Se tiene que definir


«Además de verdad», una sección por David Araújo Bermejo

Cuando yo era crío escribía con las dos manos. No estoy diciendo que simplemente fuera capaz de hacerlo, sino que mi modus operandi delante de un folio consistía en escribir con la izquierda hasta que llegaba a la mitad de la línea y, a continuación, me cambiaba el boli o el lápiz de mano para acabarla con la derecha. Así, línea tras línea.

Hasta que llegó un psicólogo al colegio y nos hizo la típica prueba para comprobar si nos estábamos desarrollando con normalidad o acabaríamos siendo unos quinquis.

Al hombre, cuando vio mi manera de escribir, poco le debió faltar para llamar a científicos de Massachusetts, puesto que yo aparecía a sus ojos como un singular fenómeno digno de estudio. Tras echarse las manos a la cabeza me habló como si hubiera descubierto detrás de esa habilidad un indicio de criminalidad en el hogar, una familia desestructurada o una infancia robada por algún trauma prenatal.

—¿Por qué haces esto? —me preguntó mientras me escrutaba con la mirada, pendiente de cualquier otro pequeño detalle fisonómico que pudiera corroborar definitivamente que se encontraba ante un caso clínico.
—Porque así una mano va descansando —contesté, sintiéndome culpable porque pensaba que igual aquello era hacer trampa.

Total, que el psicólogo-grafólogo llamó a mis padres, los cuales padecían el atávico y común, por entonces, convencimiento de que era mejor escribir con la derecha que con la izquierda. Yo parecia ser zurdo, al menos predominantemente, pero ellos siempre me habían dicho, Daviciño, ¿por qué no utilizas la derecha, fillo, que es mejor? Y se concluyó que mi forma de escribir respondía al prurito de satisfacerles a ellos, por un lado, y al de no renunciar totalmente a mi comodidad, por otro, en un alarde de consenso ejemplar entre lo que a mí me convenía y lo que a ellos agradaba.

El perspicaz loquero, con gesto grave, instó a mis progenitores para que dejaran de presionarme con lo de escribir con la mano derecha, porque, según él, yo tendía a utilizar la izquierda y si seguía con esta bipolarización caligráfica podía poco menos que acabar tonto, cortocircuitando no sé qué transmisiones neuronales y a la larga tener secuelas.

—Se tiene que definir —les dijo.

Con esto lo que consiguió fue que mis padres, acojonados y con razón, empezaran a presionarme entonces para que escribiera sólo con la izquierda. En un acto reflejo yo seguía cambiando el bolígrafo de mano y entonces mis padres, o mis profesores, a los que también se había advertido de la peligrosidad de mis actos, me lo reprochaban:

—David, la derecha no, la izquierda.


Pues bien, yo aprovecho la oportunidad que se me da de escribir en este blog, hoy, 30 años después, para arremeter contra este enteradillo que encorsetó mi peculiar habilidad. El problema no era que mis padres me hubieran presionado: yo soy ambidiestro porque nací así, rarito, y cada vez que tengo que iniciarme en alguna práctica he de pararme a pensar cuál es mi mano o pierna hábil para llevarla a cabo. Que me explique por qué para mecanografiar, por ejemplo, utilizamos las dos manos y nadie se ha vuelto gilipollas por hacerlo así.

Arremeto, decía, contra este hombre y contra todos los que parecen buscar que nos posicionemos y que contemplemos la vida sin salirnos de esa ubicación. Arremeto contra aquellos que nos instan a abdicar de nuestras peculiariedades contribuyendo a que formemos parte de un conjunto metódicamente ordenado e irremediablemente uniforme.

—Se tiene que definir —dijo el tipo. Y hace poco me acordé de él, cuando leí a Óscar Wilde que definir es limitar.

Así es... o no...

Comentarios

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. El loquero en cuestión si que estaba perfectamente definido. XD
    De todas formas, no te quejes, te daban la opción de definirte, zurdo o diestro.
    Para los que somos mucho mayores no había opción, escribir con la izquierda era una aberración que había que corregir. Los "definian" a hostia limpia. Al que veían escribir con la izquierda le golpeaban los dedos con una regla hasta que le sangraban las uñas. No les quedaba más remedio que utilizar la mano derecha. La misma con la que nos obligaban a saludar antes y después del inicio de las clases. Había que mantener el "espiritu nacional".
    El caso es tenernos encorsetados.
    Enhorabuena por tu relato.

