Noviembre


(Advertencia)

No me preocupa ni me inquieta, pero no puedo hacer nada. Nada más que observar desde esta esquina, como una cámara de seguridad, lo que sucede allá abajo, tan cerca y tan lejos: gente entrando y saliendo (algunos rostros muy familiares, otros que no recuerdo haber visto desde hace años), abrazos y besos, pañuelos y lágrimas a corta distancia, conversaciones y risas mezclándose a lo lejos… En la esquina opuesta de esta habitación escasamente iluminada estás tú, de pie, y a ti se acercan de uno en uno los que van llegando. Los recibes, a veces distante y muda; a veces con una sonrisa sincera que se transforma en una extraña mueca cuando tus ojos comienzan a empañarse y las comisuras de tus labios se vuelven indecisas al recordar el motivo de tanta visita.

Observo tu hombro derecho, derrumbado asimétricamente bajo el peso de tu bolso negro, no demasiado grande. Se diría que dentro llevas un llavero de estaño, una cartera de plomo, una polvera de iridio. Y tú debes de notar todo ese peso porque, en cuanto te quedas un rato sola, te sientas, lo pones sobre tus rodillas y comienzas a buscar. Tu mano se mueve dentro del bolso durante un buen rato, como si no tuviese fondo, como si hubiese entrado en una cueva con cientos de recovecos y estuvieses explorándolos uno a uno. Sé lo que estás buscando. Luego palpas uno a uno los bolsillos exteriores, abres y cierras cremalleras… Nada. La mano vuelve al interior del bolso. De pronto una expresión de ligera sorpresa, de curiosidad. Sí, seguro que las yemas de tus dedos la han rozado por fin. Ya está seca, probablemente su tacto no se distinga demasiado del papel que contiene cuidadosamente doblado en su interior. Si mi corazón latiese quizás ahora lo haría más rápido, pero solo puedo observar desde el reconocimiento, la distancia y la paz. Desdoblas rápidamente lo que me llevó un buen rato doblar. Y lees, lees. Y de nuevo tus ojos se llenan de lágrimas, pero esta vez una sonrisa ilumina tu gesto. Y relees lo leído, y miras hacia el techo como si me supusieses allí.


“No busques más. Sé lo que te pesa, lo que hunde tus hombros, lo que encorva tu espalda y te estruja el corazón como si quisiese exprimirlo. Lo sé, lo sé. Son las palabras que no dijiste, los besos y abrazos que no me diste, los silencios que no llenaste, los momentos que se escaparon porque siempre pensamos que habría otros muchos como ellos. Tranquila, descansa… Lo sé. Yo también tenía un bolsillo lleno de besos y palabras guardados para ti. Yo lo sé ya ahora; ahora tú ya lo sabes. Descansa.”

Así es... o no...

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Comentarios

  1. Esto me recuerda a algo que leí hace tiempo por internet: "si murieses mañana, ¿a quién llamarías, pedirías perdón, besarías, abrazarías o confesarías algo? ¿Y a qué estás esperando?"

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  2. Uffff, me he emocionado hasta estar a punto de soltar una lágrima. Que maravilla saber escribir de esa manera! Felicidades y gracias!

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  3. Por eso de vez en cuando yo les digo a los míos lo orgullosa que estoy de ellos, cuando comentó la suerte que tengo de teneros es para que no quede en el bolsillo la carta olvidada de vez en cuando escribo una carta que tituló por si me muero mañana

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  4. Será casualidad o no, de hecho no creo demasiado en las casualidades, justo hace hoy 5 años se fué una de las personas más importantes de mi vida. Y sí uno no puede evitar pensar las cosas que nos quedaron por hacer o por decir. Me has hecho llorar de emoción. Enhorabuena por tan fantástico relato

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  5. Que tristeza me produce pensar que yo soy así. Dejaré muchas palabras sin decir y muchos besos y abrazos sin dar. Me queda el consuelo de creer que ellos lo saben .
    En fin, soy un cardo borriquero.
    Y que bien escribes.

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