¡Adiós!

Una sección por el ojo del voyeur Juan C. Rguez Llanos


Una vez más tenemos el privilegio y el placer de disfrutar en Así es... o no... de una contribución de Juan C. Rguez. Llanos (@jcrllanos en Twitter). Sus dos relatos anteriores (Mi primera vez XV y 99,7) recibieron una calurosísima y bien merecida acogida por su capacidad de conexión con inquietudes prácticamente universales, por su emotividad y, sin duda, por su calidad literaria. Quedáis ya con Juan Carlos en la seguridad de que os tocará la fibra y quedaréis con ganas de más: Muchos os sentiréis identificados. Quizás os haga llorar, pero serán lágrimas sanas.

¿Papá?... ¿que qué tal los niños?... Pues ya ves, creciendo. Se me escapan de las manos. Clara a vueltas con su violín y Pablo, como siempre, con el fútbol. El otro día fue su cumpleaños. Te hubiese gustado estar aquí.

Hace diez años que murió mi padre. No llegó a conocer a ninguno de mis hijos. Todavía hay días que me parece verlo cruzar la Gran Vía o fumar un cigarro apoyado en la puerta de la Flor de Vigo. Se fue sin hacer ruido, un poco como vivió. Tal vez ni siquiera era consciente de que se iba. Se quejó poco. Estuvo en casa casi hasta el final, haciendo bromas, los últimos días ingresado y sedado. Pasé muchas horas con él, intentando que sus últimos momentos fuesen lo más dignos posibles, lavándolo, afeitándolo, cambiándole de postura cada poco y lamentando que no se hubiese cuidado más. Pero ya no era momento para reproches y, en cambio, me olvidé de despedirme...

Las despedidas no son tristes, son necesarias. De lo contrario la vida se nos va descosiendo poco a poco y uno puede dejarse en el tintero hasta las cosas más obvias. Por eso, cuando mi mujer se enfrentó a la muerte de sus padres en apenas seis meses, le insistí en que se despidiese, que no se dejase nada dentro. Incluso, aunque ya no te puedan escuchar, es conveniente, por puro egoísmo, para evitar que todas esas cosas que nunca dijiste te acaben rompiendo el alma.

Y que esto me ocurriese a mí, tiene más delito. Descubrí la insoportable levedad del ser mucho antes de leer a Kundera, con dieciocho años, cuando mi hermana me animo a presentarme a unas pruebas para trabajar en un hospital de Vigo como celador. Cubrí vacaciones durante seis largos meses y lo repetí cuatro años. Como a todos, hasta ese momento, me habían mantenido a distancia de cualquier enfermedad grave o muerte en la familia. Y, de golpe y porrazo, me di de bruces con la cruda realidad: partos, cirugías, quemados, sida, traumas, comas, paraplejias...y muertes. Todas las calamidades a las que se enfrenta un ser humano a lo largo de su vida desfilaban ante mí cada día.

El principio fue duro. Algún que otro desmayo y doce meses en oncología convirtieron mi cabeza, que apenas pensaba en otra cosa que no fuese el fútbol, en una máquina especializada en distinguir la delgada línea que separa la vida de la muerte.

Nos vamos en silencio, como dejando patente que en realidad nunca hemos sido nada, fríos y solos, por mucha gente que nos rodee.

Desde aquellos años odio la colonia a granel, porque me huele a enfermedad, pero en cambio he aprendido a apreciar la vida: Cada momento, solo o en compañía, los amaneceres, la playa, el mar, el sol, la lluvia y, sobre todo, a las personas. He aprendido a disfrutar, y mucho, de mi familia y mis amigos. Precisamente eso me iguala a mi padre. Y me enorgullece.

Hace un par de años tuve la desgracia de padecer una boda en la que no era, lo que se dice, bien recibido. La mesa en la que me sentaron, rodeado de la flor y nata de mi familia política, parecía una encerrona. Mediada la celebración una señora muy esnob me espetó ¿y tú... qué eres?

¿Yo? Un disfrutador, como mi padre.

Oye papá,... gracias por todo, te quiero y te echo mucho de menos. Ojalá estuvieses aquí.

Así es... ¡O SÍ!

Comentarios

  1. Lo que más duele es que los que quieres se vayan de repente, sin posibilidad de despedirte. Por eso hay que dejar de lado la vergüenza, el orgullo, las prisas... y demostrarles cuánto los queremos a diario, porque nunca sabemos cuándo una muestra de cariño será la última.
    Eso de que nunca hemos sido nada… me viene a la mente esa frase ñoña y repetida hasta la saciedad, pero cierta: “para el mundo eres solo una persona, pero para una persona eres el mundo”.

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    1. Pues la frase será ñoña... pero, como sabemos, es 100% ;)

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  2. Lo que transmite esta entrada lo llevo pensando desde hace algunos años. Mi padre tiene una edad avanzada y hay muchas cosas que me gustaría decirle y saber de él en sus días de lucidez. Él nunca ha sido de mostrar sus sentimientos y yo de alguna manera he heredado eso. Mi padre es una persona austera en lo material y en sus expresiones de afecto. Que sufriese de niño la guerra civil, el odio, el hambre y los bombardeos en Madrid tuvo buena parte de culpa en esto. Una pena. Sin embargo, y curiosamente, sí se ha definido casi toda su vida como un "disfrutador", como tu padre, qué coincidencia. Gracias Juan Carlos por esta emocionante reflexión.

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    1. Muchas gracias, Rafael, por tu interesante comentario y tu participación. No tardes en volver por aquí.

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  3. No hay que olvidarse nunca de VIVIR.

    Mónica.

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