Cuando el límite tiende a infinito


Oigo a un chico decir, seguro que con inocencia juvenil y cierta dosis de romanticismo, que de mayor le gustaría ser astrofísico, estudiar el universo, saber de dónde procede todo y cuáles y cómo fueron los principios, desentrañar el misterio de la creación... Me parece muy bien: tener una idea, un proyecto, es el primer paso de su camino, cuando la mayoría a su edad (yo mismo hace 25 años) no tienen nada claro hacia dónde deben dirigir su vida.

Sin embargo, yo le sugiero, admito que también con bastante idealismo por mi parte, que se dedique a alguna disciplina relacionada con la neurobiología: sí, por lo poquísimo que los expertos conocen hasta la fecha, se cree que el universo es infinito, mas yo mantengo que, permítaseme la incongruencia matemática, física y hasta filosófica, que más infinito, fascinante e insondable todavía es el cerebro humano, que nuestra mente y su funcionamiento son realmente la última frontera, que lo desconocemos casi absolutamente y, en consecuencia, obviamos, despreciamos e infrautilizamos nuestro inmenso potencial.

Estoy convencido de que no olvidamos nada. NA-DA. Estoy seguro de que nuestro cerebro registra, elabora y guarda en alguna celda de algún sector de alguna pista de su disco duro absolutamente todo lo que nuestros sentidos, de manera consciente, inconsciente o subconsciente, perciben y le transmiten continuamente: olores, sabores, sonidos, imágenes, etc.

Estoy seguro de que absolutamente todos tenemos registrado en alguna parte de nuestra memoria qué comimos, por ejemplo, el 20 de septiembre de 2000, o dónde estábamos, qué hacíamos y con quién, y cómo vestíamos, pongamos por caso, el 30 de enero de 2003. Simplemente, por economía y ahorro de energía, pero, sobre todo, por higiene y salud mental, despreciamos y aparentemente dejamos de recordar esos datos.

A todos nos ha pasado que alguna situación, alguna circunstancia que no sabemos reconocer ni identificar, dispara y trae a la memoria algún recuerdo, alguna cara, algún olor o sensación, alguna melodía que creíamos olvidados, sepultados y obliterados para siempre y de los que ni nosotros mismos éramos ya conscientes de haber vivido.

No sé si será verídico, pero alguna vez he oído que hay personas con determinado desarreglo mental que les permite recordar absolutamente todo lo que han vivido y que pueden recuperarlo, verbalizarlo y describirlo con exactitud y precisión... y que no por ello sus vidas eran más felices, sino precisamente todo lo contrario...

Insisto en que no olvidamos absolutamente nada, y como prueba y testimonio personal pasaré a continuación a referir una afortunadísima situación que viví y experimenté en primera persona y que no hace sino reforzar mi hipótesis. Seguro que esta anécdota no es muy original y que cualquiera podría dar otras más relevantes y asombrosas, pero es la que viví yo y, esta vez sí, la recordaré toda la vida sin ningún problema. Sirve esta conseja, además, para respaldar el dicho antiguo de que el saber no ocupa lugar y para dar una respuesta contundente a todos aquellos que amargamente (y me atrevo a decir que ignorantemente) incordian con la queja ¿y esto que estamos estudiando para qué nos sirve? A mí no me va a valer para nada.... Pues la moraleja es que nunca se sabe.

Siempre he sido muy malo en Matemáticas, así que cuando en 1983 llegó la hora de elegir las asignaturas optativas para 3.º de BUP me decanté por letras puras: Latín y Griego. Mis padres todavía no habían tirado la toalla y muy a mi pesar decidieron que lo mejor era optar por lo que por entonces se daba en denominar letras mixtas: Matemáticas y Latín. Huelga decir que pasé un suplicio de curso, ya que ni mis aptitudes ni mucho menos mis inclinaciones iban por aquellos derroteros. Afortunadamente, la profesora de Matemáticas (lamento recordar solo su nombre, Luz, y no su apellido) se apiadó de mi ineptitud manifiesta, no quiso ser un obstáculo en mi vida académica, y me regaló un aprobado. Le estaré agradecido mientras viva... de hecho no pierdo la esperanza de cruzármela algún día y decírselo en persona. Creo recordar que por entonces en la programación de Matemáticas de 3.º de BUP figuraban logaritmos, sucesiones, derivadas, integrales, etc.


Cuando a finales de junio de 1984 recibí el boletín de notas con el aprobado no podía estar yo más contento: ¡Por fin me había librado de aquella mi tortura! Pero, infeliz de mí, no sabía que un amigo de mi padre recién había abierto con unos compañeros una academia de recuperaciones y necesitaban clientela para lanzar el negocio, de modo que en mi casa pensaron que me sobraba el tiempo y que mejor sería que fuese a unas clases durante el verano para repasar... ¡Matemáticas! Para mi mayor sufrimiento no había clases de mi nivel, sino solamente clases de ¡1.º de Económicas! No consigo recordar ahora si pasé solamente julio en aquella academia o si me tocó penar ambos meses de verano. Lo que sí recuerdo es que las clases, que empezaban a primerísima hora de la mañana, se me hacían eternas y que, por supuesto, yo no entendía ni papa. Al calvario de las derivadas y las integrales se unieron nada más y nada menos que las matrices... Así que en 1984 oí hablar por última vez de los logaritmos y su enjundioso entorno. ¡Adiós! ¡Nunca más un límite que tendía a infinito!

