Il miracolo di San Gennaro


Una sección por el ojo del voyeur Juan C. Rguez Llanos

El martes me levanté temprano, como siempre. Suelo poner la alarma del móvil a las seis y cuarto y el despertador para y media. Me gusta disfrutar de ese último cuarto de hora y desperezarme poco a poco.

Me duché y afeité. Afeitarme no es lo mío, lo reconozco, pero tocaba examen y al menos ese día me gusta estar un poco decente. Cuando no lo hago mi madre dice que parezco un guarro y riñe a mi mujer por no exigirme el debido rasurado diario. Mientras lo discuten, yo me pregunto cuál es la diferencia entre mi barba y la de Guardiola.

Bajé a desayunar. Preparé café para Nuria y leche para los niños y para mí. Me gusta la leche bien fría con cereales y Cola Cao porque, desde lo del negrito del África tropical, yo he sido siempre un niño de Cola Cao, pero en el súper estaba agotado y me tocó disfrutar del exquisito chocolateado del Nesquik. Al abrir el precinto de seguridad me rebané el anular de la mano izquierda, que sangró abundantemente. Taponé el corte y disfruté de cada uno de aquellos cereales como si fuese el último desayuno de mi vida.

En Vigo me esperaban, deseosas de medir sus fuerzas con el examinador de turno, cinco chicas, todas temblorosas, nerviosas, juguetes en manos de la suerte. El examen de conducir saca a la luz el miedo que todos tenemos a la exposición publica de nuestras vergüenzas, ese miedo al qué dirán, porque cuando una prueba es escrita media la cortina del anonimato, pero aquí la cosa es en vivo y en directo. Mi compañero y antiguo jefe, Moncho, un maestro para mí, calcula que un aspirante pierde el día de la prueba práctica en torno a un treinta o cuarenta por ciento de su rendimiento habitual.

Una de las jovencitas, María, a la que alumbran sesenta primaveras y que ha hecho más prácticas conmigo que Marc Gené en Ferrari, se presentaba por tercera vez. Su esposo falleció hace poco menos de un año y se había visto en la necesidad de tener que conducir para poder desplazarse a su lejano trabajo. Por si fuese poco, María presenta una pérdida auditiva muy considerable, que el centro médico psicotécnico decidió compensar, de acuerdo con la inexplicable legislación vigente, con un espejo panorámico interior. Para entendernos, es como si a Beethoven el médico le hubiese recomendado poner un retrovisor en el piano para arreglar ese “problemilla del oído”. Lo cierto es que el coche es un instrumento que todos tocamos de oído, afinamos el momento del cambio, las revoluciones, forzamos más o menos, pero en el más absoluto silencio de tu cabeza se antoja claramente imposible conducir. De hecho, María tiene dificultades incluso para saber si el coche está encendido o apagado cuando se le cala.

Para compensar, la vida ha dotado a esta gran mujer con un tesón y una ilusión a prueba de bombas. Cuando digo bombas tal vez debería decir hijos, vecinos y amigos. Ella misma me decía: “mi hijo no es de fiar, no quiere que conduzca, me grita y me insulta, dice que no lo voy a sacar en la vida”. Y a mí me gustaría ver al pollo ese con sesenta años, dificultades motrices y sordo como una tapia, si daba de sí la cuarta parte que su madre. Pasa más de lo que pensáis en esta sociedad en la que vivimos: hay gente que disfruta vejando, humillando y sometiendo a los que les rodean, pisándote el cuello para que no te levantes por encima de sus miserias, mucho puto control freak, que diría mi amiga Ana.

El caso es que María arrancaba en segunda posición, la suerte hizo que fuese en plena plaza de Compostela, flanqueada por carril bus, coches en doble fila y en plena zona peatonal. Un regalo, vamos. Apenas un apretón en su mano derecha para darle ánimos y el coche se encendió.

No necesitaba verla para sentir su pánico, ni para saber que su nariz y su bigotillo estarían poblados de sus habituales gotitas de sudor, ni siquiera necesitaba saber si le temblaba la pierna izquierda porque se oía perfectamente. Cualquiera sabe que con ese tembleque es imposible dominar el embrague. Así que me dispuse, como convidado de piedra, a presenciar aquel encuentro desigual entre María y Paula, la examinadora.

