No quedan Rosas

Rosa, la bisabuela

Caroline, Yaiza, Lelise, Beverly, Jasmin, Melanie, Shayla, Geraldine, Jennifer, Bruneta, Azul, Rosmery, Jessica, Sheyla, Yasmina, Desirée, Arantxa, Saray, Brigitte, Allison, Arima o Yhannely son solo algunos de los nombres de mujer que me vienen a la cabeza si hago un pequeño esfuerzo y repaso de memoria las listas de alumnos de los últimos años. Y no, no me he equivocado en ninguno: los reflejo tal cual ellas mismas los escribían. Hace poco más de tres lustros hasta llegué a tener una Banessa (sic).

Es este de los nombres un asunto seguramente intrascendente, una nadería a la que nadie presta atención y que no tiene ninguna importancia, pero no puedo evitar considerarlo como una pequeña derrota cotidiana, un pequeño gran fracaso colectivo de nuestra civilización y una traición a nuestra idiosincrasia, a nuestras tradiciones y al genio de nuestras lenguas y naturaleza.

Soy plenamente consciente de que esta incomodidad mía no es más que otro rasgo de cascarrabias y uno de los primeros síntomas del paso del tiempo y de la madurez incipiente (y digo madurez, porque decir vejez impone). Estoy convencido de que aunque se encontrase el elixir de la eterna juventud, aunque los avances científicos consiguiesen que los cuerpos se pudiesen mantener jóvenes y lozanos para siempre, llegaría un momento en que nos resultase insufrible vivir, en que diríamos basta, ya que la mentalidad humana no está preparada para soportar y asumir los cambios y usos nuevos que trae el paso de los años... cualquier tiempo pasado fue mejor.

Al inicio de cada nuevo curso escolar una Rosa a quien mucho quiero me solía preguntar si había alguna alumna con ese nombre. Hace tiempo que ya no me lo pregunta. Supongo que, resignada, se habrá rendido. Sin embargo, instigado por aquella curiosidad suya, es lo primero que hago yo cuando cada septiembre me llegan los listados nuevos. Sin éxito. La respuesta es negativa desde hace... ya ni recordaba desde cuándo, así que me he obligado a pensar hasta dar en mi memoria con la última alumna llamada Rosa: una chica de la parroquia de Couso, Gondomar, a la que di clases en una academia en un cursillo preparatorio para las pruebas de acceso a la universidad en el curso 1991-92...  el siglo pasado. ¡Qué digo yo el siglo pasado! ¡El milenio pasado!

Así es... o no...

Comentarios

  1. Te diré que mis sobrinos se llaman Pepe y Lola, así sin más. Pero también te diré que en la clase de mi hijo, qué comparte con su primo Pepe, tiene dos Izan; nombre muy de moda en 2008. Si mi hijo, Xabi, hubiese sido niña se llamaría Rosalía, que se acerca a tu Rosa.

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  2. Muchas gracias a @VigoCeltic y a Nuria por sus comentarios... ¡Muy acertados y simpáticos!

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  3. En el curso 2014-15 tampoco ha ingresado ninguna Rosa... :'(

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  4. Nuria me ha leído el pensamiento, no tengo nada más que decir. Bueno si, ¿no tienes ningún alumno que se llame Usnavy? Es lo más extravagante que conozco. Saludos

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  5. En el curso 2014-15 tampoco ha ingresado ninguna Rosa... :'((

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  6. Curioso. Mi abuela de Gondomar también se llamaba Rosa.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Daniel. Si yo hubiese tenido una hija, se habría llamado Rosa con total seguridad.

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