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  3. Tengo una hermana zurda a la que los "Reyes Magos" le traían cada año un utensilio específico para personas con su "rareza". Tijeras, cuchillos, sacacorchos, y ella, agradecida por estos detalles, optaba por guardarlos en un cajón y pedir que le descorchásemos el vino. Es, sin ninguna duda, las más lista de los tres hermanos. Ser zurdo es un don para otras personas, el padre de mi hijo se empeña insistentemente en que el niño chute con la izquierda, como si le fuese su futuro en ello. Pero si eres ambidiestro es la leche, porque puedes chutar con la izquierda mientras descorchas el vino con la derecha.

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  4. Cuando yo era niño, allá por los 70, en el colegio el primer ejemplo de la "Teoría de conjuntos" siempre se hacía con los subconjuntos de niños y niñas, zurdos y diestros. Ser zurdo se consideraba casi una enfermedad y se trataba de corregir desde el primer síntoma. También en "aquellos maravillosos años" el 99% de los colegios separaba por sexo, eso que ahora llaman "educación diferenciada". Creo que por ambos motivos nos era tan difícil comprender a Venn, Euler y compañía. ¡No teníamos niñas ni zurdos! Lo de saber cómo eran las niñas tenía fácil solución, al menos para los que estudiábamos en Salesianos: a menos de 200 metros teníamos "La Enseñanza", y un poco más allá "Cluny". Raro era no cruzarnos de camino a casa con algún individuo o grupo de dicha especie.
    Lo de los zurdos era un caso más grave. Salvo algún zurdo cerrado, incorregible, que dejaría el estigma en su familia para siempre y sería señalado como "rarito" toda su vida, el resto de los casos se "curaba". Hablan incluso de alguno que se casó y tuvo hijos.
    Cuenta la leyenda que unos diez años después, a mediados de los 80, un reputado psicólogo, publicó un libro titulado "Del mal, el menos" basado en el estudio de un niño del colegio Marcote de Vigo, en el cual demostraba que es mejor escribir sólo con una mano, aunque sea la equivocada, que ser ambidiestro, que eso, ¡eso ya es vicio! Dicho estudio cambió radicalmente y para siempre el trato hacia los zurdos. ¡Poco saben ellos lo que le deben a ese niño anónimo del colegio Marcote!
    Pero como dije antes, quizá sólo sea una leyenda.

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  5. Tengo un familiar que utiliza las dos manos, absolutamente para todo. Cuando era pequeño, escribía con la izquierda, y como muy bien habéis comentado, lo obligaban a hacerlo con la derecha. Pues bien él en el colegio, siguió haciéndolo con la derecha, pero en casa utilizaba la izquierda. No sé si fue por ésto pero el caso es que se ha convertido en ambidiestro y utiliza las dos manos absolutamente para todo. Se peina, abotona, come, etc... con cualquier mano, pero lo más curioso es que si le dictas un texto, es capaz de escribir al mismo tiempo con las dos manos y la letra es la misma en ambos casos. Dicen que ser ambidiestro dificulta el aprendizaje, sin embargo os puedo asegurar que éste no es el caso. Todos consideramos que su inteligencia está un pelín por encima de todos nosotros, tiene una facilidad asombrosa para aprender y desarrollar cualquier actividad y eso sí, siempre con ambas manos por junto o por separado. Gracias un domingo más, magnífico artículo.

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  6. Gran artículo, David. A mí me pasa con el ratón del ordenador, lo tengo a la izquierda del teclado. La gente me pregunta si soy zurda; la verdad es que no. Lo mismo me pasa con el reloj, que lo llevo en la muñeca izquierda. Simplemente me gusta más así. Pero hay tanta gente encorsetada que no ve más allá de lo tradicional que es imposible explicarle que todo es, al final, el gusto de cada persona. Imponerle este tipo de cosas a la gente es perjudicial para la salud. Un abrazo, Maureen.

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