El silencio más cruel


1967. A la derecha de Barenboim, rodeada por la London Philharmonic, se sienta una joven de tan sólo 22 años. El pelo parcialmente recogido, la frente despejada, el rostro limpio, una mirada inocente y franca y un sencillo vestido rojizo que armoniza con el tono del Stradivarius que sostiene entre sus rodillas. Con aire serio, concentrada, ataca las primeras notas con energía, pero sin un atisbo de tensión. En algunos momentos frunce ligeramente los labios y dirige la mirada a su mano izquierda, que se mueve con agilidad y suavidad sobre el mástil, en otros levanta la vista al cielo, o hacia los compañeros de la orquesta, o hacia un ángel invisible sobre su hombro. Al poco, se encoge sobre sí misma como si quisiese proteger al instrumento y guardar todo el sonido en su regazo, levanta la barbilla de modo casi orgulloso acompañando a una de las notas, o cierra los ojos como recibiendo una bendición ante la simple perfección de un momento. Dirige entonces una mirada serena y humilde al director, como pidiendo aprobación. La melodía avanza y, por fin, asoma una leve sonrisa, la señal de que la armonía entre todos los elementos es perfecta y, sí, todo su cuerpo, hombros, pelo, cabeza, rodillas… se balancean ampliamente, como queriendo acunar al chelo, arrastrada por su propio ritmo, ya dentro de un mundo interior del que la música fluye como un río crecido sin esfuerzo y sin vuelta atrás. Y los que escuchamos y vemos sabemos que somos testigos de un extraño fenómeno, raro, quizás irrepetible, en el que persona e instrumento son uno y cada uno saca lo mejor del otro, y disfrutamos de ambas cosas a un tiempo. Demasiado corto, siempre demasiado corto.

Quince años después. Otra tarde lluviosa esperando que algún amigo venga a ayudarle a pasar el tiempo. Nupen había prometido visitarla. Quizás, si la lluvia se tomase un descanso, podrían dar un paseo por el parque, quizás leería un rato para ella, ahora que estaba descubriendo el poder de las palabras… Recorrió una vez más la habitación con sus ojos azules, nerviosos, aún intensos, y, como de costumbre, cayeron sobre la repisa en la que se agrupaban decenas de fotografías. Y comenzó, un día más, el recorrido...

Sentada en el jardín, sobre una silla de madera, una niña de no más de 6 años sostiene entre sus rodillas un violonchelo visiblemente más grande de lo que habría necesitado, y parece iniciar el movimiento descendente del arco concentrada en su mano derecha, la cabeza baja, esperando el sonido. ¡Cuántos ruegos a su madre para conseguir por fin ese instrumento! Recordaba perfectamente la tarde en la que oyó por primera vez en la radio la voz de un chelo, su profundidad, su intensidad… y supo definitivamente que aquel iba a ser el sonido de su vida, su conexión con el mundo, su canal de comunicación. Adoraba aquel chelo enorme, las preciosas melodías que su madre escribía cada noche en las que partitura y dibujo se entrelazaban, y el entusiasmo con el que saltaba de la cama cada mañana para descubrirlas y darles voz. Cómo se había enfadado, su orgullo herido, cuando un par de años después en la London Violoncello School le habían arrebatado ese primer chelo para colocarle en las manos uno más pequeño.

¿Dónde estaba aquella otra foto? Alguien la había movido… Sí, ahí estaba ella junto a otro de los chelos de su vida: el Stradivarius que Ismena —en un clarísimo gesto de admiracion y confianza en sus cualidades— le había regalado a los 21 años. Arqueando la espalda, los ojos muy abiertos, elevando una mirada perdida al techo, se diría que el chelo y ella se confundían y avanzaban juntos hacia un éxtasis que parecía encontrarse siempre en la siguiente nota. A su lado, alejada de la típica imagen del intérprete clásico encorsetado y reconcentrado, otra foto había captado el momento en el que, en medio de un concierto, había estallado en una carcajada tan natural, tan sentida, tan irreprimible, tan salida de esa felicidad irrefrenable que la unía al sonido, que se diría que estar tocando era algo carente por completo de esfuerzo, una fuente de alegría que una vez más la había llevado al lugar exacto al que quería llegar. En su interior se sabía dueña de una intuición que le dictaba sin dejar en ella ninguna duda el modo perfecto de enfocar cada nota, cada pasaje, cada obra. Con una sonrisa pícara recordó aquel ensayo en el que obedientemente acató las órdenes de un director que le pedía más comedimiento en un glissando, para él excesivo; supo ya en ese momento que el día de la verdad olvidaría la instrucción y se dejaría llevar por esa intuición infalible… Y así fue: ¡qué tremendo glissando!, ¡qué momento magnífico!

