No hay mal que cien años dure

Guttmann, vestido con el chándal del Benfica, en el estadio londinense del Tottenham.
Keystone/Hulton Archive/Getty Images
El próximo miércoles 14 de mayo disputarán en Turín la final de la Europa League el Sevilla FC y el equipo portugués Sport Lisboa e Benfica. Desde el momento en que se conoció qué dos equipos se habían clasificado, los aficionados al fútbol más leídos y con más interés por su historia y anécdotas se apresuraron a felicitar al equipo andaluz, no por clasificarse para esa final... ¡sino por su victoria en ella! ¡Y con 13 días de adelanto!


Esta felicitación la han hecho convencidos por la famosa maldición de Béla Guttmann (Budapest, Imperio Austro-Húngaro, 13 de marzo de 1900, Viena, Austria, 28 de agosto de 1981) y por los antecedentes de hecho que llegan prácticamente hasta nuestros días.

Béla Guttmann, que como jugador había participado con la selección húngara en los JJ OO de París de 1924 —los mismos en los que discurre la acción de la película Carros de fuego, y pone la carne de gallina pensar que muy probablemente se cruzó en Colombes con Eric Liddell o Harold Abrahams—  había conseguido dos campeonatos de liga en Hungría, uno en Austria y otro en EE UU, pero obtuvo sus mayores éxitos como entrenador. Entrenó a más de 20 equipos y ganó la Copa de Europa con el Benfica en 1961 y 1962.

Este buen hombre (Guttmann... Gut Mann... Good man) pasó varios años jugando en equipos de EE UU, donde se arruinó con el crack bursátil de 1929, lo que le obligó a montar un bar clandestino durante la prohibición impuesta por la Ley Seca, al tiempo que seguía jugando al fútbolSu trayectoria deportiva y su vida están bien documentadas (hijo de una pareja de bailarines judíos, obtuvo el título de profesor de danza clásica a los 16 años y se licenció más tarde en Psicología), excepto el periodo oscuro correspondiente a la 2ª Guerra Mundial: en ella, en un campo de concentración alemán, perdió la vida un hermano suyo. Nunca reveló qué hizo durante aquellos años, y se limitaba a contestar una y otra vez Dios me ayudó.

Nótese la estrella de David en el escudo
del Hakoah de Viena. 
Dirigió al mejor Honvéd de Budapest de la historia (en el que jugaban Puskás, Czibor, Grosics o Kocsis). En una gira por América con el equipo húngaro Guttmann decidió bajarse en marcha para quedarse a entrenar al São Paulo. Cuentan que fue él quien llevó a Brasil la por entonces innovadora táctica del 4-2-4, que con tanto éxito habría de aplicar la selección brasileira que ganó el mundial de 1958 en Suecia con un jovencísimo Pelé. Esa disposición táctica la había aprendido Guttmann de la selección húngara que dominó el fútbol europeo durante la década de 1950.

Tras entrenar a grandes como al Boca Juniors o al AC Milan, llegó a Portugal para ponerse al frente del Porto, al que hizo campeón de liga en la temporada 1958-59. Buscando reforzarse y al tiempo debilitar a su máximo rival, el Benfica le hizo una oferta tentadora. Nada más llegar hizo una limpieza en el equipo de la capital y se dedicó a fichar a jugadores mozambiqueños, entre los que destacó, por supuesto, Eusébio, uno de los mejores futbolistas europeos del S. XX.

Hizo que el Benfica ganase dos Copas de Europa consecutivas, la primera ante el FC Barcelona (en el partido que pasaría a la historia con la denominación de la final del los palos, ya que el equipo catalán estrelló hasta cuatro balones en ellos, que por entonces eran cuadrados; se dice que eso motivó el cambio en el reglamento, que pasó a estipular que los palos deben ser de sección circular) y la segunda ante el Real Madrid. Tras la victoria contundente por 5-3 ante el equipo blanco, Guttmann pensó que merecía un aumento de sueldo, y así se lo hizo saber a la directiva benfiquista, que se lo negó en redondo. Enfadado, Gutmann abandonó al equipo del estuario del Tajo y lanzó su maldición legendaria: En cien años desde hoy, el Benfica sin mí nunca ganará una copa europea. Desde entonces el Benfica ha disputado nada menos que siete finales continentales, cinco de la Copa de Europa, una de la UEFA y otra de la Europa League... y las ha perdido todas. La última, la temporada pasada, de manera especialmente cruel y dolorosa, al caer en el descuento ante el Chelsea por 2-1, tras haber dominado el partido y haber merecido claramente la victoria... unos días antes había perdido a pies del Porto, también en el descuento, un título de liga que tenía prácticamente en la mano.

Y no será porque desde el Benfica no se hayan puesto los medios para acabar con la maldición de Guttmann. En 1990 se disputó en el Prater vienés la final de la Copa de Europa entre el AC Milan y el equipo portugués. El mismísimo Eusébio, en representación del Benfica, se acercó hasta el cementerio judío de Viena para dejar unas flores, rezar una oración... y pedirle a la memoria de su antiguo descubridor y entrenador que pusiese fin a aquel embrujo: Aquella noche también perdió el Benfica, 1-0, gol de Rijkaard.

Eusébio, Guttmann y Coluna.
Los únicos consuelos que les quedan a los aficionados e integrantes del equipo das Aguias lisboetas es agarrarse al refranero español (no hay mal que cien años dure) y a la formulación completa de la maldición lanzada por Guttmann: En cien años desde hoy ningún club portugués se convertirá en campeón de Europa y el Benfica sin mí nunca ganará una copa europea. En la primavera de 1987 el Porto de Paolo Futre rompió la primera parte de esa maldición venciendo en la final al potentísimo Bayern Múnich de Pfaff, Rummenigge, Matthäus o Brehme, con dos goles en dos minutos, del argelino Rabah Madjer y del brasileño Juary dos Santos, que mi abuelo (siempre del lado del cativo) y yo celebramos alborozadísimos. En 2004, edición que recordaremos por siempre por la participación del RC Celta, los Dragões, entrenados entonces por José Mourinho, repitieron campeonato ante el Mónaco.

Ánimo, benfiquistas, solo os quedan 49 años de hechizo.

Así es... o no...

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