Le seguían llamando Trinidad, por Santiago Pastoriza

Santiago Pastoriza (@Pas_toriza en Twitter) es uno de esos raros talentos desconocidos por los que siento debilidad y que me hacen enemistarme con el mundo... un mundo cómodo más proclive a la complacencia fácil con la mediocridad más vulgar y pedestre.

Ya habíamos tenido el privilegio de disfrutar de dos relatos de Pastoriza: su primera vez y su vibrante narración Cando a Académica de Coímbra entrou na historia. Hoy nos obsequia con un fino texto fruto de su perspicacia, su capacidad de observación y de su habilidad para plasmar la vida tal cual ocurre.



—¿Tienes algo esta tarde?
—No, mamá.
—¿Vendrás entonces?
—Claro.

Después de una copiosa comida ni una excusa se me ocurrió. Había olvidado que esa tarde era la misa por el 2º aniversario de un tío de mi madre. No tenía ningún plan mejor, pero tener que moverme hasta Teis y estar allí 45 minutos buscando infructuosamente la ataraxia tampoco era la forma ideal de pasar el rato un sábado.

Busqué mentalmente motivos para no ir de tan mala gana. Lo primero que pensé fue que las reuniones familiares, en mi caso, no son por bodas, bautizos ni comuniones. El fracaso reproductivo de los que llevamos mis apellidos es tal, que la única manera de juntarnos unos cuantos y preguntarnos cómo nos va todo es en los tanatorios o a las salidas de los templos en los entierros, funerales y aniversarios de los que van cayendo. Como no estamos precisamente en situación de presumir de trabajo, o mucho menos de pareja o hijos, es como cubrir un formulario funcionarial breve y no precisamente traumático:

—¿Tú qué tal?
—Bueno, como siempre ¿Y tú?
—Pues aquí estamos

Y así con todos.

Luego me entró la curiosidad por conocer la Iglesia de Santiago Apóstol, la de los jesuitas. Pertenece al colegio en el que estudiaron mis tíos y nunca había entrado. Por fuera aparenta un historicismo muy obsoleto para su época de construcción, si es que el historicismo no nació ya pasado de moda. Nada del otro jueves. Se trataba más bien de comprobar el fulgor que podía irradiar un edificio de la Compañía de Jesús en plena era de acuario para ellos al colocar por fin en el Vaticano a un pontífice de los suyos. "Con nuestro papa Francisco", diría el sacerdote ufano, con la sonrisa de catequistas y devotos. Habría carteles, lemas, fotos y estampitas con el argentino simpático. No conozco bien a los jesuitas, no sé como se las pueden gastar en estos casos. Yo, educado en Maristas, estoy seguro de que en el imposible caso (son hermanos, no sacerdotes) de que un discípulo de Champagnat fuese obispo de Roma, toda la calle Venezuela estaría decorada con imágenes del susodicho en pose épica y pancartas de lado a lado para chinchar al eterno rival de la acera de enfrente.

Cuando pienso en colegios, mi mente vuelve a tener diez u once años. Y quizá esa tarde podría vivir una regresión mental similar allí, en el Apóstol. Ya no voy a eucaristías con la frecuencia de antes, que a la parroquia había que ir todos los días de guardar. Ahora, cinco veces al año quizás. Pero siempre es un momento para que mi mente despegue y repase aspectos absolutamente insondables durante los momentos en los que estoy ocioso (los que más) u ocupado (los que menos). Esa ataraxia que nombré en el primer párrafo se refiere a eso, a flotar y encadenar monólogos interiores que la imposibilidad de plasmar por escrito al momento provocan que se pierdan. Os lo juro, en medio del sermón o las ofrendas puedo ser la mente más rápida, ocurrente y brillante al sur del río Verdugo.



Llegué con el tiempo justo. Tuve que apremiar el paso de mi hermano, aún resacoso a esas horas del día, porque no llegábamos. Mis padres deberían de llevar ya media hora dentro. Decepcionado, no encontré ninguna referencia a Jorge Mario Bergoglio. Ni una simple foto enmarcada. Pero la música enlatada que nos recibió era nada menos que la mañana de Peer Gynt. Me pareció absolutamente apropiada como motivación previa a un "Qué alegría cuando me dijeron", pero en este caso el cura hizo acto de presencia y no se cantó nada. Solo llegó al altar y paró la cinta de Grieg antes de que llegase la diabólica melodía de la Gruta del Rey de la Montaña.




Ni un minuto tardó el jesuita en chocar contra un enemigo inesperado. Un pájaro, que mis dotes de ornitólogo suponen un gorrión, se había colado y no paraba de revolotear por la bóveda. Y piaba metronómicamente cada cinco segundos. La distracción para los feligreses era evidente, y el celebrante tuvo que interrumpir y aconsejar. Nos instó a ser fuertes y a seguir en la medida de lo posible con la celebración. Pero yo no era capaz.

Me trasladé mentalmente a Venezuela, a su reciente campaña electoral. A aquella historia de Maduro y el pajarito que se le apareció y la ya famosa identificación con Chávez. El cura tenía una oportunidad de oro con el gorrión saboteador, para ganarse la fe de los escépticos. Yo estaba deseando que llegase el sermón a ver por dónde salía. No me defraudó. Tocaba precisamente la liturgia sobre la Santísima Trinidad, y el hombre se vino arriba con inteligencia jesuítica y no para soltar la obviedad sobre el Espíritu Santo que se posó, sino para hacer un juego de palabras soberbio justo cuando más arreciaba el piar del osado intruso:

—Este pájaro viene a recordarnos que Dios es uno... y trino.

La audiencia no sé si lo llegó a pillar del todo o es que mi sentido del humor tiene el listón por los suelos. Pero solo yo tuve que esforzarme en disimular la risa. Bueno, mi hermano también. A los dos nos entusiasma "Amanece que no es poco", y la frase del pregonero es una de las veinte que repetimos en ocasiones especiales. Y este hombre había ido más allá que José Luis Cuerda, dándole el matiz del doble sentido del canto del pajarillo. Daban ganas de aplaudirlo. Para mí estaba claro que la confianza de tener como papa a un compañero de militancia, les estaba permitiendo a los seguidores de Ignacio de Loyola venirse arriba. No necesitan parafernalias visuales para demostrarlo, les sobra con su discurso ahora que han alcanzado lo más alto en jerarquías terrenales.



Los tres cuartos de hora pasaron volando. El pájaro siguió a lo suyo, el sacerdote imperturbable, dijo de forma aséptica "Con nuestro Papa Francisco", y yo fascinado. Las señoras del cepillo pasaron diligentes. Creo que fue la primera vez que consideré seriamente la posibilidad de sacar la cartera y dar unas monedas. Se las merecía el momento, pero preferí recordar que ya bastante tienen con los que marcan la casilla de la Iglesia. Que volviese a sonar con la comunión el primer movimiento de Peer Gynt, enaltecido con los gorjeos de la ínclita avecilla, provocó que me arrepintiese de mi tacañería. Había sido una misa redonda.

Así es... o no...

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