Llevábamos solamente diez infernales minutos de los veinticinco de la prueba y las cosas no marchaban nada bien. Yo calculaba que llevaría unas seis faltas leves y esto siendo benévolo. Tras el desconcierto inicial el recorrido se había vuelto más favorable, pero María marchaba más atascada de lo normal y me imaginaba lo peor. Cada vez que un alumno suspende para mí es un pequeño disgusto: por la honrilla profesional, por las ganas que le pongo, por las horas perdidas... pero sobre todo porque me gusta estar con ellos en el éxito, pero también en el fracaso.

En esas andaba yo cuando reparé en mi dedo anular. Había vuelto a sangrar y entonces me acordé, no sé por qué, de Nápoles y de San Gennaro, y de que aquellas buenas gentes ven en el hecho de que la sangre fluya de nuevo un buen presagio. Está claro que cuando los seres humanos estamos desesperados nos aferramos a cualquier cosa. Así que pensé que no estaría mal que el tal Gennaro nos echase una mano a María y a mí, y nos diese un empujón.

Y el empujón llegó de la mano de Paula. De pronto empezó a guiar a María por los lugares más simples, las bicis se apartaban, los demás coches despejaban las glorietas y los peatones desaparecieron de la ciudad como si hubiese comenzado a llover torrencialmente. Nada podía pararnos, María se crecía por momentos y yo pensaba en Neo repeliendo todos los ataques del virus Smith en Matrix. A María le habían precargado el software de conducir.

Llegamos a Navia, Paula facilitando las cosas, María equivocándose y metiéndose por calles inverosímiles. Pero daba igual, mi dedo sangraba y San Gennaro iba al volante.

Cuando quiera efectuamos la parada final. Así, muy bien. Sin arrimarse mucho a la acera. Apague e inmovilice... Bueno María, esta usted aprobada. Esta vez sí.
       
María bajó del coche sin creérselo demasiado. Luego hubo muchos besos y abrazos. Pero mientras se bajaba me giré hacia Paula y le dije: “Cómo te enrollas”. 

Paula se quito las gafas de sol y me guiñó un ojo.

Así es... o no...

Comentarios

  1. Conozco algún caso como este. Años de trabajo doméstico y cuidado de los hijos alejada del mundo laboral, dependiente de los ingresos y decisiones de su marido, pueden hacer que una mujer de mediana edad se sienta inútil e ignorante aunque no sea así en absoluto. Inútil a la hora de algo tan simple como lidiar con la burocracia, controlar las finanzas familiares, utlizar una tarjeta de crédito o desplazarse sin el chófer que las había trasladado a todas partes desde su juventud. Las que valientemente, y muchas veces ante la incompresión o escepticismo familiar, deciden hacer el esfuerzo de salir adelante, ser independientes y volver a vivir merecen todo mi respeto y la ayuda de los que las rodean. A su esfuerzo y frustración se une a menudo la soledad y el duelo. Cualquier gesto como este es un subidón de autoestima además de un gran paso hacia la independencia. Gracias Juan, gracias Paula.

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    1. ¡Cómo me gusta este artículo!
      Todavía no he tenido el gusto d examinar con Paula, pero por tu comentario parece que desprende humanidad por los cuatro costados.
      Que suerte la de María y no lo digo sólamente por su aprobado, lo digo por haberse topado con un grande como tú. Como profesional un 10 y como persona más.
      La verdad es que cuando te encuentras un caso como el de María (que hay alguno que otro) la recompensa a tanta dedicación, contumacia y tesón es el ansiado APROBADO, pero seguro que para María es mucho más que eso.
      A mi se me ha dado algún que otro caso y me alegra saber que aún siguen sobreviviendo al caótico tráfico vigués.
      Mi más ENHORABUENA a todas las personas que como María salen adelante y por supuesto mi enhorabuena a todos los examinadores que saben ver un poquito mas allá...

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  2. Como me gusta bañarme los domingos en la calidez de tu humanidad. I ❤ you, amigo.

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  3. Que gran lección de humanidad de la examinadora, un gesto que la honra a pesar de lo peligroso que puede ser para el resto de la humanidad.

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  4. Con todos mis respetos me gustaría decirle a Nuria Guimerans que seguramente María no cogerá el coche a las 5 de la mañana tras una súper fiesta y en un estado deplorable.

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  5. Pues gracias por la parte que me toca, pero yo nunca me he considerado tu jefe, porque entre amigos no hay "jefaturas", solo colaboración y ayuda, como la que tu nos prestaste en su día, que a ti te vino bien y aprendiste... pues mejor, me conformo con que ya no pienses aquello de que "todos los profes sois iguales..."; como bien dice tu relato, también podríamos añadir que no todos los examinadores son iguales...o sí...

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