le preguntabas al adulto de turno, «mamá, o tío, o abuela, ¿y cómo se distingue una que es carnívora de la que no lo es?» y el adulto no te decía que en A Madroa o en Castrelos no había cosas de esas y que en lo que había que fijarse era en las raíces para no tropezar; la supuestamente persona madura de esa conversación ponía cara de pensar y te acaba diciendo «pff, pues no es fácil distinguirlas, no».

Caerse dentro de un coche al agua: Sí, esto puede pasar; pasa, de hecho. Pero no tanto como nos hacían ver. Todo crío pensaba que una vez en su vida iba a tener que hacer el ritual de esperar a que el agua llegara casi a inundar el interior del Ford Fiesta y entonces golpear la puerta para salir. Ahí tu padre se venía arriba con esa explicación de por qué no había que intentar abrir la puerta nada más empezar a hundirte. «Tranquilidad, que hay que guardar oxígeno y fuerzas, esperar a que el agua te llegue a la nariz y entonces sí, cuando la presión se iguala, hostia a la puerta y ya sales». Vale, pa, pero una cosa: tengo 6 años y me mantengo flotando a duras penas con la técnica del perrito, así que aun saliendo del coche tampoco me voy a quedar muy tranquilo. Convénceme de que estas cosas no pasan, es más práctico.

Al padre del Josiño le había pasado esto, lo de caerse con el coche al mar, por supuesto. Se precipitó desde el puente de Rande, y no sólo había conseguido salir sin problemas del vehículo, sino que aprovechó su regreso a la superficie para coger algunas cosas del Galeón, entre ellas un reloj de oro que luce ahora en el comedor.
—¿Tú estás seguro de que los galeones traían relojes, Josiño? Además, eso tuvo que salir en prensa, no me jodas, Josiño, ¿dónde está el recorte del Faro? —le decías tú entonces. Y él te contestaba que sí, que lo tenía, que lo iba a buscar y te iba a dar con él en los morros.

El torniquete: Por lo menos yo vivía atormentado por si no tenía el valor de hacerme un torniquete cuando llegase el inevitable momento de sufrir la amputación de uno de mis miembros. No habías aprendido aún la tabla del 2 pero ya sabías toda la teoría del torniquete. Un adulto te lo había enseñado, claro. Y para que esa sabiduría no cayera en saco roto practicabas a la mínima ocasión. Cuando sangrabas porque te habías cortado con un folio ahí estabas tú apretando el índice con un pañuelo hasta que se pusiera morado y colocándote un palo en la boca para soportar el dolor (porque aguardiente a esa edad, como anestesia, no te ibas a tomar).

El experto en torniquetes, cómo no, era el Josiño, que había salvado a su madre cuando esta, haciéndole un bocata de Nocilla, se cortó el meñique y le quedó colgando, y él con el alambre del pan Bimbo, porque era lo único que tenía a mano, evitó un desangramiento evidente.
—¿Dónde está el recorte del Faro de Vigo, Josiño? «Niño de 6 años salva a su madre de morir desangrada», eso tiene que venir en la sección de sucesos.
—En el Atlántico Diario salió, te lo busco y un día de estos te lo traigo —te decía él.

Salvar a alguien que se está ahogando: Más miedo daba esto que ser tú el que se ahogaba. Ni Laudrup dando un pase mirando para el otro lado tenía tanta clase como cualquier actor rescatando a una persona que estaba a punto de morir ahogada. Siempre me puso nervioso este tema, pero mi trauma definitivo llegó cuando un profesor (vete tú a saber a cuento de qué vino esta conversación) nos explicó que era muy difícil conseguir que la persona que había que rescatar se tranquilizase (y esto, que se relajase, era requisito imprescindible para poder «remolcarlo» hasta la orilla), así que lo mejor era darle un golpe certero y dejarlo inconsciente. ¡Adiós! Eso de dejar inconsciente a alguien con un solo golpe era muy propio de las pelis y los cómics también, pero, con nada más que tus manos y en una superficie tan poco estable para coordinar tus movimientos como es el mar, con olas y los dedos entumecidos por la temperatura del agua, yo no lo veía claro. Como mucho, conseguiría meterle un dedo en el ojo, y eso no relaja.


A este respecto, el Josiño nos contaba cómo su padre conoció a su madre salvándola de morir ahogada y ese mismo día, tras hacerle la respiración boca a boca, le pidió matrimonio, a lo que ella no se pudo negar.
—Qué dices, Josiño, si mi madre me dijo que tus padres se tuvieron que casar porque ya estaban embarazados de ti.
—Bueno —te decía entonces el Josiño— es que vete tú a saber qué hizo mi padre para que mi madre se relajara, no le iba a dar un golpe, como dice el profe, no? —Y ahí sí, ahí yo le daba la razón al Josiño.

Morir de sed tras dos días sin beber: Aquí, más que pánico, había sorpresa y desconcierto. Es un shock saber que te mueres antes de sed que de hambre, cuando los adultos cada vez que te negabas a comer las lentejas te hacían ver que ibas a coger una enfermedad mortal incurable. Pero lo que más me maravillaba era esa unanimidad en la medida estándar para la ausencia de líquidos: «dos días», los 4 000 millones de adultos que habría en el planeta (más el Josiño, que lo corroboraba, porque él había visto la luz al final del túnel tras 47 horas y 59 minutos encerrado en un ascensor, momento en el cual se abrió la puerta y su madre le dio rápidamente una Mirinda de limón) decían sin titubear dos días, ni más ni menos. Sin embargo la previsión con los sólidos ya se parecía más a una convocatoria de la selección española: cada uno tenía la suya. 6 días, 3 semanas, 1 mes, etc. En todo caso, por lo menos en Galicia es mucho más fácil morir de empacho o por gula, como el de Seven, que por ausencia de comida o bebida. Te tienes que perder bien perdido o encerrarte bien encerrado para que en 3 horas no te encuentre una señora mayor que te ofrezca, por no decir imponga, un bocadillo de chorizo con un vaso de zumo.
—Filliño, que cara de fame traes, toma, come que vou chamar a teus pais, pero ti come, meu rei.

