Missing in inaction


(Advertencia: Hay un aspa en el ángulo superior derecho que sirve para cerrar esta ventana. De nada)

Recibí ayer sábado a última hora de la noche el aviso de una publicación. Medio adormilado por la hora tan tardía, pinché en el enlace sin mucho entusiasmo, casi con automatismo, pero no necesité pasar de la fotografía que abría el reportaje para que una inyección de adrenalina y un regusto a bilis revenida me desperezasen de todo.

Contribuyeron también a que se me pasase el sueño el descubrimiento de que ni mi edad ni mi cinismo militante son suficientes para hacerme perder la inocencia, y la asunción de que no tengo una memoria tan buena como yo creía... o que prefiere ignorar selectivamente ciertos datos despreciables (despreciables en el sentido moral y en el matemático de la palabra): resulta que año tras año me sigo sorprendiendo al sorprenderme con otra edición más de la misma fotografía protocolaria como si fuese la primera vez que la veo.

Pero lo que ya contribuyó definitivamente a alterarme la presión sanguínea fue la constatación definitiva de que mientras unos vamos metiéndonos en un charco tras otro (seguramente porque tomamos decisiones, porque elegimos y en ello perdemos la libertad, y porque damos pasos firmes hacia adelante y resolvemos problemas), otras figuras orondas son capaces de salir secas y bien peinadas de cualquier tormenta sin necesidad de paraguas ni chubasquero... porque en toda organización humana hay indefectiblemente un punto filipino, una rata caradura egoísta y habilidosamente missing in inaction, permítaseme el neologismo en el barbarismo, a la hora de arrimar el hombro, de afrontar un problema, refractaria a los focos cuando se trata de laborar, afónica cuando hay que levantar la voz en público y lenta de reflejos a la hora de sudar, pero que, vaya por Dios, mujer, en el momento de la foto siempre está dispuesta y sonriente en primera línea, lista para pasar a la posteridad.

Así es... o no...


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