El Davidov… No, no siempre lo había tratado con el mimo que merecía ese anciano de casi 250 años. Hubo momentos de desgana, de rebeldía ante una vorágine de viajes, conciertos y acontecimientos sociales en los que ella parecía no haber tenido ningún poder de decisión; momentos en los que preferiría haber vivido una existencia normal, rutinaria, lejos de los compromisos, los focos y la atención. En ocasiones, además, aquel antiguo chelo, parecía no responder a sus expectativas y se volvía cambiante, impredecible en sus manos, o no canalizaba toda la fuerza que ella quería imprimirle. Pero nadie podría acusarla tampoco de no haberlo llevado al límite de sus posibilidades y arrancado de él los sonidos más plenos que era capaz de ofrecer. Él le había respondido acompañándola en los momentos más felices: aquellas clases con Pleeth, su queridísimo maestro, las primeras giras y grabaciones, los viajes con Daniel… y desplegando todo su potencial en aquella grabación del concierto de Elgar aclamada por todos como insuperable. La caída accidental de su arco, aquel momento en que su mano se había convertido sin previo aviso en una sección insensible y casi ajena de su cuerpo, había sido también el primer signo del declive, el anuncio del rápido descenso por la pendiente, casi tan rápido como el ascenso, en el que se convirtió su vida.  

Fieles compañeros… Quizás no exista tal cosa. Una joven extremadamente delgada sostenía una flauta con sus manos largas y huesudas. Hilary, su hermana, su confidente… Cuánto tiempo sin verla… No, no se atrevía a culparla tampoco, después de la última conversación. Detrás, aquella otra instantánea: ella sentada al piano, Daniel a su lado, como siempre tenso ante la cámara, pero atento al movimiento de las manos de ella sobre el teclado; admirado, sorprendido, ¿envidioso? Quizás preguntándose de dónde salía ese genio, cuál era el misterio por el que la música fluía de aquella chica llena de energía a través de cualquier instrumento. Él… Danny… Cuánto lo había querido, cuánto había disfrutado de su compañía, de sus viajes y trabajos juntos, dejándose llevar… Él decía que ella había venido al mundo no para hablar, sino para tocar, y ahora que ya no podía tocar… Y así se habían conocido y puede que tal vez ya enamorado en aquella fiesta: un breve intercambio de palabras seguido de una larga conversación a través de las notas de un concierto de Brahms… Un nudo en la garganta…


La pareja de oro... y ahora tan lejos en todos los sentidos. Sólo hacía unos días la había llamado para interesarse por los detalles prácticos de su existencia —sí, se hacía cargo de cada factura, de cada problema, de que estuviese atendida noche y día— y se había disculpado por no poder ir a verla. Sospechaba… no, en realidad sabía, que no estaba solo, que la había reemplazado por alguien joven, sano y lleno de vida que no lo limitase. La oferta para trabajar en París le había llegado justo en el momento en el que ella más lo necesitaba, pero él era joven, fuerte, famoso, su estrella estaba en alza… ¿Quién era ella para pedirle nada, para cortar sus alas? Sí, había hecho bien aceptándolo. Aún así, no había podido evitar una punzada de congoja cuando en medio de la conversación le pareció oír de fondo los balbuceos de un niño. ¿Su hijo, quizás? Ya era un secreto a voces su vida en París. Para apartar esa idea de su cabeza buscó con la mirada una de sus fotos favoritas.

1969. El último ensayo de «La Trucha». Cinco amigos, cinco almas afines, cinco compañeros de juegos. El que hubiese visto ese último ensayo, nunca diría que en unos minutos iban a subir al escenario y hacer una nueva interpretación magistral e inolvidable del quinteto de Schubert. Daniel, Itzhak, Pinchas, Zubin y ella, Smiley, como la llamaban (ay, esa sonrisa radiante, esa cara resplandeciente que aún veía en la mayoría de sus fotos… Cada día le resultaba más difícil recuperarla...) Habían apurado esos últimos momentos previos al concierto tocando, riendo, jugando, intercambiándose los instrumentos, bromeando con la despreocupación de los viejos amigos que se reúnen para compartir un vino y pasar una tranquila tarde de verano. Ahora sí, la sonrisa blanca de su juventud afloró en su cara al recordar aquel cómico beso... Sólo en el gesto de Daniel se reflejaba una tensión mal disimulada, la rigidez, los nervios previos al salto al escenario... La voz de la sensatez, el maestro contenido en medio de la algarabía del patio. ¿Era él el único profesional y responsable? Se inclinaba a pensar que ese concierto no era para él, como sí lo era para los demás, una prolongación natural de su vida, y el escenario no era como para los demás el entorno natural en el que se sentían libres. Y con esa libertad habían tocado aquella tarde, habían conversado con sus instrumentos, habían adivinado generosamente las intenciones del otro en cada compás para que el resultado fuera un todo con una sincronización perfecta y, un derroche de entusiasmo y sentimiento.



