La clínica


Hoy en Así es... o no... podemos gozar de un relato muy particular y novedoso, pues ha sido creación conjunta de  MAC y Abel O. No dejará a nadie indiferente...

Dejar de existir, desaparecer, convertirse en NADA.

Eso era lo que deseaba Avelino Astado. Ese pensamiento en forma de bucle se mantenía constante en su cabeza. Sin casi darse cuenta hizo todo el camino, desde su casa hasta la clínica, observando su cadavérico aspecto, en forma de reflejo, en cada una de las lunas de los escaparates que pasaba. Quizá… era él quien estaba estático, y las lunas, la calle, las farolas… eran las que avanzaban a su encuentro. Se medio sonrió al visualizarse hacía tan solo un año.

Era el hombre de moda. Acababa de salir en el suplemento dominical del Faro. ¡Cinco páginas de entrevista! Sus padres estaban alucinados con que aquel que salía en la portada del suplemento fuese su hijo. Su foto aparecía enmarcada por aquellas palabras que todavía ahora, mientras su cabeza escapaba por instantes del pensamiento bucle, le hacían sentirse orgulloso:
«La revolución digital. Avelino… ¿El nuevo Bill Gates?»

De aquello hacía ya… ¿tan solo?... un año. Ese pensamiento le mantuvo ocupado y distraído hasta llegar a la entrada de la clínica. Dubitativo, se detuvo observando el rótulo: Clínica de donación de esperma. Quién se lo iba a decir. Acabar en una clínica de donación de esperma. Seguro que un año atrás eso habría sido la comidilla durante aquella entrevista:  ¿Ha visitado usted alguna vez la clínica «La Esperanza»?

Agarró firmemente la empuñadura de la puerta ante el miedo de que, de no hacerlo así, acabaría dando media vuelta. Se había informado en Internet y había concertado su cita por teléfono hacía dos semanas. La chica que estaba en recepción ya lo esperaba. 

Sin mucha dilación —Avelino le había hecho saber lo incómoda que sería aquella situación de hacerse pública— lo hizo pasar a uno de los boxes que había tras la zona de acceso, y le dijo que se sentase mientras ella iba a buscar la información que le tenía preparada, el botecito de rigor y el cuestionario que debería cubrir antes de irse.

Avelino se vio reflejado en el espejo que tenía enfrente de aquel diván en el que estaba medio recostado. Su mente volvió a irse a aquel momento de gloria hacía un año. Era una máquina en su profesión: Ingeniero Informático. Su trabajo: gestor de programación en una empresa de seguridad informática. Su pequeña gran creación: un programa antivirus… Avast (Avelino Astado). 

Realmente no es que el antivirus fuese una cosa extraordinaria (había en el mercado programas similares igual de buenos). Su original idea no había sido el QUÉ… sino el CÓMO.

Joanna llevaba años siendo su novia. Habían comenzado a salir juntos en aquella verbena veraniega en el pueblo. «¿Qué te enamoraba de Joanna?... su voz». Avelino había tenido una gran idea: ¿Y si hago que en cada fin de proceso el antivirus se relacione con el usuario diciendo el resultado… con la voz de Joanna?

De la versión beta a la versión estable, pasó tan solo el fin de semana en el que se reunió en casa del presidente de la empresa. Se convenció tan pronto Joanna abrió la boca durante el postre de aquella cena, para decir... La base de datos de virus… ha sido actualizada.


Y a partir de ahí… la vorágine. Las ventas del programa creciendo como la espuma, la competencia intentando realizar cambios a marchas forzadas (la voz que doblaba a Pamela Anderson en «Los vigilantes de la playa» acababa de firmar un contrato con muchos ceros), llegaron las entrevistas, las firmas de autógrafos cada vez que Joanna abría la boca en el Carrefour para pedir 100 gr de chorizo o medio kilo de manzanas, las miradas envidiosas de los compañeros por tener aquella voz reservada para él y…

¿Solo para él?

NO.

Ahí residía el problema. Aquella ya no era la voz de SU Joanna. Era la voz de todos los que tenían Avast. Y, para colmo, la política de la empresa era tener una versión gratuita, aunque con limitaciones. Y esas limitaciones no eran precisamente que aquellas versiones no empleasen la voz de Joanna.

De ahí… a la impotencia… un mes. Recordaba el momento exacto. Había sido el capullo de García en el ascensor.
—Hombre, Ave, ayer me la casqué justo mientras actualizaba el antivirus. —Notó que todo giraba a su alrededor. Era una sensación similar a cuando te acostabas después de una gran noche de copas, pero estando sobrio. Había tenido que apoyar la espalda en la pared del ascensor porque sentía que si no lo hacía se tambalearía hasta caerse. Al llegar a casa vomitó nada más entrar.

A partir de ahí, el INFIERNO. Cada vez que estando en la cama pasaban a la acción y Joanna susurraba cualquier cosa… el gatillazo era instantáneo. Desde entonces todo se sucedió vertiginosamente: broncas, enfados por las cosas más nimias, pasar a compartir piso más que compartir una vida. Lo último había sido hacía dos meses. Al llegar a casa se había encontrado una nota de Joanna en la que esta le decía que se iba. Que no aguantaba más. Ahora, sentado en aquel diván, y enfrentado a sí mismo en modo de imagen reflejada en un espejo, le pareció ridículo verse allí. Pero funcionaba. Allí sí que se le levantaba.

