El Mal de Panenka



Una sección por el ojo del ojo del voyeur Juan C. Rguez. Llanos


Pongámonos serios de una vez. Yo solo he tenido un amor en la vida: la pelota. De vez en cuando le soy infiel con mi mujer, eso es verdad. Pero para qué nos vamos a engañar, donde esté un balón que se quite el resto.

Conozco un montón de locos talluditos que se escapan cada fin de semana de las garras del sedentarismo, haciendo una finta a sus familias, para volver a buscar esa hipotenusa perfecta del gol por la escuadra que nunca fue.

A mí esa fiebre me atacó siendo niño. Hay fotos que atestiguan que era el amo del balón entre un montón de enanos futboleros, pero creo que con el paso del tiempo esto ha derivado en enfermedad crónica: el Mal de Panenka. Es posible que me resista incluso a recibir cristiana sepultura por miedo a no tener espacio suficiente para volar por última vez a mano cambiada. Solo pido un balón con la parábola perfecta para que, después de despejar, pueda disfrutar mientras caigo eternamente con la satisfacción de saber que, finalmente, esa no entrará.

La virulencia del Mal de Panenka radica en la capacidad que tiene el ojo humano para descubrir la belleza en los más pequeños detalles, para percibir arte en el rincón mas insospechado: en los imperceptibles gestos técnicos, en un justificado gambeteo, en los controles orientados y hasta en el más traidor y lento de los caños que puede tirar, por ejemplo, mi amigo Ricardo. Sí, hablo de esos que duelen cuando ves que pasa irremediablemente entre unas piernas que el sufridor pensaba cerradas.

Yo me embriagué de fútbol por primera vez en Balaidos, cómo no, viendo un Celta - Real Madrid. Un cambio de juego de más de treinta metros cayó en los pies de un artista que jugaba caído a la banda izquierda, realizó un majestuoso y preciso control con la zurda, sin aparente esfuerzo, como si el balón le obedeciese, levantó la cabeza e inmediatamente envió una banana teledirigida al corazón del área con el exterior del pie derecho. Un centro contra natura. Aquel Rafael balompédico se apellidaba Martín Vázquez.


Pero ya antes se me había ido un par de veces la cabeza: un vuelo sin motor de Miguel Ángel en el Austria -España del Mundial 78 marcó mi camino indefectiblemente hacia la portería, cosa que confirmó irremediablemente la indiscutible figura de Luis Miguel Arconada, el portero más espectacular y potente que ha parido madre. Aquellas imágenes en blanco y negro de sus entrenamientos volando de palo a palo o las fotografías de sus estiradas flotando paralelo al suelo a un metro de altura condicionaron mi vida para siempre. Todavía hoy me acompañan a jugar unas medias blancas, como las que llevaba siempre Luis. Mis medias blancas y mi toalla amarilla. Seguramente la historia de este deporte, que tanto te da como te quita, ha sido un poco injusta con él. Después de cientos de intervenciones fantásticas, plásticas, llenas de escorzos increíbles, de manos oportunas, de salidas valientes, de victorias épicas junto a sus inseparables Alonso, Celayeta, Satrústegui, Zamora o López Ufarte; la inmensa mayoría lo recordará solamente por el semifallo en el gol de falta que encajó frente a la Francia de Michel Platini en la final de la Eurocopa. No tocaba, simplemente. A muchos se les olvida que esto es un juego y que al final solo puede ganar uno.


Pasaron muchos años viviendo de pequeños retazos de arte: que si un regate en una baldosa de Romario, que si la inmensa magia barriobajera de Maradona; los excelsos goles de Marco Van Basten, o la sobriedad de la dupla Mazinho-Mauro Silva; Butragueño parando el tiempo, Baggio pinchándola, Chalana conduciendo, Ronaldo (el feo) explotando en carrera o aquella fantástica chilena de Hugo Sánchez ante el Logroñés. Así, poquito a poco. Para no morir de sobredosis.


Pero llegó una tarde de 2002. Finalizando la temporada me dispuse a ver televisada la final de la Champions de ese año. El Madrid buscaba la novena ante el Bayern Leverkusen. A los alemanes los había desactivado un tempranero gol de Raúl, un forajido del área. Una jugada un tanto insulsa por la banda izquierda del ataque blanco, acabó con un centro, si me permitís que le llame así, de Roberto Carlos. El balón bajaba con nieve, pero un par de metros por detrás de la frontal del área lo esperaba Zidane perfilado hacia la izquierda. El francés tuvo tiempo de tomarse un café, visitar el centro Pompidou y atarse las botas antes de empalmar. En lugar de hacer todo eso paró el tiempo, calculó la arcotangente de infinito, acomodó el cuerpo y voleó con el pie izquierdo como nunca más se volverá a ver. Solamente los que hemos soñado una y mil veces con un gol así sabemos de la imposibilidad y de la plástica del gesto técnico. Creo que lo he visto repetido más de cincuenta veces. Cada vez me parece mejor.

Después de ese gol y de ver fenecer de éxito a mi Celta en la orilla de los títulos, me fui cuidando un poco más, porque uno empieza a hacerse mayor. He dejado de seguir el fútbol profesional para no castigar mi corazón viendo a Xavi, Iniesta y Messi. Es la fruta prohibida para un futbolero de mediana edad con mucho estrés.

De vez en cuando tiro de Youtube para ver alguna obra maestra. Es la única manera que tengo de ir al Louvre del fútbol. Mi parada obligada es la final de la Eurocopa 76. Allí se plantaron Alemania, campeona del mundo y de Europa, una máquina total del fútbol físico y una cenicienta llamada Checoslovaquia. El partido acabó en tablas y en la tanda de penaltis marchaban por delante los checos gracias a un error de los germanos. El último, el definitivo, lo lanzaba Antonin Panenka.

Más allá de toda la presión que podamos imaginar, todavía más allá de tener enfrente al por entonces mejor portero del mundo, Sepp Maier, este artesano del balón diseño una maquiavélica treta para dar el triunfo a los suyos y de paso ganarse el paso a la historia. Comenzó la carrera con fuerza, abrió su pierna derecha como para golpear de interior, engaño al portero que se venció a su izquierda, y él acarició la bola con un sutil toque por debajo, sin apenas fuerza, retrayendo la pierna y echando el cuerpo muy encima. El balón entró mansamente por el centro, fuera del alcance de un sorprendido Maier.

A veces me gustaría ser Panenka. Tener la valentía y el coraje para darle la vuelta a la historia. Tumbar al gigante. Me he pasado la vida viendo las cosas desde el otro lado del cristal. He sido muchas veces ese portero engañado, ultrajado y violentado por cualquier artista callejero venido a más. Ser capaz, como Antonin, de imaginarme un final que pase a la historia. Crear con un sutil toque una obra de arte que vuele mansamente hasta las redes dibujando la parábola perfecta. Hacer que otro millón de niños sueñe cada noche con ser futbolista.

Así es... o no...



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Comentarios

  1. Como se comenta una obra maestra, para mí es tan difícil como comentar las pinturas de Miguel Ángel en la capilla xistina. sí no te gusta el fútbol.seguro que después fe leer éste relato te enamora. Enhorabuena

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  2. cada vez me gusta más esta lectura de domingo. gracias por amenizarme los desayunos... o las meriendas!

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  3. A ver cuántos saben el valor del arcotangente de infinito :D

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