---------- ooo O ooo ----------

Jacqueline du Pré fue una de las mejores violonchelistas de todos los tiempos. Nació en una familia acomodada en Oxford en 1945 y, según recogen casi todas sus biografías, se enamoró del sonido del instrumento al que dedicaría su vida al oírlo en la radio a los cuatro años; poco después su madre le regaló su primer chelo. De ella, concertista y profesora de piano, recibió también sus primeras lecciones: cada noche escribía para su hija pequeñas piezas acompañadas de ilustraciones que ella estudiaba durante el día. En seguida sus cualidades se hicieron evidentes y a los cinco años entró en la London Violoncello School. Su madre la definía como una niña con un talento innato, alegre y despreocupada como la mayoría, pero reflexiva, concentrada y madura como pocas cuando se sentaba ante una partitura. Desde muy pequeña participó, junto con su hermana Hilary (intérprete de flauta) en numerosos concursos para jóvenes talentos musicales, en los que siempre resultó ganadora. A los once años ganó el premio Guilhermina Suggia, premio que revalidó cada año hasta 1961 y que incluía la financiación de sus estudios en la Guildhall School of Music en Londres y clases particulares con el prestigioso violonchelista británico William Pleeth, que se convertiría en una de las personas más íntimamente ligadas a ella, quizás más que su familia.

Centrada en su carrera musical, abandonó los estudios generales en 1959 con sólo 14 años. Su marido, Daniel Barenboim, diría mucho tiempo después que había nacido para tocar, no para hablar; que no era una persona con una vida intelectual a la que aferrarse en los momentos en los que la música faltase. En ese mismo año comenzó a participar en conciertos de orquestas infantiles y juveniles y, sólo un año más tarde, ganó la Medalla de la Guildhall School of Music and Drama, participó en una clase magistral con Pau Casals en Suíza y se hizo con el Queen’s Prize para músicos menores de 30 años, que le fue otorgado con unanimidad de un jurado presidido por Yehudi Menuhin. A la clase magistral con Casals, siguieron estudios con otros dos grandes maestros, Paul Tortelier y Mstislav Rostropovich. Este quedó tan impresionado con su talento que se refirió a ella como «la única chelista de la nueva generación que podría igualar o superar sus propios logros».

De la mano de Pleeth realizó su debut a los 16 años en Londres y un año después tocó por primera vez el concierto para violonchelo de Elgar, que se convertiría en su pieza más representativa, junto a la Orquesta Sinfónica de la BBC. Tocará este concierto en múltiples ocasiones a las órdenes de distintos directores, pero ha pasado a la historia, sobre todo, la dirigida en 1965 ―cuando ella tenía sólo 20 años― por Sir John Barbirolli con la Orquesta Sinfónica de Londres. Desde su debut, giras y conciertos se sucedieron en un ascenso meteórico ―quizás demasiado, pues hubo momentos en los que pareció incapaz de asimilarlo e incluso pensó en dejar su carrera―, incluyendo actuaciones con las orquestas más prestigiosas (La Filarmónica de Berlín, la Sinfónica de Londres, la Filarmónica de Nueva York, la Filarmónica de Israel…) y con los directores más reconocidos (Adrian Boult, Barenboim, Zubin Mehta, Leonard Bernstein, etc.)



En 1966 conoció al pianista argentino-israelí Daniel Barenboim. Sólo seis meses más tarde canceló todos sus compromisos, se convirtió al judaísmo y contrajo matrimonio con él en Jerusalén. Juntos ofrecieron conciertos por todo el mundo. Hay quien sugiere que el éxito mediático del matrimonio pudo ser utilizado por Barenboim en su momento para atraer atención hacia la causa judía (la boda tuvo lugar poco después de la Guerra de los Seis Días; la postura de Barenboim parece haber cambiado mucho a lo largo de su vida), así como para abrirse las puertas de los circuitos musicales europeos y, especialmente, la escena musical británica.

