Me rindo


Me rindo. Me rindo porque estoy cansado, desencantado, porque estoy harto. Me rindo porque estoy yo solo y ya no tiene sentido encastillarse como el último guardián de la norma. Me rindo porque esto es ir contracorriente. Hay que saber adaptarse a los usos y a los tiempos, y estos que me han tocado son los del todo vale, los del nada importa, los del desprecio, el menoscabo y la burla a la rectitud y de la glorificación de la ignorancia, la necedad y la mediocridad. Me rindo porque no puedo seguir perjudicándome, agrediéndome mentalmente, porque no puedo seguir haciéndole daño a este corazón, que el día menos pensado somatizará de manera aguda, traumática y tal vez irreversible estas embestidas inmisericordes de adrenalina que yo mismo le propino.

No deja de ser curioso y paradójico que en una época como esta, en la que absolutamente todo se regula, en la que nada, ni siquiera la última minucia, parece escapar a un control cuadriculado y encorsetador, sea precisamente cuando menos valor y observancia tenga cualquier norma. No deja de incomodar también, que aún haya que oír reproches perdonavidas del estilo de no se puede ser tan reglamentista o no nos vamos a empeñar con estas cosas, que la flexibilidad parezca viajar siempre en un único sentido cuando debería ser un camino de ida y vuelta...


Me voy a relajar, me voy a soltar, a dejarme llevar por la corriente, flotando ingrávido, y a partir de ahora veré los toros desde la barrera. Voy a ser espectador y me lo voy a tomar todo como lo que es: una mala tragicomedia, una pantomima en la que participamos todos —unos más que otros, porque, aparte de que tiene que haber personajes principales, secundarios y figurantes, tenemos que reconocer la existencia de verdaderos talentos del escapismo— y un conjunto de mentiras que fingimos creer, una serie de reglas que aparentamos seguir al pie de la letra. Me lo voy a tomar también con espíritu de método científico, como un notario, sí, y en lugar de ser el escenario del sufrimiento, pasará a ser mi trabajo de campo, mi laboratorio hedonista de estudio: observaré, tomaré notas, me reiré y luego las iré escribiendo por aquí y por allá.

Qué torpe y qué lerdo soy: me ha costado toda una vida, malgastada, darme cuenta. Me rindo.

Así es... o no...



Comentarios

  1. No lo hagas, no te rindas.¿Quién me va a corregir ahora? (Don Francisco, usted no cuenta). Hoy ya te he dicho una vez que eres pluscuamperfecto, pero lo repetiré si es necesario. GRACIAS por enseñarme tanto

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  2. Cuántas veces he pronunciado y no precisamente en voz alta "me rindo". He intentado una y otra vez ejecutar esa acción, y tal vez con un tema determinado y durante un pequeño escaso de tiempo, lo he conseguido. Pero tiempo después otro tema, otra vivencia distinta, me volvería a comer por dentro. Ojalá, algún día, pueda gritar a los cuatro vientos "me rindo" y cumplirlo.
    Ahora en la tranquilidad de la noche, me has vuelto a sorprender gratamente, con un artículo que no me esperaba. Gracias maestro, por estar siempre ahí. Un auténtico lujo poder disfrutar de tus artículos.

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  4. Estoy con Miriam. En este caso, el "así es... o no..." está más que justificado, porque dudo mucho, mucho que puedas rendirte, o, por lo menos, que lo hagas del todo. Como no podemos hacerlo muchos otros.
    Las normas que se han impuesto por un motivo, que están justificadas, están ahí para ser respetadas por todos, y probablemente aprender eso es una de las lecciones más duras de la vida. No todas casan con nuestras tendencias o nuestra percepción de cómo nos gustaría que fuese el mundo. Eso sí, debe existir el derecho de intentar cambiarlas cuando la situación lo permita, pero no a base de incumplirlas, porque será el camino para que nadie respete las que luego nosotros defendamos.
    Yo también siento a menudo que caminamos hacia el todo vale, hacia lo mediocre; entre otros motivos, porque generalmente es más fácil, te hace más popular y te evita ser encerrado en casillas que a casi nadie le gustan el defender la disciplina, las reglas, la exigencia. Esto sucede en cualquier ámbito: lugares de trabajo, relaciones sociales, colegios, política... Reina la demagogia e incluso se tacha de dictador, controlador y “fascista” al que pretende simplemente que se sigan las reglas del juego. Yo misma trabajo en un centro escolar donde no se puede cerrar la puerta de acceso a la calle porque el centro “no es una cárcel”. Sin embargo, los profesores han de asegurarse de que ningún menor sale solo y se arriesgan a cada momento a asumir responsabilidades si alguno se marcha y como resultado surge algún problema en horario escolar. Lo demagógico de un equipo directivo que se niega a imponer normas impopulares, frente al sentido práctico, la vida real y lo que padres esperan y alumnos necesitan. Pero, como en este ejemplo, no podemos rendirnos, porque de ello depende la vida de los que vienen detrás, a los que no queremos inseguros, ni mediocres, ni incapaces de imponerse disciplinas, normas o metas, sino responsables, autónomos, con recursos y seguros.

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  5. El problema es ese, que no se trata de poner normas y hacerlas cumplir, ni de poner un montonazo de normas que ocupen edificios enteros si se escriben en papel. Se trata de educar y concienciar desde la base. La política es un fiel reflejo de la realidad y en ella hay ladrones porque en la educación no quedó claro que robar está mal, independientemente de si tiene consecuencias o no. Hay que educar sobre la conciencia, no sobre las normas.

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    1. ¿Y quién tiene que educar, Víctor? Porque hoy en día muchos padres han desertado y creen que con la concepción ya han cumplido...

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