El pullover azul

Una sección por el ojo del voyeur Juan C. Rguez Llanos


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Si el pasado 24 de marzo Juan C. Rguez Llanos nos regaló sus inquietudes en 99,7 y hace siete días disfrutamos de un conmovedor relato que nos hablaba de las cosas realmente importantes de la vida, ¡Adiós!, hoy volvemos a tener la oportunidad de disfrutar de un nuevo texto suyo y, de nuevo, os aseguro que no os defraudará. De hecho, no sé vosotros, pero si el próximo domingo no gozamos en Así es... o no...  otro regalo de Juan, creo que lo voy a echar muy en falta.

Aquella mañana se había levantado convencida de que el final estaba cerca. Tres meses preparándose no es poco, y la tensión y la fatiga habían hecho mella en su rostro. Se miró al espejo esperando encontrar algún rastro de la joven que dieciocho años antes se había embarcado en aquella desastrosa aventura, pero el tiempo la había golpeado como un boxeador experto.

Hacía tiempo que no iba a la peluquería, tampoco es que a él le disgustase, simplemente se había abandonado, por no discutir. Por lo menos la cicatriz quedaba oculta por el nacimiento del pelo. Se acercó las manos a la cara. Olian a lejía. Estaban agrietadas y rojas de tanto fregotear. Los últimos meses las cosas se habían puesto muy dificiles y, por suerte, había encontrado una casa que limpiar para sacar unas perras.

Se cepilló el pelo rapidamente y se puso un pullover azul que le había dado María, la chica a la que le limpiaba la casa. Usaban prácticamente la misma talla, pero a ella le sentaba mejor. Todavía tenía unos buenos pechos. Si Jose la viese así vestida, habría trifulca, pero ya no la podía ver. Se vistió unos vaqueros desgastasdos y se calzó los viejos zapatos negros, sin tacón,como él quería.

Caminó un par de manzanas, hasta la parada del bus, sin reparar demasiado en que lloviznaba de nuevo. Pasaron un par de madres con sus hijos. Tendrían más o menos su edad. Ella no había podido ser madre. Mejor, sabe Dios qué hubiese hecho Jose con los niños en uno de sus arrebatos.

Pensó en llamar a Pilar. Hacía mucho que no hablaban. La última vez que habían coincidido ella y Jose había sido todo muy desagradable, y lo peor había sido al regresar a casa. Pilar la quería mucho. Eran amigas desde niñas. Con la boda le había ayudado un montón, a pesar de que siempre se había opuesto. Jose nunca le había gustado. Después, conforme las cosas se fueron poniendo feas, se convirtió en su paño de lágrimas. Cuántas veces le había insistido en que lo denunciase. Ese cabrón un día te va a matar. Pero ella callaba y pensaba que si le planteaba a Jose el divorcio, entonces, sí que la mataría.

Llegó el autobús, subió y se sentó al lado de una anciana. Parecía una mujer muy risueña y entablaron conversación rápidamente. Le recordaba, por momentos, a su tia Amalia, con su pelito blanco y sus gafitas con montura dorada. Ni siquiera le había dejado ir al pueblo cuando la tía murió. Hablaron de lo mucho que estaba lloviendo y de cómo estaba el país.

Había llegado, sin darse cuenta, a su parada. Se despidió de la anciana y se bajó. Caminó unos minutos bordeando el parque y al girar estaba en la puerta del hospital. Se le vino a la cabeza todo lo ocurrido aquella noche, hacía ya tres meses.

Jose llegó borracho, como siempre. Pero esta vez, más violento que nunca. Nada más entrar le habia cruzado la cara con la mano en la que llevaba las llaves y le había abierto una brecha en la sien. Después, la fue golpeando hasta la habitación, la empujó y ella cayó de lado sobre la cama. Podía verlo, empezó a desabrocharse el cinturón y lo hizo resbalar por las trabillas del pantalón. Lo enroscó en su mano mientras la hebilla quedaba colgando. Le vio cargar el brazo hacia atrás para descargar el golpe y se tapó la cara esperando el latigazo. Pero no llegó y, en cambio, escuchó como el cuerpo de Jose se desplomaba.

Tardó unos minutos en reaccionar. Él estaba inmóvil. Se acercó a duras penas mientras se retiraba el pelo y la sangre de la cara. Todavía respiraba, se había golpeado la cabeza contra la mesilla y parecía un muñeco roto. Descolgó el teléfono y llamo al 061.

Cuando llegó a la sala de espera de la UCI estaban, más o menos, los de siempre. Saludó timidamente y se sentó en un rincón. Pronto apareció el médico y la hizo pasar a su gabinete.

—Mire le dijo—, no me voy a andar con rodeos. El coma de su marido es irreversible. En realidad su estado es de muerte encefálica. Podemos alargar esta situación durante el tiempo que usted quiera, pero yo le aconsejo que lo desconectemos. Sé que es duro, pero tiene que asumirlo. No podemos hacer nada más por él. 
—Dígame lo que tengo que hacer.
—Pues firmar su consentimiento en estos documentos.

Los miró con cierta perplejidad, sin creer que, por fin, lo había conseguido. Por eso decidió tomarse aquel último momento con mucha tranquilidad.

Firmó con mucho cuidado, se levantó y se fue. El médico la vio marchar sin despedirse. Salió del hospital, se ajustó el pullover azul y cogió el móvil.

¿Pilar? ¿Te apetece un café?

Hacia sol...

Así es... o no...

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