Todo parecía ir viento en popa para Jacqueline personal y profesionalmente cuando en 1971 comenzó a perder la sensibilidad en los dedos, el primero de una serie de preocupantes síntomas de carácter neurológico. Tras un largo y complicado periodo de pruebas médicas, se le diagnosticó esclerosis múltiple en 1973, cuando ya los efectos de la enfermedad eran perceptibles en algunos momentos de sus interpretaciones. Resultó ser una forma muy grave de la enfermedad, con una evolución muy rápida. Sus últimos conciertos tuvieron lugar en ese mismo año en Nueva York. De los cuatro programados, sólo pudo hacer frente a tres: como ella misma reconoció, tenía problemas para medir el peso del arco, había perdido sensibilidad en los dedos y tenía que coordinar los movimientos de forma visual. A los 28 años se veía obligada a abandonar lo que hasta entonces había sido su centro de gravedad y su principal medio de expresión, y desde los 32 se vio totalmente incapacitada para tocar.

Los últimos años de Jacqueline transcurrieron en Londres, en un rápido proceso de deterioro. Durante un tiempo continuó impartiendo clases magistrales y recibiendo a alumnos a través de los que mantenía un último, y probablemente frustrante, contacto con la música. Sus días transcurrían entre visitas de sus amigos más íntimos, algunas nuevas aficiones, como la lectura, y la mirada al pasado. El contacto con su familia, sobre todo con su hermana, parece haberse vuelto frío y distante. Al parecer, su carácter había ido cambiando, sus comentarios haciéndose más crueles a raíz de la enfermedad, pero es fácil ver que tampoco para Hilary, la hermana mayor, debió de ser fácil asimilar el éxito de su hermana en contraste con su propio fracaso. ¿Y Daniel? Pues en 1975 se le ofreció la oportunidad de ser el director artístico de la Orquesta de París, oportunidad que aprovechó, a pesar de que implicaba dejar a Jacqueline en Londres, ya en manos de una enfermedad bastante avanzada. Se ocupó de los gastos de manutención y cuidados que esta precisaba y, al parecer, la visitaba con frecuencia y estuvo a su lado en sus dos últimos días de vida. Sin embargo, durante los últimos años de du Pré, mantuvo ya una relación con la pianista Elena Bashkirova, con la que tuvo dos hijos, y con la que terminaría casándose un año después de la muerte de Jacqueline. Aunque no fue aireado por la prensa en su momento, es difícil imaginar que, dada la popularidad de Barenboim, Jacqueline haya vivido sin tener noticias del asunto.

A pesar de todas las dificultades, es posible ver a Jacqueline du Pré en muchas de las fotos de este período luciendo su incansable sonrisa, que parecía permanente en ella en su juventud, y, según algunos testimonios y la nota necrológica publicada por The Times, hasta sus últimos días no descartó la posibilidad de recuperarse, de volver a andar y tocar algún día («Nobody knows if I´ll ever regain mobility… I believe in realistic optimism, but not wishful thinking»). Desgraciadamente, esto no sucedió.

Jacqueline murió en Londres el 19 de octubre de 1987.

La mayor parte de la carrera de du Pré está ligada a dos chelos Stradivarius: uno de 1613 y otro de 1712, el conocido como Davidov, que utilizó entre 1964 y 1970, ambos regalos de una admiradora, Ismena Holland. Fue con este segundo chelo con el que grabó sus obras más recordadas: el concierto de Elgar a las órdenes de Barbirolli, el concierto para violonchelo de Schumann con Barenboim y las dos sonatas para chelo de Brahms. El chelista Yo-Yo Ma utiliza ahora el Davidov, que le fue cedido por la fundación Vuitton.

Fue amiga personal de algunos de los músicos más importantes de nuestro tiempo: Yehudi Menuhin, Itzhak Perlman, Zubin Mehta y Pinchas Zuckerman, y esposa de Daniel Barenboim. De la colaboración entre todos estos genios surgieron impresionantes interpretaciones de música de cámara, como es el caso de «La Trucha», quinteto para piano de Schubert.

Así es... o no...

Comentarios

  1. Impresionante, duro, difícil de asimilar. Lo leo en Valldemossa, cosas del destino supongo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Nuria. Sí, curiosa coincidencia. Qué tristeza ver cómo la enfermedad trunca las vidas de algunos genios jóvenes que todavía tenían mucho que vivir y ofrecer.