Como ya conté en otro artículo de Así es... o no..., en junio de 2003 tuve la fortuna de participar en el programa de televisión Pasapalabra. Así que 19 años después de oír hablar de logaritmos por última vez, Silvia Jato me pregunta:

M - Fracción decimal que sigue a la característica en un logaritmo


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No me quedó más remedio que pasar palabra. Como reconocí en directo en el programa y se puede apreciar en el fragmento de vídeo anterior, admití mi desconocimiento y se lo achaqué a las dichosas Matemáticas. Tuve que concentrarme en el resto de las preguntas que me quedaban por delante, en concreto 13 de aquella primera vuelta del rosco, y simultáneamente intentar volver sobre las que había tenido que dejar pasar. 

Y de repente se obró el milagro. No sabré explicar nunca cómo, por qué, ni de qué recóndita celda, pista y sector del disco duro de mi materia gris surgió la figura de mi profesora Luz, a la que no había vuelto a ver desde 1984, y con ella la magia: ¡Mantisa! Estoy seguro de que es mantisa. Juro por lo más sagrado que desde las clases veraniegas de 1.º de Económicas, la friolera de 19 años antes,  no había vuelto yo a tocar un libro de Matemáticas, no había vuelto a oír la palabra mantisa... Pero allí estaba, un tesoro esperando a que, bajo la presión, el agobio y la angustia del momento, tuviese la fortuna de abrir el cajón correcto del armario empotrado que es el cerebro.

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En tono jocoso y sin ninguna mala intención por mi parte no puedo dejar de consignar que le he planteado la definición a por lo menos dos licenciados en Matemáticas y que los he pillado en flagrante fuera de juego... lo que no habla mal de ellos, sino todo lo contrario: realza aún más la futilidad del dato... pero el saber no ocupa lugar.

Si algún día se pudiese hallar el modo de localizar y acceder a voluntad a toda esa información que nuestro cerebro registra, el mundo y la vida cambiarían, no estoy seguro si para bien o para mal, pero sí sé que todo sería diferente: estudiar, por ejemplo, ya no representaría ningún esfuerzo... pero vivir sí podría serlo, y bien penoso... por tener que recordar malos momentos, disgustos, sinsabores e incluso afrentas que mejor sería aniquilar para siempre. Si algún día los científicos llegaran a dar con la clave sería deseable también que nos pudiesen instalar en el cerebro una tecla DELETE que podamos utilizar a discreción.

Así es... o no...

Comentarios

  1. Admito que también soy inepta para las matemáticas. En un intento poco noble de justificar mi incapacidad, me escudé en el (¿falso?) pensamiento de que mis profesores de matemáticas habían sido malos, y que, por lo general, estos profesionales adolecían de capacidad didáctica.

    Irónicamente, siempre obtuve las calificaciones de notable y sobresaliente en dicha asignatura durante mi etapa de escolarización obligatoria. El porqué lo tengo claro: los exámenes siempre constaban de ejercicios iguales a un “modelo” que previamente se había trabajado en el aula y que yo había practicado hasta la saciedad. Sin embargo, recuerdo perfectamente un apartado del libro llamado “extensión”, donde aparecían los ejercicios “de pensar”. Aquellas actividades se alejaban de los ejercicios modelo y pedían ese “sexto sentido” matemático para resolverlos que, por desgracia, Dios no me dio.

    Yo fui más afortunada que tú, y a partir de 4ºESO no volví a estudiar matemáticas. Recuerdo nítidamente el último examen de la materia en dicho curso, y como, a medida que iba resolviendo los ejercicios pensaba, “ja, ja, ja, aquí os quedáis para siempre”.

    En relación a tu teoría de que lo recordamos todo, no puedo estar de acuerdo. Si fuese así, ¿por qué en ocasiones, al ver fotos o visionar grabaciones de mi infancia (no tan lejana), no recuerdo haber vivido aquello que se me está enseñando? Aunque se me está intentando refrescar la memoria a través de un medio privilegiado y me estoy viendo a mí misma en esas situaciones, podría jurar que se trata de un montaje, pues no lo recuerdo y no me reconozco.

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    1. Porque no consigues dar con el lugar concreto de tu memoria donde está almacenado... Pero está ahí.

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  2. Como anécdota comentar que RaquelLP es inepta en matemáticas y comparte su vida con un licenciado en matemáticas, yo, que curiosamente es inepto en cualquier idioma y que el inglés le provoca dolor de cabeza. La anécdota se completa recordando que RaquelLP es traductora e intérprete inglés-español :D

    En cuanto a la entrada. Seré yo el tercer licenciado en matemáticas que te diga que ni idea de lo que es la mantisa. Ni me suena el término.

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    1. Tú ya eras el 2° licenciado, Víctor, jajajaja ;-)

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