Lo abrazo de todo corazón


Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral 
las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.

Desde siempre me han gustado los refranes. Condensan gran cantidad de información, muchas veces útil y verdadera, y muchas otras generalizaciones banales, en las mínimas palabras posibles. Son, sin duda, el primitivo antecedente de la síntesis a la que obliga el límite de 140 caracteres de Twitter. En mis años mozos pasé largos ratos leyendo una inmensa lista de refranes en el tomo 8 de la enciclopedia Larousse de casa de mis padres, mi Google internet de aquellos tiempos... pocos días recuerdo en que no necesitase consultarla para algo y aún es hoy rara la ocasión en que cuando los visito no abro uno de aquellos tomos para buscar algo... aún recuerdo cuál era la distribución alfabética de aquellos 10 volúmenes (después llegarían dos suplementos): A-Bap, Baq-Clim, Clin-Dub, Duc-Fra, Fre-Inf, Ing-Marth, Martí-Ozu, P-Rema, Remb-Tall, Tam-Zyw.

Es cierto que tradicionalmente el rigor academicista los condena por ser el recurso fácil de gente con poca formación, sin facilidad de palabra y que tiende a no tener las ideas claras y a no saber (o a no querer, diría yo) expresarse por sí mismos. Hay, de hecho, un pasaje genial de El Quijote en el que el protagonista reprocha a Sancho el abuso que hace de dichos populares y refranes... El escudero se defiende de manera magistral soltando un refrán tras otro y el caballero andante no es capaz de presentar un solo argumento que su orondo acompañante no desmonte inmediata y terminantemente con un adagio popular.

Uno de mis refranes favoritos es En la mesa y en el juego se conoce al caballero... no podría ser más descriptivo y más atinado, en solo 47 caracteres... Especialmente en lo relativo al juego. Llevo toda la vida relacionado de un modo u otro con el deporte. Me ayudó a conocerme a mí mismo y sin duda me dio ventajas para la vida real, tanto en lo personal como en lo laboral, y desde siempre me ha servido para ir clasificando y categorizando a la gente sin apenas error.

En primer término, sentado y con gorra, Albert Camus
sonríe antes de que el existencialismo le alcanzase de pleno.
Oteo el patio desde una ventana de la sala de profesores, asisto a un partido de fútbol o juego una pachanguita de golf con los amigos, recuerdo mis tiempos de cicloturista y quedan (quedamos) todos retratados fiel e inequívocamente: el cobarde, el ambicioso, el conformista, el de mal genio, el generoso, el charlatán, el egocéntrico, el agresivo, el paciente, el pundonoroso, el conservador, el mandón, el creativo, el disciplinado, el discreto, el arrogante, el histrión, el violento, el apocado, el noble, el mal perdedor, el individualista, el débil mental, etc.

El pasado jueves 7 de noviembre se cumplieron 100 años del nacimiento, en Argelia en una familia de colonos pieds-noirs dedicados al cultivo del anacardo, de Albert Camus, filósofo y escritor francés que recibió el premio Nobel de literatura de 1957 a la tempranísima edad de 44 años por, y cito textualmente, el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy. ¿Y qué fue una de las primeras cosas que hizo Albert al ganar el premio? Dedicárselo en su discurso a su profesor de primaria, Louis Germain, al que poco después escribiría la emotiva carta que reproduzco más abajo.

No puede ser casualidad, no señor, de ninguna manera lo puede ser, que Camus hubiese jugado de joven de portero, un puesto que sin duda requiere un carácter especial, en el Racing Universitaire Algérois... y, oh, vaya coincidencia, una de las citas más célebres del nobel francés es Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol...


Así es... o no...

19 de noviembre de 1957

Querido señor Germain:

He esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Le mando un abrazo de todo corazón.

Albert Camus


Comentarios

  1. Que gran verdad en esa carta. Cuántos profesores a los que agradecer tantas cosas. Y si algún día te agradecen a ti de esa forma?

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Nuria. Pues cartas como esas no se reciben casi nunca, claro... será porque no me las merezco, jajajajaja. Pero, ahora en serio, con muchísima frecuencia hay detalles de los niños que demuestran gratitud... Sin duda son una gran recompensa, como ya podrás imaginar.

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    2. Por cierto, ya publiqué aquí el agradecimiento a los míos: http://asiesono.blogspot.com.es/2012/04/gracias-profe.html?q=gracias

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  2. Siempre es bueno que se acuerden bien de uno. Pero si se acuerdan en el éxito es doblemente bueno.

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