      Eliminar
  2. La mejor, sin ningún tipo de duda, violonchelista de todos los tiempos. ¿Por qué todos los genios tienen una vida tan corta? Al propio e innato talento también ayuda la cercanía de otros talentos similares. Los nombres citados al final hay que nombrarlos puesto en pié. Daniel Baremboin, Zuckerman, Zubin Mehta (gracias por no estudiar medicina), Itzahk Perlman de quien pudo dusfrutar incluso los no amantes de la música clásica a través de la banda sonora de la película "La lista de Schindler, y sobre todo el, para mí, mejor violinista de todos los tiempos Yehudy Menuhin.
    Grandioso relato, ésta vez se ha superado maestro. Gracias una vez más.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Todos ellos unos genios por separado y, juntos, algo creo que irrepetible. Increíble que hayan coincidido de esta manera, que hayan tenido la posibilidad de compartir escenarios varias veces y que hayan llegado a entenderse tan bien personal y musicalmente. Me encanta verlos tocar, pero también ver ese ambiente previo y posterior a los conciertos, la cercanía, la camaradería... Continuamente se respira el amor con el que están haciendo su "trabajo". No sabía lo de Mehta y la medicina. Quizás habríamos tenido un gran médico, pero dudo que tan bueno como lo es como músico. Muchísimas gracias a ti.

      Eliminar
  3. Has creado una atmósfera con tu relato, que llega hasta lo más hondo. Historia preciosa y muy dura a la vez. Siempre me ha surgido la pregunta, del porqué una persona que nace con unas cualidades magistrales como en éste caso, por ejemplo para la música, tiene que verse su vida truncada por una enfermedad. Apasionante artículo, en algún momento he tenido un nudo en la garganta, evitando soltar una lágrima por la emoción. Enhorabuena @Heicarballeira fantástico relato. Los que tenéis el don de la palabra, de ésta manera tan espectacular, debería de estar totalmente prohibido, que no lo compartáis mas a menudo. Gracias, mil gracias por éste fantástico regalo, el día de mi santo.

    ResponderEliminar
  4. Sí, es difícil entender esa crueldad de algunas enfermedades que rompen algo tan mágico y difícil de encontrar como un talento de este tipo. Qué tristeza imaginar cómo pudieron ser esos últimos años de soledad y deterioro día a día en contraste con el brillo de su vida anterior. Gracias por tus palabras y feliz día de tu santo.

    ResponderEliminar
  5. Debo confesar que soy sordo para la música; ciego, cojo y manco de ambos oídos. Pues bien, me he pasado toda la mañana escuchando en bucle los veintiséis vídeos de la lista de reproducción que acompaña al relato. Esto dice mucho de un texto bien planificado, de unas palabras maravillosamente engarzadas en frases que van despertando el interés por el personaje, por su historia y por su música. Pero también por la persona y sus sentimientos. Un texto exquisito en la forma y en el fondo, pleno de sentimiento y pasión por la palabra y por la música. Una historia dura y hermosa que aúna realidad y ficción. Dual. Cruel y amable. Derrota y triunfo. Hilary y Jackie. Trabajo y familia. Egoismo y amor. Daniel y Jacqueline. Abandono y reconocimiento. Enfermedad y vigor... Du Pré y Saborido.
    Muchas gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajaja. A mí me pasó lo mismo cuando oí hablar por primera vez de esta chica no hace mucho tiempo. Me pasé horas en youtube probando combinaciones de palabras en el buscador para ver su aparecía algún vídeo más por ahí escondido. Me gustaría ver el documental "Recordando a Jacqueline du Pré" completo, porque los escasos diez minutos que encontré en internet me saben a poco. Ojo: el siguiente paso es empeñarse en aprender a tocar el chelo... :)

      Eliminar
    2. ¿Has visto la película Hilary y Jackie? Es de 1998. He leído que está basada en un libro escrito por Hilary y su hermano. Parece que tener un genio en la familia no les sentó nada bien.

      Eliminar
    3. Sí, la encontré entera en español en youtube y la vi Me resultó interesante, pero... Por si tienes intención de verla tú, mejor no te cuento mucho y luego contrastamos opiniones. Sólo diré que, si su hermana es el tipo de persona que se refleja en la película, esta probablemente nunca se habría hecho de esa forma. Además Emily Watson recibió muy buenas críticas por su papel de du Pré, pero a mí no me resultó nada convincente. No tiene nada que ver con Jacqueline (aunque reconozco que eso tampoco es fácil) y, como dice Álvaro, en las escenas en las que aparece tocando parece la niña de El Exorcista...

      Eliminar

Publicar un comentario en la entrada

Entradas populares de este blog

El suicidio de Evelyn McHale

Oro en cretinismo periodístico

Felicidade