Recordaba sus infructuosos intentos de meneársela en casa. Tan pronto había algo que le recordaba a Joanna… se convertía en Speedy Avelino. No había forma. Al menos se rió para sus adentros cuando recordó aquel primer día que intentó cascársela delante del portátil teniendo una web porno abierta y justo en ese momento se actualizó su programa… ¡menudo estropicio en el teclado! 

El último mes sí que había sido de órdago. En Internet se había pasado de las páginas de Facebook que se llamaban «A mí también me pone la voz de Joanna» a aquellas en las que, esos mismos usuarios, denunciaban una posible relación causa-efecto entre la cantidad de visitas al urólogo por problemas de eyaculación precoz, y el Avast.

Y llegó la OPA hostil de Pfizer a su compañía. Aquel programa era la gallinita de los huevos de oro, o más bien acabaría siendo la gallinita de las pastillas romboides azules. En Pfizer ya habían notado su aumento en cajas vendidas al mes de salir aquella primera versión con voz de Avast. Él último informe de ventas, pensando que el país estaba en crisis, era para avergonzarse. ¡Habían aumentado un 437 por cien! Estaba claro que la empresa de Avelino era su objetivo inmediato. Había que controlar aquella voz que generaba tanta eyaculación espontánea.

Los últimos rumores eran que la próxima compra sería la de TeclImper, que había reventado el mercado con sus teclados impermeables. Tras eso, y viendo su gatillazo permanente, al menos Avelino había tenido otra gran idea: ¿Dónde se la casca a gusto todo el mundo y sin ningún problema de gatillazo?... ¡En una clínica de donación de esperma! Ese sería su próximo intento a la desesperada. A grandes males, grandes remedios.

Y en esas estábamos. Echó un vistazo al reloj que había encima del espejo. ¡15 minutos! Pues sí que tardaba la recepcionista y, más importante aún… ahí seguía el empalme. Solo la idea de lo que iba a hacer lo mantenía como Avelino ya casi no recordaba. La recepcionista le había dicho hacía 2 semanas que el procedimiento era bastante sencillo: botecito, revistas porno, espejo espejito mágico y… a dar cera quitar cera. Le había dicho que normalmente se solventaba en 10-15 minutos. Pues son los que llevo esperando a que vengas. No tuvo casi tiempo de acabar con ese pensamiento cuando la puerta se abrió y la recepcionista entró… ¿sin carpeta? ¿y las revistas...?

Quizá, debido a la cara de extrañeza de Avelino, la mujer se vio obligada a explicar qué era lo que traía en la mano.


—Avelino, ha habido algunos cambios en el procedimiento desde el día en que nos llamaste, pero,… ¡para mejor, eh! —enfatizó esto último para tranquilizar a Avelino—. Ahora ya no os damos las típicas revistillas, ni el cuestionario es en papel. Estamos en la era digital.

¿Era digital? Avelino se sonrió al darse cuenta de que la chica no tenía seguramente ni idea de quién era él.

—Os damos una tablet. —El pensamiento de Avelino se fue inmediatamente a aquel «primer intento» en digital. Sin embargo, su entrepierna esta vez se mantuvo inmutable. La chica siguió explicando el cambio, le habló de no sé qué compra de la red de clínicas por parte de una multinacional, de no sé qué de la eficiencia y la gestión de recursos humanos llegándose a poder realizar varias sesiones continuas, de que el rendimiento box-sesión-tiempo había bajado a cerca de 2-3 minutos por sesión…

Aquellas palabras ya no entraban en el cerebrito de Avelino, él tan solo observaba su entrepierna y veía que aquello… ¡NO BAJABA! Por fin la chica le entregó la tablet diciéndole que al iniciarla tan solo debería seguir los pasos que se indicaban y que no se preocupase por la higiene, porque al acabar cada sesión se renovaban los protectores plásticos de la pantalla.
—En 2 minutos… ¡nos vemos! —se despidió de él la chica sonoramente con una cara que a Avelino le pareció de malicia.

Avelino inició su tablet. Al instante apareció el logo de la clínica y un pequeño botón que ponía Inicio. Clicó en él y al momento apareció un mensaje de bienvenida que incidía en la novedad del método. Le empezó a guiar por el funcionamiento de la aplicación. Se trataba de una experiencia multimedia. Avelino notaba que su entrepierna no solo iba bien… sino que iba MUY BIEN.

Por fin. Estaba claro que la idea de la clínica había sido buena. La aplicación le mostró el siguiente paso. Debía tener el botecito preparado en la mano no hábil, y con la hábil clicar en uno de los números del 1 al 10 que aparecían y que, según la aplicación, le proporcionarían al instante una experiencia multisensorial. Avelino dudó, ¿y en cuál clico ahora? Recordó lo que le había dicho la chica de que en 2 minutos se verían. Te vas a cagar, pensó de inmediato, me haré todo el circuito. Y veremos si no soy capaz de hacer una segunda vuelta.

Antes de clicar en el número 1 pensó lo bien que le había venido a la cadena de clínicas esa compra por parte de una multinacional. Se notaba que habían dado un salto cualitativo con respecto a la imagen que se había hecho en su cabeza el día en que llamó para concertar la cita.

Clicó en el número 1. Al instante escuchó una voz que conocía perfectamente:

—La base de datos de virus… ha sido actualizada. — ¡No puede ser!

Clicó en el 2.

—Análisis… finalizado. — ¡Aquello no podía estar ocurriendo…!

Clicó en el 3.

—Avast ha detectado una amenaza y ha cerrado la página.

Clicó en el 4…

Así es... o no...

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