La vieja, el conductor y yo, por Alberto Fernández

Los fieles de estas páginas ya conocen a Alberto Fernández García (@Albertofdez_007 en Twitter), vigués de varias generaciones, profesional de la banca desde hace más de 22 años, celtista por defecto e indignado político, por el magnífico relato de su primera vez en Balaídos que nos brindó el pasado 12 de abril. Sus pasiones son la historia y la estadística del RC Celta, y en su cuenta de Twitter publica datos, anécdotas y estadísticas relacionadas con el mejor equipo de la Galicia futbolística.

Por otra parte, desde el pasado mes de abril Alberto nos brinda CeltaHistoria - La historia nunca se acaba, un extraordinario blog con el que acerca la historia del Real Club Celta a todo aquel aficionado al fútbol en general y a los celtistas en particular mediante artículos periódicos con datos, anécdotas y curiosidades históricas (ayer mismo publicó un artículo sobre el próximo rival del RC Celta en Balaídos: Español: El rey de las derrotas en Balaídos) que Alberto ha venido reuniendo durante varios lustros con un ímprobo y sistemático trabajo muy revelador de su tenacidad.

Pero hoy Alberto no se asoma a esta ventana digital por todo lo que acabamos de decir, sino porque desea compartir con nosotros un relato que firmaría el mismísimo Roald Dahl: al igual que el escritor galés de ascendencia noruega (más conocido por sus narraciones infantiles, pero autor de unos cuentos para adultos magistralmente sorprendentes), el cuento que nos brinda Alberto trae un aguijón en la cola... Que lo disfrutéis.


Era la Navidad de 1979, yo apenas contaba con 13 años. Lo recuerdo como si fuera ahora mismo. Esa tarde lluviosa y fría la había pasado en casa de uno de esos amigos de la infancia que con el paso del tiempo quedan en el olvido. No había sido una tarde agradable, mi amigo me había derrotado a todo cuanto competíamos. Que una partida de ajedrez; que otra de damas; que si los barcos… Incluso en mi especialidad, el futbol de chapas, donde era imbatible, no me había dado opción.

Salí de su casa embozado en mi coreana: esos abrigos-gabardina de forro anaranjado, capucha con pelo y de color verde camuflaje en su exterior que estaban tan de moda en aquel entonces. Llegué al Paseo de Alfonso donde, frente al Olivo milenario que da apodo y escudo a mi ciudad, se encontraba la parada del Vitrasa. Yo vivía en el Calvario y allí me dirigía.

Si todo me había salido mal hasta ahora, a partir de ese momento el día se tornó diabólico. Tuve que esperar una eternidad la llegada del bus. Me subí, pagué el billete con tres duros y el conductor me devolvió una peseta (bueno de aquella las monedas de peseta, las “rubias”, habían desaparecido y la compañía de transporte se inventó unos cartones de color azul cielo que entregaban como vuelta).

En el momento que pasaba por el torno del autobús me percaté de que el chófer tenía amputada la oreja derecha. En su lugar un simple y negro agujero la sustituía. Pensé para mí que el pobre no podría tener problemas de vista, ni molestias con el sol, ya que pasaría serias dificultades para sujetar la patilla de sus gafas. La imagen de esa escena me hizo esbozar una sonrisa sardónica que disimulé tapándome la boca y emitiendo un carraspeo forzado para que el hombre no se sintiera molesto.


El Vitrasa venía casi vacío, así que me acomodé en uno de los asientos delanteros. Tras varias paradas, el autocar se fue llenando y yo me entretuve con la lluvia que golpeaba la ventanilla, abstrayéndome por un momento de todo lo que estaba pasando a mí alrededor.

La bronca que estaba montando una anciana cargada con bolsas que permanecía de pie a mi vera me devolvió a este mundo. La señora, sin dirigirse directamente a mí, gritaba al aire y gesticulaba de forma ostentosa, quejándose de la mala educación de la juventud, ya que aun viéndola cargada y con dificultades, nadie, y se refería claramente a mi persona, se había ofrecido a cederle un asiento.

Sin que yo pudiera reaccionar, el caballero del asiento delantero le cedió el suyo e inició con ella una conversación en la que, por lo que pude atisbar, criticaron con crudeza mi innoble actitud.
En un momento de descuido, a la vieja se le volcó una de las muchas bolsas que llevaba y un pequeño paquete, del tamaño que contiene un reloj de pulsera, se le cayó de la misma y acabó llegando a mis pies.
Mi lado malo hizo que, una vez me di cuenta que nadie a mi alrededor se había percatado del extravío de ese envoltorio, lo tomara y lo camuflara en el interior de mi coreana.
La anciana pagaría con el disgusto de su pérdida lo mal que me había tratado. Al poco la señora se bajó.
Me volví a reír, esta vez sin disimulo. Me imaginaba el mal momento que pasaría la vieja en cuanto notara la falta de lo que ahora estaba en mi poder. Pero esta vez el conductor me vio a través del retrovisor. Su bronca fue espectacular, me montó un “sindiós” inenarrable. Que si ya me había mofado de él a la entrada por que le faltaba una oreja, que si no cedí la plaza a la anciana, que si no tenía educación, que si era un gamberro.
Negándolo todo y harto de aquella situación, me baje unas paradas antes de llegar a la mía. Mi preocupación estaba ahora en el contenido del dichoso paquete, así que apresuré el paso para alcanzar cuanto antes mi domicilio. Mi curiosidad iba en aumento, no me llagaba el momento de desentrañar el contenido de aquella cajita que me serviría para compensar la nefasta tarde que había pasado hasta ese momento.
Subí las escaleras de cuatro en cuatro, saludé apresuradamente a mis padres y me encerré en mi cuarto. Ya faltaba poco.
Quité el papel de la caja apresuradamente la abrí con sumo cuidado para evitar una hipotética rotura de su contenido.
Mi sorpresa fue mayúscula… en su interior había una oreja humana.


Así fue… o no...

Comentarios

  1. Al igual que en el relato de tu primera vez, Alberto, tu texto me ha hecho viajar al pasado: el fútbol de chapas, los duros, las pesetas "rubias", las coreanas, los tornos de los vitrasas, los billetes azules, las indirectas de las "viejas" (seguro que no eran tan mayores, pero a nosotros nos lo parecían, jajajaja) por nuestro poco civismo al no cederles el asiento... Me temo que nos estamos haciendo viejos, amigo, jajajaja.

    Gracias por tu participación. Un abrazo :)

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  2. Muy entretenido, me ha encantado el suspense final y tenemos a Vigo de fondo, ¿qué más se puede pedir? Bueno, que ciertas “viejas” (no me gusta utilizar el calificativo de forma despectiva pero algunas se lo merecen) sean más educadas a la hora de dirigirse a los “jóvenes” para, por ejemplo, pedir que se les ceda el asiento o criticar nuestra conducta y dejen de colarse con todo el morro del mundo en el súper o panadería y creerse con derecho a ello por el mero hecho de ser “mayores”… Supongo que, de nuevo, no es cuestión de edad, sino de educación :S

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