La pared


Una sección por el ojo del ojo del voyeur Juan C. Rguez. Llanos

(Advertencia)

El espejo se había convertido en su enemigo. Hacia días que no se duchaba y ya no recordaba la última vez que se había afeitado. Se quitó la camiseta y abarcó con las manos su barriga. Estaba engordando. Se atusó la barba y miró con desidia la bañera. Hoy tampoco toca.

Sobre el lavabo, milimétricamente dispuestos, el peine de metal a su izquierda y el cepillo de dientes en un vaso de cristal transparente al lado de la jabonera vacía.

Tomó el peine humedecido e intentó alisar aquella maraña de pelo. Tal vez debería limpiarlo. Entre las cerdas un amasijo de caspa, grasa y pelo. Lo volvió a dejar exactamente en el mismo sitio, a la izquierda del grifo del agua caliente, justo al lado contrario de la jabonera que llevaba vacía desde que se había muerto mamá.

Miró a la calle. Llovía tímidamente y el día arrancaba oscuro. El otoño le estaba sentando fatal. Sintió ganas de volver a la cama, pero tocaba médico. Así que se vistió con la misma calma que se tomaba para hacer todo, la única manera, por otra parte, de conseguir hacer algo. Antes de salir apagó la luz, cogió el paraguas y se dio, exactamente, dos vueltas y media a la bufanda de lana.

Bajó a la calle y a lo lejos distinguió a su vecina Julia con los niños. Irían al colegio, como cada mañana. Hacía cinco años que vivían en el edificio, los primeros ellos solos, después había aparecido aquel puto taxista. Aún encima sudaca. Vienen aquí a jodernos la vida. Basura.

Ella le había gustado desde el primer día, era su tipo: morena, de rasgos suaves y ojos color miel. Aparentaba mas o menos su edad y era muy agradable en el trato. Al principio intentaba hacerse el encontradizo, para disfrutar de aquella sonrisa fresca, pero no sabia muy bien qué hacer ni qué decir. Después la cosa se fue enfriando y al aparecer el otro todo aquello se fue convirtiendo en odio. Ademas a mamá no le acababa de convencer: una mujer sola con dos hijos... Sabe Dios de dónde salen esas criaturas. Seguro que es una tirada.

Los perdió de vista al girar hacia el centro de salud. Abrió la puerta y una ola de calor y humanidad le hizo dar un paso atrás. No soportaba a la gente, tanto frenesí le desbordaba. Hubiese salido corriendo hacia casa de no ser porque la calle le provocaba la misma inseguridad.

Así que se sentó delante de la puerta doce y esperó a que el psiquiatra le llamase para preguntarle las mismas cosas vagas e inconexas que le preguntaba siempre y que le recetase otro milagroso cambio en la medicación que nunca producía ningún efecto.

Mamá había fallecido el año pasado y José Luis se había hundido como si a su vida le hubiesen hecho un gran boquete en la linea de flotación. Los últimos tres años no habían sido fáciles. Mamá empeoraba día a día y él repartía su tiempo entre el Alzheimer galopante y su trabajo de funcionario. Y al morir ella, lejos de suponerle un alivio, de pronto todo se le había vuelto insuperable: la casa se le caía encima; pero también la calle, los compañeros, lavarse, vestirse y hasta comer...

Se despidió del doctor y regresó a casa con la urgente parsimonia que le permitía el tratamiento. Todo tiempo era poco para regresar a la cueva. Al subir las escaleras de casa oyó ruido, alguien se quejaba, pero también se oían risas. Al llegar al rellano de la escalera se dio cuenta de que todo provenía de casa de Julia, la puerta estaba entreabierta y de su interior salían gemidos y risas. Aquellos malnacidos estaban haciendo el amor en sus propias narices. Aquella zorra se lo estaba pasando todo por delante. Pensó en entrar o en cerrar la puerta de golpe, algo con tal de que parasen, pero al oír la voz de Mathias se refugió en casa como un niño asustado.

Dentro, a salvo de todo y de todos, se sentó mirando hacia la pared que separaba su habitación de la de ellos. Aquel tabique no separaba espacios, separaba vidas. Separaba la felicidad de su desesperación. Les escuchaba diariamente: reír, llorar, gemir, hablar... vivir. Y de su lado la más absoluta soledad, una soledad que dolía físicamente, insondable, oscura, que le golpeaba como un enorme martillo hasta hundirlo miserablemente.

Llenó la bañera, se desnudó y, antes de sumergirse en el agua caliente, miró por la ventana del patio de luces. Julia tomaba café apoyada en su ventana, distraída, con esa sonrisa fresca, ajena al mundo que la rodeaba. De fondo se oía el Han caído los dos de Radio Futura. Cruzaron sus miradas y José Luis se retiró.

El agua le fue cubriendo poco a poco y cerró los ojos mientras dejaba que sus brazos flotasen libres. Era agradable. Se sumergió un poco más, hasta que también dejó de escuchar la música. Pensó en Julia, en aquella puta pared, en mamá.

En el borde de la bañera, milimétricamente colocado, estaba el peine de metal. El agua se fue tiñendo de rojo y a lo lejos se oía A Perfect Day.

Así es... o no...

Comentarios

  1. Triste final para una vida qué imagino dura, solitaria y aburrida. Nuevamente, gran relato

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  2. Carpe diem!!! Nunca sabes lo que puede suceder mañana...

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