Seguramente en la actualidad los críos ya no teman esas cosas tan nuestras. Los terrores infantiles contemporáneos serán las enfermedades producidas por la leche, la radiactividad de las verduras, la contaminación del aire, un mal grito de un profesor que les causará un trauma y los convertirá en delincuentes o una bofetada de un padre que puede abocarles al suicidio y el pavor a la falta de atención que les puede convertir en hiperactivos y condicionar su existencia.

Casi prefiero nuestros miedos, la verdad, porque algunos eran más realistas. Lo comentaba el otro día con el Josiño, al que a veces me encuentro por el barrio, y aproveché para decirle que había buscado en Google «mujer salva vida torniquete hecho por su hijo con alambre de pan bimbo» y que no apareció nada ocurrido en Galicia.
—Un día quedamos para tomar un café y te enseño el recorte del Faro.

Y ahí me di cuenta de que el Josiño mentía, porque cuando éramos pequeños me había dicho que la noticia del torniquete salía en el Atlántico, no en el Faro.

Así es... o no...

Comentarios

  1. Yo aún veo debajo de la cama al acostarme para poder dormir con los pies destapados y que ningún monstruo me arrastre de ellos para secuestrarme.

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  2. Entre los miedos Infantiles hay algunos que se prolongan hasta la madurez, son los que nos llevarían de caberza al infierno, según nos decían, y no era cosa de dudarlo si cada imagen religiosa está rodeada de elementos de tortura, coronas de espinas flechas atravesando corazones, serpientes reptando, y hasta un hombre clavado en una cruz, para mí todo un horror









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  4. Hoy me va a ser imposible escribir un comentario decente; seguramente no pueda parar de reír hasta pasada la hora de comer.
    Lo que más me asombra de este divertidísimo relato es que si tenemos en cuenta que tú y yo no nos hemos visto nunca, si reparamos en que existe una ligeríííísima diferencia de edad entre nosotros, que somos de distinto barrio y hemos estudiado en colegios diferentes, lo que de verdad me parece increíble, y da fe de lo pequeño que es el mundo, es que ambos conozcamos de toda la vida al Josiño y nos hayamos creído sus historias durante años.

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  5. Excelente relato. Hay que reír por no llorar, que manera de atemorizar a los niños. Yo recuerdo la famosa frase de "no te tragues el chicle porque se te quedará pegado a las tripas y te morirás", mimá no veas lo que mal que lo he pasado en alguna ocasión en que casi me lo trago, ya me veía retorciéndome de dolor tirado en el suelo y sin Josiño cerca.
    Pero mi mayor temor era olvidarme de cambiarme los calzoncillos. Según la señora Margot, mi mamá, si te atropellaba un coche y no te habías cambiado los calzoncillos los médicos te dejarían morir entre terribles sufrimientos... ¿como te iban a poner las manos encima teniendo el calzoncillo cagao?
    En fin, eran otros tiempos. Yo a mis hijos le hablaba de cosas más reales, el tipo que se tragó la escoba y no se podía poner derecho, el que estuvo tanto tiempo metido en la bañera que se arrugó como una pasa y lo tenían de reclamo en el escaparate de los ultramarinos, ¡coño cosas creíbles! Ahora los miedos son otros, que se queden ciegos por tanta play station o que salga un virus del pc y te infecte.
    Menos mal que siempre nos quedará Josiño.

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  6. ¡Qué buen rato acabo de pasar con esta historia, y con los comentarios! Yo también recuerdo haber mirado como Nuria debajo de la cama; eso sí, no buscando monstruos sino para comprobar que no se escondía allí alguno de los lobos que aterrorizaban a Vicky el Vikingo en uno de los episodios: oscuros, ojos inyectados de sangre, lengua roja... Sí, el cine y la tele nos la jugaron bien. Pero mis mayores terrores, de los que aún no he conseguido liberarme del todo, vienen del más allá, del otro mundo. Historias de cementerios, de fantasmas, de supuestos muertos que no lo estaban del todo, espíritus errantes, Santas Compañas... Historias cercanas en el espacio y el tiempo, protagonizadas a veces por conocidos de conocidos (varios de ellos parientes de Josiño, claro), y contadas, para rematar la jugada, en noches de invierno en las que se iba la luz en el pueblo y nos reuníamos en la cocina buscando una forma de pasar el rato.

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  7. Grandiosos comentarios. Muchas gracias a todos por leerme y por aportar vuestros terrores infantiles particulares.

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  8. Gracias a ti David por deleitarnos con estos relatos,no nos faltes cada domingo.

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  9. Buenísimo y súper divertido! Vaya, compruebo que no soy la única, más o menos hasta los 25 años, yo también miraba debajo de la cama, y si llegaba a casa y no había nadie, incluso detrás de las puertas, aunque aún hoy no sé muy bien el porqué lo hacía, ya que nunca me asustaron con nada parecido, lo que me hace pensar que alguna película de miedo, debí de ver cuando era pequeña. Con lo único que me metieron miedo de verdad era, el daño terrible que me podía hacer un chicle si me lo tragaba. Creo que jamás me he tragado uno. Enhorabuena, aún sigo sonriendo... y gracias una vez más

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